historias

El principio

Que es la Buena Malicia se preguntarán muchos?
Entonces tengo la obligación de contarles de que se trata.
Quién alguna vez no hizo mal sin querer?
Quién no fue castigado injustamente por ser bueno?
La Buena Malicia se trata en el fondo de esto, de preguntas sin respuestas.
Quizás soy bueno y hago mal,
o tal vez soy malo haciendo el bien,
no lo sé...
Lo que sé, es que les muestro una mínima parte de lo que soy:
un bueno para nada o un nada bueno, eso lo decidirán ustedes con el tiempo….
solo tienen que sumergirse en esta página y comenzar la aventura...

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Letra minuscula.

Quizas todas estas pequeñas historias, como suelo llamarlas, estén escritas con letra minúscula. no de una forma caprichosa o incorrecta; más bien, se trata de relatos íntimos que de ninguna manera podrían comenzar con 'mayúscula'.
la palabra mayúscula no sé bien por qué “me da grande”, y yo, más bien, siento que cada día que paso estoy más cómodo siendo minúsculo. entonces vuelvo al principio... como cuando no sabía que habían reglas ortográficas. escribo con minúscula porque, en el fondo, sigo siendo pequeño a pesar de mis años. quizás, por edad, ya tendría que escribir todo con mayúscula? sólo quizás...
las pausas, cuando las hay, están donde pueden estar. los puntos casi siempre me los ponen otros. y la verdad: 'no podría escribir sin faltas, pues estoy repleto de ellas.'
las faltas ortográficas se parecen mucho a las personas: todos tenemos algo que corregir, aunque creamos, en el fondo, que lo que acabamos de escribir está bien. lo repasamos con la mirada y no encontramos error alguno, creyendo por un instante que lo que hicimos es lo correcto.
recuerdo a mis maestras corrigiéndome todo el tiempo. hoy, un poco más grande, se repite la acción de forma casi idéntica: ‘ahí’ (que indica un lugar), ¡‘ay’! (de dolor), ‘hay’ (del verbo haber). me parecen distintas personas que se mezclan en mis pensamientos, confundiéndomelo todo.
los que me conocen, siempre, pero siempre, me dicen: ‘¿cómo pudiste escribir "ahí" sin acento?’ los miro casi con desprecio para luego contestarles: que yo sepa, ‘ahí’ no es extranjero. entonces tendría que sonar como yo lo escribí. sólo yo sé lo que quiero contar. entonces me dejo llevar por mis dedos, llenos de ignorancias pero repletos de historias pequeñas...
como las personas: que te corrigen todo el tiempo, pensando que de esa manera serás MAYÚSCULO.

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Pequeños amantes

No puedo recordar ni siquiera el día que pasó, ni quién me mostró cómo dos diminutos fósforos de seda, sacados de una pequeña cajita de fósforos marca Ranchera, se convertirían en una pareja de amantes. Capaces de inmolarse únicamente para estar juntos y bailar unidos, abrasados por sus dos pequeñas cabecitas de un azul intenso, casi imposible de olvidar.
Ella, con su vestido largo y elegante, que parecía flotar con cada movimiento, y él, tan delgado y decidido que su valentía me impresionó solo con verlo.
Fue quizás mi primer indicio de lo que puede producir la pasión por el otro: ver moverse a esos dos pequeños amantes hasta fundirse en uno solo. Quizás eso resume lo que pude entender del amor, en esos tiempos.
¿Por qué ellos… solo ellos decidieron amarse hasta morir, y no los otros?
De toda esa pequeña caja, solo me quedó el recuerdo de esos dos seres diminutos. Seguramente, todos los demás se dedicaron a lo que quizás fueron destinados: prender una simple hornalla perdida o algún cigarrillo en medio de la noche. Me pareció una muerte solitaria.
Raro. Muy raro…
Hoy ya es casi imposible recordar aquella escena… aquel gesto de amor sublime de dos solitarios fósforos que decidieron quedarse juntos, para siempre.

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Viviendo en el extranjero

Viviendo en el extranjero de nuestro mismísimo cuerpo; llegando tarde cuando debí hacerlo temprano, y demasiado pronto cuando lo aconsejable era llegar en punto.
Así transcurrían mis días: llenos de desencuentros, como una pequeña máquina repleta de engranajes que no encajan, que traban mis movimientos, deteniendo o apresurando un ir y venir siempre a destiempo.
Así fue mi vida: llena de besos no dados, de abrazos imaginarios, de conversaciones sin palabras, de vacíos inmensos.
Otras veces fui tan rápido que no me di cuenta de qué pasó.
Estoy aquí, viendo la vida pasar como si fuera un simple espectador de una historia a la que no fui invitado; sentado, haciéndome preguntas, sabiendo de antemano que no tengo las respuestas, perdido en un mar de sueños inconclusos.
El reloj biológico acelera mi espera; la humedad de mis huesos lo atestigua y lo hace notar.
Esa foto que miraba aquel día tenía el olor característico de comida de madre: el mantel prolijamente almidonado, el plato perfectamente alineado, el pan cortado en rodajas en una pequeña canasta de mimbre. Todo hacía presagiar que había logrado detener el tiempo…
Sin embargo, algo nuevamente no encajaba: sitios que permanecían vacíos, respetados solo por haber pertenecido a alguien que hoy no está. Cuidaba de no llevarme por delante sus sombras imaginarias, por miedo a molestar.
Cada cosa, por insignificante que fuera, me llevaba irremediablemente a algún instante pasado, sin siquiera darme cuenta del porqué.
Ese sonido en forma de queja que surge cuando me levanto de esta silla desvencijada por el tiempo me hace sentir un intruso en mi propia casa.
Ella estaba ahí, encerrada tras una campana de vidrio que la separaba del mundo real, murmurando frases imaginadas a medio terminar, hablando sin decir…
Sola, como suele estar el olvidado.
Observando con la mirada perdida del que nada sabe, con la necesidad del necesitado, como quien busca respuestas en las preguntas.
Así transcurrían sus días, hasta ese preciso momento.
El encuentro no fue casual: la pensaba mucho antes de que estuviera ahí. Como si el destino se hubiese encaprichado en que nos cruzáramos, y eso fue lo que ocurrió.
Nunca nadie habría imaginado un amor tan desigual: tan distintos como pueden serlo el agua y el aire, pero tan dependientes el uno del otro.
Así fue este amor: lleno de respuestas sin preguntas, de conversaciones silenciosas, de besos no devueltos, de caricias de uno solo.
Cuando la encontré, supe enseguida que seríamos inseparables. Guardaba bajo mi almohada las huellas de todas sus miradas, para luego, en mis momentos de soledad, recordarlas una tras otra en sueños interminables.
Qué raro, ¿no? Esperar a que llegue la noche para poder ver lo que el día me había regalado.
Así éramos. Así somos.
Muchos dirán que es imposible; otros tantos, que estoy loco.
La realidad dirá que apreté su mano el día que necesité apretarla, y el solo hecho de hacerlo descomprimió mis miedos.
Dicen que estoy grande para dormir con ella.
Me observan como si fuese un espécimen de laboratorio, alguien al que hay que vigilar por las dudas… no sea cosa que un día quede atrapado dentro de una de esas campanas de vidrio y me separe del mundo real.
Pasaron los días sin que el mundo pareciera notar nuestra existencia. Cada mañana la buscaba entre los pliegues de la luz que entraba por la ventana, y cada noche me sorprendía inventando nuevas maneras de no soltar su mano.
Era extraño cómo la realidad parecía doblarse a nuestro alrededor, como si nuestra burbuja de vidrio nos protegiera de todo, pero también nos aislara de lo demás.
Un día, al despertar, noté que su mirada estaba más intensa, más consciente de algo que yo aún no comprendía. Sus labios se movieron, formando palabras que no necesitaban sonido. Comprendí, entonces, que incluso en el silencio había mensajes que atravesaban el tiempo y el espacio.
Caminábamos juntos por la casa, y yo tenía miedo de rozarla demasiado, de romper la perfección de ese mundo suspendido. Pero también tenía miedo de no rozarla lo suficiente y que desapareciera como una sombra que nunca se quedó del todo.
Era un equilibrio imposible, y, sin embargo, lo sosteníamos.
A veces, en la quietud de la madrugada, sentía que ella me hablaba con la mirada, y yo respondía con gestos que solo nosotros entendíamos. Fuera de nuestra campana de vidrio, la vida continuaba sin compasión, con su ritmo implacable. Dentro, el tiempo se doblaba, se estiraba y se hacía eterno.
Y allí estaba, cada día, recordándome que la soledad podía ser compartida, que incluso los vacíos podían llenarse de presencia, aunque solo fuera la de alguien que parecía tan intangible como un sueño.
Hasta que llegó un día en que la campana de vidrio no bastó para contener todo lo que sentíamos. El mundo afuera golpeaba con insistencia, y nos obligaba a mirar más allá de nuestro refugio. Fue entonces cuando entendí que amarla no era solo sostenerla, sino dejar que existiera también fuera de mí.
Y así aprendí que el amor, incluso el más imposible, exige coraje: coraje para sostener y coraje para soltar.

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Un tipo simple.

Me gustan los barcos semi hundidos, esos que fueron olvidados después de un naufragio, y observar cómo el agua juega con sus restos como si nada hubiera pasado. Me gustan las calesitas cerradas con lonas verdes los días de lluvia, el sonido de las gotas golpeando el techo mientras el viento hace girar los caballitos como fantasmas. Me gustan las puertas de madera que esconden pasillos oscuros y misteriosos, y las escaleras de mármol de casas viejas que crujen con cada paso, contándote secretos de gentes que ya no están. Me gusta el mar revuelto los días de tormenta, cuando las olas parecen discutir entre ellas y uno solo puede sentarse a mirar, en silencio, sin querer entender nada.
Me gusta comer sándwiches de salame y queso con manteca untada, tirado en un sillón, con la sensación de que el mundo afuera puede esperar. Me gusta tomar Coca Cola fría hasta hartarme, y que la burbuja estalle en la lengua con la misma intensidad que un recuerdo feliz. Me gustan las películas en blanco y negro los días nublados, esas en las que trabajaba Francisco Álvarez o Pepe Arias, y sentir que cada gesto, cada frase, viene de otro tiempo, pero me habla igual que si fuera hoy.
Me gusta jugar al fútbol sin remera los días de sol, dejar que el calor pegue en la espalda y que el aire se lleve el cansancio. Me gusta sumergirme en una pileta y mirar a la mitad de las personas como si fueran fantasmas distorsionados, y reírme solo por la extrañeza de ese mundo sumergido. Me gusta leer libros y no querer terminarlos, para inventarme finales que quizá sean mejores que los originales.
Me gusta mirar el comportamiento de los hámster, cómo corren en círculos sin saber que nosotros los observamos; me gusta juntar soldaditos y soñar que algún día terminaré de pintarlos a todos antes de morirme. Me gusta escuchar música que me transporte a lugares que nunca visité y sentir que puedo viajar sin moverme de la habitación.
Me gusta reírme junto a mi primo hasta atragantarme, decirle "para que no puedo más" y sentir que esos minutos de alegría son eternos. Me gusta comerme las uñas sin darme cuenta, y ver partidos de River junto a Valentina, tirado en la cama, mientras afuera todo sigue girando. Me gusta juntarme a improvisar ideas nuevas con mis compañeros de teatro, sentir que cada chispa puede convertirse en algo mágico, aunque solo dure un instante.
Me gusta creer siempre que lo mejor está por venir, aunque extrañe lo que ya pasó; me gusta mirar las luces de la ciudad desde un colectivo en movimiento y sentir que cada casa guarda una vida que podría ser la mía. Me gusta sentir que el tiempo se dobla en los días tranquilos, y que cada cosa pequeña —una taza de té caliente, un perro durmiendo al sol, el aroma de pan recién hecho— tiene su propia música.
Soy un tipo simple. Me gustan las cosas que otros consideran triviales, las que no necesitan explicación ni justificación. Me gustan porque me hacen sentir que estoy vivo, que cada momento tiene algo que contar. Y mientras camino por esta vida, trato de recordar siempre que la felicidad a veces es apenas un barco olvidado, una calesita bajo lluvia, un sándwich en el sillón…

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Un cuento invisible

Esta historia de la que quiero hablar, parece no querer existir, quizás no quiere narrar lo que habría que contar. Tal vez será porqué son sólo pequeñas mentiras, aunque podría tratarse de grandes verdades escritas por una persona que podría ser quién escribe o simplemente seas vos mismo, que en este preciso momento estás leyendo y casi sin darte cuenta sos cómplice de este relato que pareciera ser invisible. Como por arte de magia empieza a brotar de la mismísima nada, contando pequeñas verdades o grandes mentiras.
Todo ocurrió a fines de un otoño, me encontraba de paso en un lugar apartado de la costa, un pequeño hotel casi olvidado situado cerca de una playa donde sólo pueden oírse las olas del mar acercándose casi sin fuerzas a una orilla que siempre espera.
Después de caminar un rato me dirigí a ella, apenas detuve mi andar el agua fría tomó contacto con mis pies, estos se fueron hundiendo lentamente tratando de evitarlo no se bien por qué.
La mirada ausente espiaba el horizonte buscando quien sabe que cosa.
Los pensamientos iban y venían, casi al mismo ritmo que las olas tocaban mis piernas, la soledad acompaña sin saberlo, se encontraba ahí instalada al lado mío haciéndome compañía en silencio, como suele hacerlo siempre.
De la nada todo se rompió en una milésima de segundo cuando algo me golpeó, despertándome de mi ausencia, primero fue un cosquilleó que se deslizo por mi pie, una pequeña ola había arrojado algo sobre él, me agaché rápidamente tratando de saber qué era, cuando pude agarrarlo me di cuenta que se trataba de un pequeño cordon con un dije en forma de botella que se había enredado entre mis piernas, me apuré en tomarlo antes que las mismas olas que lo habían arrojaron volvieran por el reclamándose dueñas de este "mi nuevo tesoro".
Miré alrededor buscando un dueño/a de lo que el mar acababa de ofrecerme.
- De quién será? me pregunté.
No hay respuestas...
Volví caminando lleno de preguntas: de quién habrá sido este cordón? que significará este pequeño dije?
Al llegar al hotel, después de pasar por una conserjería casi vacía retiré la llave de mi habitación y me dirigí a ella, cuando de pronto una pequeña mano interrumpió mi viaje rosándome suavemente la espalda, cuando giré a mirar, una nena de rostro pálido acerco su mano hacia mi en señal de que algo suyo poseía, sin tiempo a pensar puse en su mano el cordón con el extraño dije, no atiné a preguntarle nada, desapareció corriendo, tan rápido como había aparecido.
Esa noche me costó dormir, sentí una sensación rara de compañía, de alivio, después de mucho tiempo sentí que no estaba sólo...
A la mañana siguiente cuando desperté, había junto a mi almohada un pequeña chapita de coca cola, es el día de hoy que me pregunto como llego ahí...
La tomé, apreté mi mano y me dirigí nuevamente a observar el comportamiento de las olas, la quietud de estas me llamó la atención, una inmensa calma reinaba en el lugar, una brisa repentina distrajo mi atención, fue ahí que la vi.
Una niña pálida jugaba inocentemente sentada a mi costado con la arena, mientras las olas cansadas acariciaban sus pies.
Como llego ahí sin que me diera cuenta, estará sola?
En ese preciso momento levantó su mirada, corrió su pelo hacia un costado dejándome ver un cordón en su cuello blanco.
Estire mi mano como para acariciar su cabeza y una pequeña sonrisa se dibujó en su pálido rostro, se incorporó sin esfuerzo alguno alejándose hasta desaparecer corriendo, sin darme tiempo a nada.
En su lugar solo quedó la huella de donde ella jugaba y una pequeña chapita de Coca Cola que el mar quiso quedarse sin que yo pudiera evitarlo.

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Quien me creerá ...

Estoy acostado, contando olas de un mar imaginario, viendo personajes que aparecen en mí como por arte de magia,
mi mente los retiene sin ninguna explicación lógica y a partir de esa situación mis pensamientos se unen más tarde con mis manos en la tarea de dar vida a esa nueva idea, siempre que esto ocurre se da de una misma manera.
Lo primero que veo son caras de niñas de corta edad, posteriormente imagino sus ropas, el color y hasta la textura de estás, su personalidad, la historia previa que viene a mi como para terminar de conocerla aunque quizás a nadie le importe.
Son como hijas rebeldes que cada tanto me cuestionan.
Me preguntan a que vinieron, si no van a poder valerse por si mismas.
Cuando esto ocurre trato de explicarles que son un desprendimiento mío, que yo no seria nada si ellas no aparecieran en mi mente como siempre lo hacen, es como un gran juego donde nadie sabe quién creo a quién y el por qué fue creado, mejor dicho el para qué.
Cuando alguien me pregunta: vos que haces? para mis adentros río, tendría mucho para contarles pero siento que van a decir que estoy completamente loco y quizás sea cierto...
Nada, no hago nada, contesto.
Por otro lado me encantaría decirles creo vidas para mi...
Todas mis cosas tienen vida, un pasado, un presente, un futuro, hasta las inanimadas. Como por ejemplo esto que paso a contarles: si un día estoy comiendo una ensalada de papas con arvejas y al llevarme la comida a la boca una o mas arvejas se caen del tenedor al plato, automáticamente vuelvo a recogerlas tratando de ubicar la que primero ha caído, pues para mi tiene prioridad, pues suelo pensar que si la elegí primero por alguna razón tuvo que ser.
No me importa si alguien me mira, así funciono, soy un mecánico que cada día reconstruye su propia historia y por consiguiente la de todos mis personajes, tengo rutinas propias de un roedor, la única diferencia es la rueda en la que estoy corriendo, esta quizás sea un poco diferente pues se nutre de tiempo y este se va agotando.
Entonces me doy cuenta que no tengo que explicar a nadie que hago o que dejo de hacer, cierro los ojos y vuelvo a contar olas imaginarias, es mucho mas sano que decir a que me dedico, eso me cansa me hace perder la cuenta de la olas...

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Un recuerdo

Si tuviera que elegir un compañero de aventuras, seguramente serias vos, una persona especial en mi vida un tipo que es capaz de sacarle una sonrisa a un muerto, con vos tengo tantas anécdotas juntas que podría escribir un libro.
Voy a comenzar contando una de aquel verano, donde los dos estábamos de vacaciones junto a los tíos.
Recuerdo el alquiler de bicicletas, para borrarte de la playa y así poder tener un poco de intimidad con tu novia, verte venir pedaleando de regreso a la playa para mí era la gloria, tu cara era la del ganador del tour de Francia, caías en la arena extenuado con hambre, sed y menos piernas que un caracol, nos reíamos de solo mirarnos.
Cuando los tíos preguntaban: ¿chicos con este calor, alquilar bicicletas...?
Moríamos de risa!
Recuerdo otra anécdota, todos los días pasaba gritando por la playa un payaso diciendo: a los pirulines,a los pirulines ... y se nos ocurrió imitarlo todos los santos días de ese verano, hasta que una noche fuimos los cuatro a ver un recital de Sergio Denis, el recital transcurría con total normalidad hasta que en un momento entre canción y canción se produjo un apagón, fue en ese preciso momento que se nos ocurrió empezar a los gritos: a los pirulines... a los pirulines... la gente se empezó a reír, mientras nosotros recibíamos codazos de nuestras acompañantes para que nos calláramos, el resultado fue catastrófico, nos mirábamos sin poder creer lo que estaba ocurriendo, en medio de esa oscuridad un reflector nos iluminó a los dos y dijimos chau que quilombo armamos!
Para nuestra sorpresa Sergio Denis agarro el micrófono y dijo: quiero agradecer a una persona que cuando chico me alegraba las tarde en la playa, a ese payaso: al de los pirulines, pido un fuerte aplauso!
Todo el mundo se daba vuelta mirando y aplaudiendo donde el reflector apuntaba que era donde estábamos nosotros dos, trágame tierra pensábamos mientras nos reiamos! El resultado fue que justo detrás nuestro estaba el famoso "payaso" pero de civil, como mierda íbamos a imaginarnos que este tipo estaría ahí, sin pintura, sin su traje, justo en el momento de nuestro mayor éxito.
Ja,ja.

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Nunca me dejes.

Estoy leyendo sentado en el sillón del living, tratando de concentrarme en la historia de un personaje que surge como el viejo conocido de muchísimas aventuras que sólo son posibles en la fantasía del escritor y mi imaginación que lo cree posible, haciendo que me involucre en una aventura, intentando seguir por un instante el ritmo en que le van sucediendo las innumerables tragedias.
De la nada aparece Lucía, paradita agarrándome el pantalón, dándole pequeños tirones hacia todos los lados para que la ayude a subirse al sillón y así poder sentarse al lado mío.
Tiene en sus manos un pequeño cuaderno de secretos, trata de imitar todos mis movimientos, la miro y suelto una pequeña sonrisa moviendo la cabeza haciéndole saber que no lo podía creer, a lo cual ella respondió como siempre, estirando su pequeño brazo y alcanzándome su inseparable compañera Valentina en forma de agradecimiento, ahora sólo resta esperar la pregunta.
- Me queres? dijo de repente.
- Claro, conteste con toda naturalidad,
- Cómo no voy a quererte?
Ella preguntó:
- Cuánto ?
- Mucho, conteste.
Se quedó pensando por un instante y soltó:
- Cuánto es mucho?
Mucho es una pregunta difícil de responder me dije para mis adentros, en ese preciso momento vino a mi mente, otras tantas preguntas que ya me había realizado y le conteste:
- Te quiero como mil cielos tristes de dónde sale la lluvia , como diez mil mares repletos de lágrimas, esas que se van a océanos lejanos que hay por todas partes.
Me pidió su muñeca de repente, me abrazó y dijo:
- Nunca me dejes, si lo haces, mis ojos seguro se secarán de tantas olas, mis pensamientos harán rondas alrededor tuyo y mi corazoncito se hará aún más chiquito y solo quedará un pedacito roto tirado por ahí, entonces ya no podrás leer más.
Bajó del sillón, me pidió a Valentina y desapareció tan fácil como había aparecido.
No pude retomar el libro, me quedé sentado, vacío.
Haciéndome esta pregunta mil veces: Cuánto es mucho?

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A través de la ventana

A través de la ventana veo como cae la lluvia ininterrumpidamente, salpicando el vidrio como sí cada gota fuera un fragmento de un pensamiento que golpea mi cara, sin ni siquiera tocarme, como sí yo fuera un fantasma, al cual el agua traspasa sin siquiera darme cuenta, viajando con el pensamiento sin tener que moverme.
Presiento por un momento que algo va a ocurrir, no se bien el por qué. De repente un pequeño tironsito hace que me distraiga, inclino mi cabeza y no logro ver a nadie, seguí mirando a través de la ventana tratando de unir pensamientos que se dispersan sin saber bien a donde irán, cada vez que el agua golpeaba la ventana llenaba el vidrio de nuevas imágenes. Doy un pequeño paso hacia atrás con la intención de irme a otro lugar cuando por casualidad veo dos zapatitos detrás de una de las cortinas de terciopelo color violeta del comedor.
Ahí la vi, paradita, observándome como sí tuviese miedo de acercarse, agacho la cabeza tímidamente y me ofrece su muñeca Valentina como sí fuera un intercambio "vos me alzas yo te doy mi muñeca", parece decir solo con la mirada, acepté el trato de buena gana. Cuando la aúpo me pide su muñeca, rompiendo el pacto de miradas cómplices que teníamos, la abrazo acercándosela a su cachetito como si hiciera mucho rato que no la viera, mientras tanto me preguntó: ¿Por qué cae el agua de la lluvia?
Lucía tiene la particularidad de tener preguntas para todo, le invento una pequeña historia que a ella tanto le gustan, tratando de darle una respuesta que pudiese entender:
- La lluvia cae desde el cielo cuando está enojada o triste por algo que le pasa, le dije inocentemente.
De repente sin que nada hubiera pasado, me pidió que la bajara ya, para desaparecer tan rápido como había aparecido.
Me quede pensando el por que de su reacción, no lo entendí hasta el día siguiente que la volví a ver.
Jugaba en un rincón apartado, tomando un te imaginario con su muñeca y su inseparable libro de secretos, me acerqué a traicion para darle un beso, sabiendo de antemano que no le gusta.
Traté de no interrumpir su diálogo, pero al escucharlo me quede sin palabras.
Ella decía:
- Tenes que portarte bien Valentina! por tu culpa el cielo se puso triste y se enojó, no me gusta que caiga mucha agua. " El " se pone raro, se queda mirando a través de la ventana y no tiene ganas de hablarme, es como si no estuviera acá...

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Una charla telefónica.

Manteniendo una charla telefónica con un amigo, este me dijo: y si escribes una especie de diario intimo de tu salud como para ir descargando algunas ansiedades?
Pasaron algunos días y la idea me quedo rondando por la cabeza, no estaba tan convencido de lo que podría llegar a contar, pero empecé.
En la semana empecé por un nuevo cardiólogo que me resultó bastante humano, no lo conocía y todos saben que sospecho mucho de la gente de guardapolvo blanco, me presenté y lo primero que me dijo fue esto: por que asunto vino acá?
ahí mismo me dije: bueno Claudio me parece que esta charla va a ser medió complicada.
Sin tratar de ser muy rebuscado que digamos le dije más o menos esto: vine acá por qué me mandaron, pues aparentemente los estudios que me hicieron no están muy bien que digamos.
- Muy bien, muéstremelos dijo.
- Saque el expediente y empecé a aportarle pruebas, como si se tratara de un crimen no resuelto.
- Esto no está bien, no puede ser, no coinciden son tres estudios que dan distinto y este último es de la semana anterior dijo!
- Levanté mi cejas, subí mis hombros como diciendo yo soy la víctima, el caso lo tiene que resolver usted para eso es el detective.
- Empiece a sacarse la ropa, que ahora vengo.
- Igual que un detenido, me fui quitando la ropa, me senté en la camilla y pensé: está película ya la vi..
- Ahí mismo empezó el interrogatorio: primera toma de presión fallida y la cabeza del detective que se movía en forma negativa, después de varios intentos distintos llega a la conclusión que varía bastante, pero no está bien, toma de pulso en muñecas y tobillos, luego cuello.
- Aha, descubrimos la pólvora me dije, pesaste que era sencillo!
- Me pone el estetoscopio varías veces por todo el pecho y dice: se escucha muy poco!
- Ahí tuve ganas de gritarle subilo, me contuve pues el detective era el.
- Vístase me dijo, dentro de dos días viene y se me hace este estudio acá y luego viene a verme ese mismo día.
- Ok dije, le di la mano y salí en libertad bajo fianza. Pasaron los días y volví al juzgado, me estaba esperando otro detective para un nuevo interrogatorio.
- Buenos días me dijo atentamente, ya hable con el fiscal y me interiorize de su causa, quítese la ropa y acuéstese.
- Otra ves sopa, me dije!
- Al rato, de estar engelado y salir en Hd por un monitor que no puedo ver, entra el fiscal y se pone a mirar junto al otro detective a intercambiar opiniones.
- El fiscal me dice: se salvó del transplante!
- ...........?
- El detective me dice: vístase y llévele estas pruebas al fiscal.
- Sin entender mucho que digamos, el condenado se acercó a la puerta de juzgado y espero el veredicto.
- El fiscal empezó a relatar un montón de sucesos complicados que hacían presagiar una condena extensa a saber:
- El condenado no puede acercarse a la sal, a los embutidos, a la harina, a los lácteos etc, por consiguiente se cierra el caso, tiene derecho a dirigir unas pocas palabras.
- Su señoría, fui privado de mi libertad, me quitaron el derecho de hasta comerme las uñas, estoy más complicado que "ese" Castillo ( El de la Salada ) todavía me restan dos causas una con el hematólogo (demasiada mala sangre) la otra con el oncólogo por portación de cangrejo y usted se hace llamar justicia, la verdad deja mucho que desear, apelaré a una instancia superior grite!
- Me dijo: NO LE CONVIENE...

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Experimentos con humanos.

Acostado en un rincón de casa observando el cielo raso sin mucho más que hacer que imaginarme distintas figuras que se proyectaban y convertían en gigantes sombras sobrevolando mi cuerpo, una de estas vino a caerse justo sobre mi humanidad, sembrándome la cabeza con una pregunta "POR QUÉ".
Desde que tengo memoria no dejo de preguntarme el por qué de las cosas, recibiendo todo tipo de respuestas, la más repetida solía ser el "PORQUE SI", no conforme con las respuestas decidí investigar, adentrándome en la cabeza de aquéllos que me respondían.
Resultados?
Se preguntaran...
Pocos! casi nulos.
Estoy convencido que la mayoría de las veces están, como decirlo: más desorientados qué yo, eso suele ser bastante frustrante al menos para mí.
Decidí entonces que tenía que hacer algún tipo de experimento científico con mi inquietud, para tratar al menos de salvar a alguien con el mismo problema, ahora sólo necesitaba un lugar y un voluntario.
El lugar podría ser una habitación preferentemente de color blanco (si se preguntan el "por qué" de este color no podrían participar, estarían extremadamente contaminados) habría dos cubos de madera (este suele ser un material noble) de una altura aproximada de cinco centímetros, uno estaría pintado de color "negro" que significa la ausencia, color gravitante a la hora de elegir, el otro pintado de un gris pensamiento que también tendrá lo suyo ya que nos hará dudar, sobre los dos debería caer una luz de igual intensidad.
Arriba de uno de éstos cubos habría una cantidad, digámosle importante de dinero, en el otro simplemente un recuerdo de nuestra infancia materializado en algún objeto muy querido por nosotros, estos serán cambiados constantemente para que no sea tan fácil elegir.
Si te sigues preguntándote el "por qué" significa que están realmente en problemas.
El experimento consiste en adivinar que va a tomar primero cada uno que entre en esa sala, eso nos dirá EL POR QUÉ de cada individuo.
Alguno quizás piense que tomando el dinero podría comprar cualquier recuerdo de nuestra niñez: grave error! eso que quedó en el cubo no tiene un valor monetario más bien tiene un valor sentimental.
Ahora hay que decidir por cual nos inclinamos, pero cuidado puede ser una trampa que nos tiene preparado el destino...
Por qué? Se seguirán preguntando algunos, otros quizás agarren el dinero y dirán simplemente PORQUE SÍ! lamentablemente.
Mi Informe final, da como resultado que el que suele dirigirse a las ausencias (negro) suelen ser muy amigos de los faltantes y estos resaltan mucho más sobre un fondo oscuro.
En cambio el pensamiento (gris) suele ser muy amigo de los recuerdos y quizás sea este el motivo por el cual no resalte tanto a la vista de las personas.
De chico me preguntaba por qué los aviones eran pintados de gris en la parte inferior...
Quizás ahí este el resultado de mi investigación no lo sé, sólo es una inquietud de un día de lluvia pensando en la cama...

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Día espantoso.

Día espantoso, de esos que uno quisiera que no existan pero que al final siempre, pero siempre aparecen, casi de la mismísima nada para contradecir todo lo que uno desea hacer ese mismísimo día, sin saber bien el por qué de semejante espanto.
La mañana se presenta lluviosa, con el viento que golpea nuestra cara sin haberle echo nada como para que se ensañe de esa manera, la lluvia parece ser cómplice de esta situación y le agrega un poco más de furia a lo insoportable del momento, sólo resta refugiarme en algún lugar que aplaque tanta agresión sin sentido.
Mirando alrededor, desde mi refugio improvisado, veo correr gente desesperada tratando de buscar algún techo donde resguardarse, como si en esa acción le fuese la vida, paraguas que se dan vuelta le dan un poco más de dramatismo a la situación. La gente que está en resguardo mira a su alrededor a otros que también lo lograron con una cara de satisfacción por la hazaña realizada sin darse cuenta siquiera que no han logrado nada. Solo es "agua y viento".
Cuando realmente me doy cuenta de esta situación sólo me resta salir de mi encierro, caminar despacio con la sola compañía de una vereda casi vacía, llena de vidas que se esconden bajos techos ajenos espiándome como si yo fuera un rebelde que está en contra de lo establecido, sin darse cuenta ni por un instante que la libertad tiene un precio y ese precio hoy: ES MOJARME...

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El pasado.

Llevo toda mi vida caminando solo, por que si me detengo me atrapan los recuerdos, últimamente me resulta mas fácil caminar que recordar, voy recto como si supiera el lugar al cual voy sin saber exactamente cual es, pero voy.
Es una energía casi invisible que me traslada de un lugar a otro sin un destino cierto, hurgando en mis pensamientos caminos ya olvidados que por arte de magia aparecen en mi memoria.
De repente sin aviso aparecen señales de alerta como diciendo este ya lo transitaste, prueba este otro, mientras tanto el tiempo pasa dejando huella no solo en mi mente si no también en mi cuerpo cansado, quizás falte mucho caminar todavía, no lo sé, pero no debo detenerme.
Cada tanto me embarga una extraña sensación de tristeza no entiendo bien el porqué, se me cierra la garganta y al tragar se produce un raro efecto en mi saliva, mezcla rara de angustia y desesperanza a la vez, cierro los ojos, respiro profundo y vuelvo a comenzar, el paso pareciera que fuera mas lento, pero a medida que respiro y largo el aire el peso del pasado es como si disminuyera, entonces retomo el ritmo anterior y todo vuelve a comenzar sabiendo que si me detengo volverá atraparme.
El pasado es algo que camina junto a nosotros aunque a veces tratemos de escaparle, es algo raro pero evidentemente uno no puede escapar de su destino incierto, es como un invierno interno donde llueve intensamente y la única esperanza es que se despeje para poder ver la claridad tan deseada y asi continuar el viaje, uno lleno quizás de viejas aventuras ya vividas, pero no por eso menos interesante.

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Encontrándome a mi mismo.

Como sí el tiempo pasado fuera devorado por recuerdos nuevos uno va transcurriendo un camino que nos hace olvidar las simples cosas que uno mismo vivió, olvidando casi sin querer de esa manera errores o aciertos de hechos ya consumados.
Los pensamientos parecieran que duermen en lugares imaginarios llenos de silencios que hacen que por un instante la cabeza repose en un mar tranquilo. Casi de la nada, estos mismos se vuelven turbulentos como sí nuevos vientos de ideas pasadas, agitaran nuevamente nuestro mar .
Entonces todo vuelve al principio sin siquiera darnos cuenta, es ahí cuando nos acordamos de las simples cosas, de lugares olvidados de objetos que creíamos perdidos, de personas que pasaron por nosotros dejando pequeñas cicatrices en nuestro ya vapuleado cuerpo.
No creo que sea una casualidad tratar de recordar lo que ya pasó, simplemente extrañamos lo que quizás nos resulte difícil recuperar, como nuestra niñez.
Es imposible retroceder el tiempo, aunque lo que sí podemos es no perdernos la posibilidad de volver a ser niños aunque seamos grandes, quizás tan sólo por un instante...
¿Que no daría uno por algún momento pasado?
Caminando sin rumbo fijo, arrastrando los dedos por la pared, como tratando de recordar el camino solo con las yemas de nuestros dedos voy viajando solo, con la sola idea de encontrarme a mí mismo.

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Limonada.

Las tardes bajo la parra de la casa de la abuela son tranquilas, los rayos del sol pasan a través del techo de hojas y uvas de color rojo, se hace sentir el calor, pero a la vez tirado en el piso recién baldeado es fresco, cómodo.
Saco de mi pantalón corto la cajita de chapa de azafrán que mamá me regaló, en ella guardo los botones que antes tome prestados sin que me vieran del costurero de ella y de la abuela, me acuesto boca abajo y comienzo uno de mis juegos preferidos: el fútbol con botones.
El juego consiste en esto: agarrar botones (están permitidos los olvidados en los recreos) se necesitan trece, uno mas chiquito que los demás y si es posible de otro color, tomar prestada una hoja cuadriculada de la carpeta de mi hermana cuando no esta cerca, pues yo todavía no las uso, pues por ahora solo tengo cuaderno y lápiz.
Recortar unos cuadrados de la hoja cuadriculada robada, para luego con mis pinturitas dibujar las camisetas de los equipos que van a jugar, ponerles plasticola detrás y pegarlos en los botones que pasaran a ser mis futuros jugadores.
Este juego tiene su secreto y también su técnica que consiste en esto: los botones tienen que ser preferentemente de guardapolvos, la cantidad trece, el mas chico, el de una manga hará de pelota.
Los botones de guardapolvo tienen una forma especial un lado plano y el otro en forma de pozo, al encimar uno con el otro, el mas chico ( la pelota ) sale despedido en forma recta como si fuera pateada por un jugador.
Distribuyo los equipos, seis y seis, un arquero, dos defensores, un medio, tres arriba, el otro equipo según mi ánimo, lo formo a veces parecido, no siempre, muchas veces me hago trampa yo mismo para tener ventaja y que gane el equipo que quiero.
El secreto es que uno de los botones, el mas chico tiene que estar del revés, del lado del pocito, pues cuando lo encimo con el otro la pelota sale elevada y donde cae quedará, siempre tratando de que caiga cerca de los del mismo equipo.
De lo contrario seguirá jugando el otro equipo, yo mismo!
Otro truco es que si puedo dar vuelta el botón chico en el mismo lugar elijo como patear.
El partido empieza tirando el botón de color al aire que caerá más cerca de algún equipo, ese empezará, los jugadores del mismo equipo pueden pasársela siempre, pero el botón chico (la pelota) tiene que quedar cerca del compañero.
Los arcos son el borde de la baldosa del piso y el "fuera" tres baldosas más, en total contados con mis dedos el ancho tiene que ser de seis baldosas y el largo siete
Pocas veces juego con mi hermano o me gana o me hace trampa, entonces prefiero jugar solo, paso horas y horas en el piso de baldosas a cuadros del patio, sin enterarme de nada, cada tanto tengo que empujar a mi perro hijitus comprado en un viaje a Luján que quiere participar pero termina cansado de tantos empujones que le doy, entonces se echa al lado mío a mirar el partido y escuchar mi relato, los dos tirados boca abajo en el piso, solamente nos levantamos cuando vemos llegar a mi abuela con una limonada, no hay ni habrá limonada como la de mi abuela. No sé si era el sabor o el amor que le ponía, pero hoy a mis cincuenta y seis años puedo confirmar que no existe una receta mejor que esa limonada.
Mi vida podría decir que es agridulce como la limonada con azúcar, es fácil de hacer, no se necesitan demasiados ingredientes, algunos botones robados de aquellos costureros podrían ser testigo de lo que cuento.

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Familia paralela.

Se puede tener una familia paralela?
A pesar de haber pasado tantos años, tanta agua por esta vida llena de encuentros y desencuentros, bien podría yo afirmar que si es posible.
Muchas veces en el camino uno no necesite ver tanto, para saber que se siente por algunos de ellos o quizás que sientan ellos por vos y este es el caso que hoy voy a tratar de relatar.
En mi vida podría decir qué hubo una familia fundamental que me sostuvo en una edad difícil de sostener, la adolescencia que como lo indica la misma palabra, adolecía de ciertas falencias que bien podría describir en este preciso momento.
Nunca la responsabilidad en el amor fue mi fuerte, me gustaba bastante la calle, noviar demasiado, era irresponsable etc.
A mí favor podría contar que quizás no quería ver lo que pasaba dentro de mi casa o tal vez fue que quizás, tuve que asumir algunos roles que no quería aceptar o mejor dicho no sabía hacerlo, y eso en el fondo me revelaba.
Fue en ese tiempo tumultuoso que me fui a exiliar a la casa de mi tía Lidia, un ser especial uno de esos que no abundan en este mundo, una casa parecida a la mía, con los mismos problemas pero sin tantas exigencias hacía mi persona, donde además había un primo al cual adoraba, que tenía un poco más de experiencia que yo con respecto al manejo del caos, y si a eso le sumamos unas primas lindas, amorosas y con algunas amigas, que más se podía pedir en un destierro.
Su mamá,"mi Tía" era un ser especial, tenía ese don particular del abrazo cariñoso que yo desconocía a no ser que estuviera con mi abuela y ella ya no estaba en este mundo.
Tía Lidia era linda hasta cuando la sacábamos de las casillas, sus retos eran casi graciosos, solía decirme: sos igual que el hijo de ..... de tu primo, no paran de hacer macanas, mientras se agarraba la cabeza!
Hubo días en que la abrazaba mientras le servía un té en forma de extorsión, rogándole que le hablara a esa chica que lloraba en aquel hall, para no tener que verla llorar y asumir mi responsabilidad.
Recuerdo bien aquellas palabras que una vez me dijo: yo voy a ir hablarle está vez, pero no se deja a una chica llorando...
El aprendizaje de estas palabras, hoy todavía resuenan en mis oídos como si se tratara de una ley que no debe violarse.
Me gusta recordarla así, tan simple tan directa, tan llena de amor, con la palabra justa en el momento justo.

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La máquina.

Estoy dando vueltas por la cocina sin animarme a pedirle permiso a mamá para salir, está enojada y no sé bien el por qué, tome valor y le dije:
- puedo ir a la puerta?
- No! hoy no salís y te pones a repasar las tablas.
- doy vueltas para evitarlas y digo una mentirita piadosa, de las que se pueden: Ya las repasé, dale... Me dejas?
- La respuesta es contundente : No, te dije que no! Me doy media vuelta llorando y voy a la habitación arrastrando los pies pues se que ese ruido le molesta, a lo lejos escucho: caminá bien...
Golpean la puerta de casa y ella grita desde la cocina: Anda a la puerta y fíjate quién es, desde la ventana, voy y me fijo, son los chicos que me dicen: salís?
Les contesto con un poco de vergüenza no me dejan, ellos dicen querés que le digamos? Yo les digo no deja, mientras cierro la ventana de la puerta, mamá pregunta: quien era?
Yo le digo nadie...
Cuando vuelvo del patio a la cocina me encuentro armada en la mesa : "La máquina" de rallar queso, mamá me dice: sentate ahí y rallame el pan que voy hacer milanesas, me arrodillo en la silla y la idea me entusiasma, esa máquina me genera cierta curiosidad. Me explica como hacerlo: Ponés el pan en el agujerito, le ponés la maderita arriba, vas empujando mientras giras la manija, mientras tanto papá miraba desde la otra punta de la mesa leyendo el diario. Empiezo con cierto miedo pues no sabía bien como era, al rato gano en confianza y hacerlo más rápido es más divertido, el pan sale despedido como si fuera arena, uno tras otro voy rallando panes desenfrenadamente haciendo montañitas que luego me encargo de aplastar con el consiguiente lío, hasta que se me ocurre "La idea" si no pongo la maderista que pasa? Mamá está cocinando, papá lee el diario, yo mientras tanto empiezo a experimentar: primero uno grande, otro más chico y otro, hasta llegar a las yemas de mis dedos, la manija que iba demasiado rápido y zas! Me raspé los dedos, me quema, enseguida me los mojo con saliva, sobretodo los dos primeros para mí (mi hermano dice que son el segundo y el tercero). Mi papá que ya había bajado el diario mueve la cabeza como diciendo no otra ves, me mira y me manda a lavar las manos, para después decirme péinate por lo menos y anda un rato a jugar a la calle, ni lo pienso, una enjuagada sin jabón, una mojada en el pelo hacia el costado y listo, salgo corriendo en busca de la pelota de goma, pego un portazo voy hasta mitad de cuadra y los chicos me dicen: "tardaste un montón", mientras tanto voy soplándome los dedos que me arden.
- la hermana de mi mejor amigo me pregunta de repente, jugamos al elástico?
Como decirle que no, si me paso horas mirándola .
Mis amigos me miran asombrados y empiezan a gritarme, dale que nos falta uno!
- Entonces le digo: no te enojas si me voy?
- No anda, me dijo.
- Y me fui...

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Cuestión de gustos.

Me gustan los amigos de antes, los que te preguntaban cara a cara como andaban tus cosas, aquellos que se ponían contentos si algo te hacía feliz, donde vos podías ir y decirle lo que te pasaba y esperar su respuesta en algún café perdido. Hoy quizás muchos de los amigos que uno tiene viven dentro de una red social donde quizás hasta te ignoren por pensar distinto, o simplemente te bloqueen pues no tienen los huevos suficientes para decírtelo en la cara.
La familia otro pilar importante de cualquier persona se convirtió en algo lejano, donde el olvido está a la orden del día, donde nadie te pregunta cómo estás, quizás por miedo a que necesites algo que ni siquiera están dispuestos a dar, sin que se les ocurriera pensar por un instante, que si uno necesitaría algo seguramente ellos serían los últimos a quien uno acudiría, donde personas vacías te dicen que las envidian y por eso se mantienen al margen como si se trataran de países neutrales esos que no se involucraron nunca en grandes o pequeñas tragedias, como si eso fuera a cambiar el curso de sus pobres vidas. La verdad dan pena, tantos momentos compartidos son solo un puñado de fotos viejas, descoloridas casi tanto como sus pobres vidas, no entienden de que se trata, muchas veces pensé que quizás tendría que pasar algo muy grave para que se den cuenta de sus errores, pero si no les afectó la vida de los más cercanos que les puede afectar las que están un poco más allá.
Los amigos/familiares que recuerdo eran los que más cerca teníamos cuando uno era pequeño, no se necesitaba un celular o una red social para avisarles de algún acontecimiento trágico: che te enteraste que Juancito anda mal?
Era en ese preciso momento que "Juancito" pasaba a ser lo más importante, se lo iba a ver y si por desgracia "Juancito" se moría tenían el decoro de pasarse 24 hrs al lado de el, aunque solo fuera para juntarse y contarse algún chiste desubicado o tomar un café recalentado, el tema era estar, Juacito lo merecía.
Cuando uno hoy habla de ciertos códigos enseguida te dicen: son cosas de mafiosos, o son para los supermercados, como si fueran frases célebres dichas por grandes pensadores, cuando solo se trata de frases de pequeños idiotas, que creen que nunca necesitarán a alguien, que el señor Facebook les acercara un vaso de agua, que Twitter los acompañará al baño, y que el Sr Watsapp guardara sus cosas hasta que Instagram algún día las recuerde...

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El cielo en reparaciones.

Bienaventurados los que están en el fondo del pozo, pues solo les quedará salir de el, bienaventurados los que no lo lograron aún, porqué les queda el consuelo de que lo podrán lograr en algún momento.
Suelo pensar que el cielo debe de estar en una especie de obra en reparación, algo así como cerrado por reformas, nadie te atiende, nadie te escucha, como una construcción parada de esas pérdidas que abundaban en el mundo, abandonadas quizás por algún Dios desganado, manejado quizás por algunos burócratas sindicales disconformes por tareas que le corresponderían hacer, negándose y aduciendo que allá abajo en aquel infierno se paga de más y que tienen otros beneficios extras, sin tanto esfuerzo para realizarlos.
Imagino una oficina gigante, llena de empleados desganados que archivan los reclamos de los infelices mortales que miran hacia arriba, buscando algunas respuestas de lo que no encuentran aquí abajo.
Donde uno tendrá que aplaudir con las manos fuertemente para llamar la atención de algún personaje que se hace el distraído.
- Porqué es tan difícil el trámite, me animé a preguntarle?
- nadie te lo explico? me dijo un empleado en forma irónica.
- No, respondí casi enojado, nadie me escucha, hace rato que estoy esperando.
- Bienaventurados los que hacen la fila y esperan pacientes su turno, me dijo sonriendo, De ellos será el reino de la paciencia, se dio vuelta y no volví a verlo más.
- Mire hacia arriba como buscando una respuesta, que nunca tuve. Quizás sea tan sencillo como qué si no lo lograste acá abajo, no vengas a reclamarlo aquí arriba pensé, por un momento me pareció muy injusto. Pero la vida suele ser así con los que nos vemos obligados a realizar algún trámite, aunque este solamente sea el de pedir un libre deuda.

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Un día poco común.

Me es raro ponerme a escribir después de tener un día medio especial, donde uno va a esperar una mala noticia, guardando para si un cierto grado de optimismo y encontrarse con que todo es distinto a como uno lo había pensado.
Empiezo el día con el dilema de tener que visitar dos médicos en lugares distintos con poco margen de horario como para lograrlo, así y todo logre hacerlo, ese fue mi primer logro, ahora solo restaba saber cómo se darían los acontecimientos.
Son las nueve en punto cuando el hombre de guardapolvos blanco abre la puerta y dice mi apellido, me levanto de la eterna silla de las esperas con cierto esfuerzo y es ahí cuando me extiende la mano en forma de saludo.
- Veo que andamos más o menos me dice.
- Si contesté secamente, no doy más.
- Bueno... me trajo los estudios?
- Si, ahí los tiene.
- Bueno muy bien lo felicito, me dice, extendiéndome la mano.
- Me quede dándole la mano y pensando y a este ahora, que le picó.
- Los resultados están mejor, hizo caso parece?
- Lo mire como diciendo, bueno ahora decidí si me vas a decir lo que me tenes que decir o no, que estoy medio apurado.
- Usted el dolor no lo puede manejar, soltó.
- Yo mientras tanto me decía para mis adentros: este debe ser adivino o boludo, eso lo sabia de memoria, es más tengo el cuerpo que me podría salir de testigo en un juicio!
- Usted dejo de tomar el calmante no?
- Si contesté, me dijo su camarada de guardapolvo que no le hiciera caso a la neuróloga que ya había hablado con usted.
- Correcto me dice, ahora cada tanto se tomará una de esas píldoras y no le contará a mi camarada, y aparte se aplicará una inyección que lo ayudara. En diez días me viene a ver y se hace estos estudios, usted ahora va a ver a una hematologa?
- Si le digo con la cabeza sin poder creer todo lo que me estaba diciendo.
- Bueno le dice que usted tiene siete, ella va a entender.
- Ahí ya no aguante más tanto misterio y le digo: días, meses, o años?
- Soltó una risa amigable y me dijo: dígale lo que yo le digo. A usted le gusta el sol?
- Claro contesté.
- Bueno póngase a tomar bastante.
- Me fui sin entender demasiado y todavía me quedaba la hematologa, eso quizás lo cuente después...

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La hematóloga.

Después de mi excursión por la casa del doctor Nefrologo, me dirigí en forma apurada al coqueto edificio donde reside mi nueva hematologa, después de una eterno tiempo en la famosa silla de la espera, escucho de repente el quejido de una puerta vieja, muy coqueta ella, con su vestido blanco y su prendedor en forma de placa que me decía su nombre.
Asomó un guardapolvo blanco con cierta elegancia y con una cálida vos soltó mi apellido, era mi turno.
Mi corazón latía rápido como si fuese al encuentro de un personaje salido de alguna novela romántica, acerqué mi mano como quien pide limosna, la tomó y me dio un cálido beso para luego preguntarme: como anduviste?
- bien creo, dije después de un suspiro de alivio, bah no se repetí al instante, para terminar diciendo más o menos mal, sería lo correcto.
- Ajá contestó, me trajiste los estudios?
- Tragué un poco de saliva y le conté lo que me había pasado, la verdad se me traspapeló su orden pues esa semana tuve tantos estudios para la misma fecha, que no lo realicé.
- Y ahora, que hacemos, dijo.
- Tengo este hemograma que me realicé, pero me lo pidió otro médico ( en el fondo pensaba, aquí está mi cuello, mordeme y saca la que necesites)
- A ver? Humm, muy bien es lo mismo, me sirve, cuando es así, hace uno solo, de esa manera no te andarán pinchando tanto.
- Ok. (por dentro pensé, por fin alguien que se acuerda de mi, está tendría que ser cardióloga!)
- Empezó a escribir en su computadora, como si me estuviese re financiando una deuda eterna, por no haber cancelado quien sabe qué cosa, quizás termine hasta publicado en un boletín tipo "el Veraz" de mi vida, ya está dijo.
- En ese momento me acordé lo que me había dicho el doctor Nefrólogo, tengo un siete, canté! ( ahí me sentí un poco retrasado, como si fuese un jugador novato de truco, o un nene feliz haciendo una escoba con el siete de velo )
- Me miró extrañada, un siete?
- Ahí comprendí que me faltaba decirle algo...
- El doctor Nefrólogo me dijo que usted entendería de que se trata.
- A ver dame esa carpeta, me pidió amablemente, repasó cada estudio como si fuera el libro de mi vida, para después decirme: aquí está, ya entendí.
- Me relaje un poco y pregunté y ahora?
- Bueno, los estudios están igual que cuando te extrajimos sangre la semana anterior, te voy hacer una orden para que te extraigan medio litro ahora y otro medio en quince, veinte días, así te dejo descansar un poco.
- Tenía ganas de invitarla a tomar un poco de sol, pero fue en ese momento que recordé que era paciente y necesitaba no hacerme mala sangre...

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Error de cálculo.

Recuerdo estar sentado en la ventana de aquel negocio de la esquina frente a los monoblock que estaban en la calle Combate de los Pozos entre Constitución y Pavon, pasé tardes enteras para verte pasar junto a mis amigos.
Con aquel amigo de la infancia planeábamos mil formas de abordarte a vos y a tu amiga inseparable.
Esa tarde de otoño, tenías puesta aquella polera de jersey marrón que tanto me gustaba y tu pollera de colegio, tu amiga tenía aquel uniforme del colegio Huergo que también había sido vigilado por nosotros, para poder saber todos sus movimientos.
El destino quiso que aquel plan fracasara desde el inicio, por nuestras malas decisiones, el abordaje en aquel mercado de la calle Cochabamba fue todo un fracaso al menos para mí.
Ese día teníamos todo perfectamente planeado, pero justo se nos fueron a interponer unos puestos de revistas usadas que estaban por el medio, nos entretuvimos y terminamos separados con mi amigo, recuerdo que corrimos y fuimos a encontrarlas un rato después, casi en la puerta de aquel mercadito que salía a la calle Entre Ríos.
Pero algo había salido mal, mi amigo te abordó a vos en vez de a ella y yo la aborde a ella en vez de haberme acercado a vos, el resultado para mí fue un verdadero desastre, pues creía estar muy enamorado, saliste con mi mejor amigo muchos años y nunca te enteraste, yo solo te miraba con respeto, como se mira a la novia de un mejor amigo.
Hoy ya en el otoño de estos días me acuerdo con ternura de aquel plan fallido, de eso que se podría llamar tranquilamente, un amor perdido por un error de cálculo.

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Una noche cálida de verano.

Recuerdo bien que era una noche cálida de verano, la hora exacta podría tratarse de alrededor de las 19 hrs de este lado, estaba parado como cualquier viernes esperando el bendito colectivo, pensando quién sabe que cosa cuando alguien me tocó el hombro, recuerdo haberme dado vuelta y quedarme medio descolocado ante la pregunta.
- Vas a jugar al fútbol me dijo una chica con la que estabas.
- Si, contesté.
- Bueno mira, mi novio habla muy poco español pero está desesperado por ir a jugar con alguien, yo no conozco a nadie aquí y por estos lugares, nadie juega en las plazas como antes, soltó.
- Lo mire, nos miramos y te dije mira: yo voy todos los viernes, si quieres te espero a esta hora, el próximo.
- Nos saludamos y me fui. En el trayecto del viaje me quede pensando en lo loco de la conversación, cuando llegue a la canchita del club se lo comenté a un compañero y me dijo:
- que raro no?
- Si!
- La novia estaba buena?
- Conteste que boludo que sos! Ni la miré, me quedé sorprendido por la situación, nunca pensé que alguien desconocido quisiera venir a jugar conmigo sin siquiera cruzar una palabra.
- El viernes que viene lo traigo, afirmé como si supiera que te ibas a aparecer.
- Ahí termino la charla y empezamos a jugar como siempre. A la semana siguiente estaba parado ahí en el mismo lugar de siempre, quince minutos antes por las dudas de que vinieras y no me encontrarás, te apareciste de repente al trotecito como quién va a una sita impostergable, nos saludamos y nos subimos al primer colectivo que vino. Recuerdo bien lo raro de la situación ya que tratábamos de mantener una charla entre tú español y mi italiano, cosa que era muy cómica, ya que terminábamos haciendo gestos. Al llegar al destino nos bajamos y fuimos a la cancha, te presente a los indios que te recibieron con cierta curiosidad y nos dispusimos a jugar. Recuerdo que cuando armamos los equipos dije al Tano dámelo para mi ( mi miedo era que fueras un tronco y te putearan o me dijeran a quien trajiste ) la primera pelota que creo que agarré traté de dártela al pie y ahí me di cuenta enseguida que sabias, pues encaraste hacia el arco gambeteando, hasta que te dieron la bienvenida. En aquella canchita se suele jugar medio al límite, te fuiste soltando empezando a demostrar que el Tanito algo de fútbol manyaba, a los cinco minutos soltaste la primera puteada en italiano que nos causó mucha gracia. No recuerdo el resultado de aquel partido, lo que si recuerdo es verte tomando cerveza junto a todos aquellos inadaptados, aquel Paragua que agarro la botella de cerveza y te mostró como la abría con el ojo y tu respuesta rápida nos hizo reír a todos, "yo también puedo dijiste" agarraste una botella te la metiste en la parte de atrás y zas cayo la chapita, todavía lo estamos cargando al paragua! Ya eras uno más, desde ese día y hasta hoy me preguntan que es de la vida del Tano. Recuerdo aquella excursión a Florencio Varela, la cara de pánico de tu novia cuando le dije quédate tranquila que yo lo cuido y fuimos en tres autos al medio de la nada mientras vos decías, a donde queda esa Florencia Varela en Japón que no llegamos más? Tu cara mirando el paisaje desolador de la zona y aquella cancha de tierra en el medio de la nada, la cara de los contrarios y otras tantas cosas, por suerte ganamos los dos partidos del mediodía y ese asado termino en paz. El asado fue el colmo de la impunidad, una calle de tierra cortada, las mesas en el medio de esta y nosotros sentados en una punta haciendo quilombo como siempre, dijimos en que los podemos ayudar? Y nos dijeron: corten el pan y hagan los choripanes y repártanlos, fue ahí donde decidimos hacer algunas maldades, abríamos el pan metíamos el chori en él, luego pedacitos de cartón de una caja encontrada, salsa criolla arriba y vos que los repartías con tu cara de extranjero inocente un verdadero hijo de.....! Es el día de hoy que me acuerdo y no paro de reírme, después fuiste y querías jugar la futbol de nuevo te llevamos y nos quedamos al costado de la cancha viéndote correr sin poder ver ni siquiera donde estaba aquella esquiva pelota, hasta que te acercaste donde yo estaba y dijiste : "Claudio no se puede jugar a esto boracho" Me reí tanto que creo que me morí ese día. Te sacamos de la cancha nos subimos a los autos y volvimos a la civilización para alegría de aquella novia Argentina aterrada que te esperaba a la vuelta de casa.

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Día seis.

Seis de septiembre dice el calendario, tres y veinte marca el reloj, un día raro de esos que uno quiere que terminen y recién está por la mitad, de esos que uno se cansa de solo pensarlos, donde el cuerpo duele más que los mismísimos recuerdos, donde todo se hace pesado, inamovible, espeso donde uno empieza a dudar de ese optimismo natural que inconscientemente maneja, según el estado del tiempo o el día que le toca vivir.
No hablaré de los motivos que podría tener para sentirme de esta manera, solo diré que me siento cansado, pero en el sentido literal de la palabra, agotado en serio, donde el mal dormir se hizo casi una costumbre, donde los cambios de humor sufren los vaivenes lógicos de las cosas que a uno le pasan.
Muchas veces me sentí agotado de mí, de mis exigencias para cualquier cosa que hiciera, por mis compromisos tomados por no saber decir un no, o ese afán de ayudar a alguien por que así lo sentí en ese momento. Después fui esclavo de esa misma palabra dada, y el no querer defraudar hizo el resto.
Creo ser de esos tipos que no se rinden ante nada, que ante la adversidad se hacen más fuertes, los que prefieren venir de atrás remontando situaciones tras situaciones en silencio, así soy, así me hicieron, quizás sea una especie de maquina rota que funciona a fuerza de remiendos, de esas que van perdiendo por el camino partes y sigue funcionando, un atado con alambre, un tipo que está cansado de estar tan cansado...
Bueno mañana será otro día, ojalá sea mejor que este.

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La otra mitad del mundo.

Sentado en el fondo,‏ quieto, relajado conteniendo la respiración, con las piernas extendidas, en un estado casi de ensoñación, los ojos bien abiertos, los pulmones llenos de aire.
La mirada controla todo lo que pasa alrededor, los movimientos son lentos, pausados todo pareciera estar en cámara lenta, no se escucha sonido alguno, solo la transparencia del agua y yo.
Ausente, pleno, dejo que el agua me acaricie, estoy en un lugar donde solo se puede ver la mitad de las personas y eso me agrada.
Como podría mantenerme en este estado?
Pocos segundos parecen una eternidad, consigo navegar por mis pensamientos, voy soltando el aire suavemente y las burbujas salen de mi boca como en una carrera para ver cual llegará primero a la superficie, quiero alargar el tiempo pero no lo logro, mi cabeza se asoma despacio como espiando un mundo que me agobia, las otra mitades están ahí espiándome, me invade una sensación extraña, los ruidos se apoderaron del lugar, ahora los tiempos son otros, se aceleran haciendo que todo se mueva mucho más de prisa, la desilusión se hace eco de mi queja silenciosa y me atrapa, todo pareciera ser como un sueño olvidado, la distancia recorrida con solo levantarme parece ser el fin de la inocencia, me acerco a esa escalera pegada en esos viejos azulejos celestes y voy hacia la superficie, ahí donde vive la otra mitad del mundo, la que hace ruido hasta cuando habla...

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La oscuridad.

Las tenues sombras que se proyectan en la pared producto de la oscuridad, hacen dé mis pensamientos recuerdos que quizás de día no pueda ver, un repentino corte de luz invadió mi casa dejándome suspendido en el tiempo, mi memoria se llena de imágenes, fotos que se superponen proyectando una película muda, donde personas que pasaron por mi vida buscan mezclarse con las de hoy, conversaciones casi ridículas retumban en mi cabeza sin producir ruido alguno, a que vienen hoy aquí?
Que buscan?
Por qué tienen la necesidad de incomodarme, de que conversan esas sombras tan distintas y tan cercanas a la ves?
Tirado en la cama, boca arriba dejo que mi imaginación tome vuelo y así comienza este viaje insólito a mi pasado que de pronto en un abrir y cerrar de ojos, se mezclan con mi presente en un juego casi ridículo de preguntas sin respuestas, de reproches y anécdotas que ni yo mismo recordaba.
La oscuridad tiene la virtud del silencio, se convierte en un ser espeso difícil de traspasar, cuando crees que por fin lo lograste, ella parece sonreír como sabiendo de ante mano tu fracaso, sabe que te acompañará durante toda tu existencia y que aprenderás de sus silencios y de sus miedos...

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Más misiones?

Ayer mismo me preguntaban porque ahora cuento algunas cosas que antes no contaba y eso me quedó dando vueltas en mi cabeza, recuerdo haberme dicho por qué no?
Quizás sea tiempo de aclarar algunas cuestiones, de hablar, de decir...
Toda mi vida permanecí observando el comportamiento de las personas, gestos opiniones y demás mañas me fueron formando, traté de entender lo que podía entender ya que todos las personas que me rodeaban eran distintas, aunque en el fondo muchos se parecían.
Podría contar que algo que los diferenciaba no era la apariencia más bien se trataba de su interior y eso era lo que a mi me interesaba.
Estas simples observaciones fueron creando al monstruo que soy hoy, un tipo lleno de muchas preguntas y pocas respuestas, alguien a quien la vida no sé por qué raro conjuro pone a prueba constantemente, ofreciéndome distintos desafíos a vencer, cada vez más difíciles y sin mucha maniobra para la equivocación, como si yo fuera un tipo de Hércules en decadencia yendo a misiones a desgano, donde "La Hidra" de siete cabezas atiende con sobre turnos, donde "Cerbero" es un perro molesto que solo necesita caricias, el "León de Nemea" está cansado de su propia piel, la cierva de "Cerinia" trabaja por horas en alguna casa de barrio Parque, a "El famoso jabalí de Erimato" hoy lo sirven como comida exótica en algún lugar del sur de este bendito país, " Las aves de Estinfalo" descansan en la jaula de algún abogado controvertido, defensor de barras bravas y otras cuestiones, "el cinturón de Hipólita" lo liquidan en algún local de las tiendas Zara, y el famoso "Toro de Creta" fue sacrificado, acusado de homicidio por matar a un torero famoso casado con una cantante de flamenco.
"Los establos de las famosas Augias" fueron vendidos a un jeque Arabe amante del polo y "Las yeguas de Diomedes" bailan en un decadente programa de televisión.
"Las Manzanas de Hesperides" terminaron su vida en algún tugurio de la calle Libertad y por último, como si fuera poco me encargaron que enfrentará a la mismísima muerte, por ende decidí aceptar las cosas como vienen y afrontarlas con la mayor dignidad posible, pues no soy aquel héroe nacido de aquel Dios griego, más bien soy el hijo de BEBE mi viejo, un simple mortal más, uno simple y complicado de entender.
Quizás hoy se me escuche hablar de dolor, cosa que antes no hacía, o podría tratarse tal vez de mi otoño, donde las hojas de mis días se caen irremediablemente, anunciando un próximo invierno, donde uno tratará de encerrarse en sí mismo por miedo a empeorar las cosas, esperando el día de la primavera como si fuera un estudiante más.
Tal vez sea que tengo miedo a no saber las respuestas de las preguntas de los desafíos por venir.
Habrá que improvisar me digo! soy bueno en eso, acá no hay oráculo que valga, habrá que poner fuerza de voluntad dicen algunos yo prefiero decirle ganas.
Me gusta recordar, tengo ganas de hacerlo, a pesar de que las cosas que diga no sean tan lindas.
Las verdades igual que las mentiras suelen doler bastante y eso en todo caso no seria culpa mía, sería en todo caso otra misión más que a alguien se le habrá ocurrido encomendarme ...

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Buscándote.

Llevas años persiguiéndome a toda hora, no sé bien si podría vivir sin ti, eres de esas personas que aparecen y desaparecen con una facilidad asombrosa, casi mágica, juegas con mi pelo me susurras al oído, me preguntas cosas que ni yo mismo puedo entender, muero por un abrazo tangible, de esos que te estrujan el alma, debería estar cansado ya de tus rarezas, pero necesito más y no puedo más.
Donde estás ahora?
No te das cuenta que dependo de vos? Que sos mi aire, mi agua, mi esperanza, te siento en todos lados, pero no puedo atraparte por más que lo intente una y mil veces.
Porque juegas conmigo? acaso eres mi ángel de la guarda? tengo cientos de preguntas para hacerte.
Me busco y a veces no me encuentro, muchas otras necesito tu presencia, es vital para mis respuestas y se que estás ahí, espiándome, escondiéndote...
- Qué quieres? - me susurras.
- Nada.
- Entonces por qué me buscas?
- No lo sé.
- Quizás te sientes solo?
- No creo, se que estás ahí esperándome, haciéndote rogar.
- Podría ser, tendrías que averiguarlo!
- Pero cómo?
- Buscándote...

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Sin saber que decir.

Me enamoré de vos mucho antes de que supiese de que se trataba esa sensación, solo sabía que quería verte, ser tu sombra, perseguirte invitarte a jugar, pero cómo hacerlo si eras tan linda que solo verte me hacía agachar la mirada, en ese tiempo yo no sabía cómo decirle a una chica que me atraía, solo sentía que me gustaba verte en aquella plaza, abrazado a mi pelota te miraba de lejos como no entendiendo ese vaivén frenético de aquella hamaca, ibas y venias cada ves más rápido como si fueras a volar, el ruido de la cadena parecía chillar cada ves que retrocedías para tomar más envión hasta que después de un rato disminuías la velocidad arrastrando los pies por la tierra con aquellos lindos zapatos azules con tiritas al frente que te abrochaste de costado, cuidando que no se te volará el vestido, mientras te acomodabas el pelo detrás de la oreja.
Tu vincha azul dejaba ver tus grandes ojos y esa manera tan particular de caminar, como si flotaras en el aire en ves de rebotar en el piso como lo hacía mi pelota de goma.
Suave, silenciosa como un mediodía de plaza, de esos qué hay los días de clase, así te veía, así te recordé aquella tarde cuando volví a mi casa.
Aquel almacén viejo de la vuelta un día nos junto por casualidad, yo había ido hacer un mandado y vos estabas con tu bolsa de colores ahí parada esperando. Recuerdo aquella señora que abrió aquella lata azul de galletitas y nos convido unos habanitos de chocolate, uno para cada uno dijo, ahí fue la primera ves que me miraste a los ojos, a partir de ese día mis tardes no fueron iguales, me sentaba en ese escalón de mármol de aquella casa vieja a esperar que pasaras.

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Valentina.

Compañera de mil aventuras, de noches de insomnio de conversaciones de uno solo, de milagros futboleros, acompañante secreta en aventuras peligrosas, infiltrada en algún bolsillo de abrigo algún día de intenso calor.
Otras tantas veces al resguardo de la mismísima lluvia o ese frío que te hace preguntar que necesidad tenemos de estar aquí, infaltable como esos talismanes usados por antiguos navegantes que se embarcaban en aventuras hacia lo desconocido, así sos vos.
Tan pequeña que puedes viajar en la palma de una mano.
Aquí mismo dejare de escribirte para dedicarte este relato, copiado de una canción que me gustó, bien podría hablar de nosotros pero a esta altura, eso ya no tiene importancia...
Entro en mi vida como un sueño
Donde no existí­a dueño ni tiempo ni lugar
Ese sueño enano fue gigante
Necesitando a cada instante tenerla cerca de mí­
No hay una flor que tenga un olor tan suave
Respiro su aroma y la siento dentro de mí­
Baila descalza, se desliza en el aire
Colorea mi espacio con caricias que le di
y ahora soy
Un vagabundo en las calles de su amor
Viviendo en las aceras de su corazón
y me arropo entre cartones
En un mar de callejones
Visto harapos de ilusiones
y los besos que le sobran
Es la limosna que me da
Miseria amor cambié miseria
Por aquellas cosas bellas que te di
Amor que quiera amar a su manera
Si no deja que le quieran no puede ser
Dibujo su cuerpo con el vaho de mi aliento
Tras el cristal ella vuelve a desaparecer
y ahora mi niña te deshaces en silencio
La noche está frí­a, esperemos al amanecer
y ahora soy
Un vagabundo en las calles de su amor
Viviendo en las aceras de su corazón
y me arropo entre cartones
En un mar de callejones
Visto harapos de ilusiones
y los besos que le sobran
Es la limosna que me da.
Esta letra describe perfectamente lo que siento por vos, no me da vergüenza decirlo, pues pasaste a ser una parte muy importante en mi vida, tranquilamente podría llamarte Milagros o Esperanza que también es un lindo nombre, pero por suerte te bautice con el nombre de Valentina la pequeña de los grandes milagros, la que siempre está ahí, la que duerme debajo de mi almohada...

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Detrás de la cortina de hierro.

Estás aquí viviendo en un mono ambiente construido por algún arquitecto medio comunista, ya que la imagen fría y monótona me dan esa sensación de soledad, el frío cemento es el único testigo de lo que cuento, quisiera pensar que estás en el cielo y no aquí, pero de chico me acostumbraron a venir acá, a visitar parientes que ya no están y eso es lo que repito, no tan asiduamente como antes, pero sigo haciéndolo.
Bajando escaleras interminables, siguiendo caminos de memoria.
Antes mucho antes solía haber mucha más gente por estos lugares, hoy son muy pocos los que los visitan, las excusas están a la orden del día, (a mi me hace mal dicen algunos, otros dirán eso es un negocio y otros tantos dirán yo no creo en esas cosas) toda las opiniones son muy respetables, pero a mí no me cierra ninguna.
Suelo pensar que el día que no este más en este mundo, me gustaría que alguien me visitara aunque más no sea por cortesía.
Muchas veces me encontré en este lugar recorriéndolo solo y pude ver gente hablando frente a una lápida fría, contándole cosas rutinarias o diciéndoles cuanto extrañaban su presencia y me quede conmovido ante esas imágenes.
De chico solía pensar que este lugar tenía diferencias, los que estaban en la tierra tenían desventajas con respecto a los que vivían en esos gigantes monoblock subterráneos y ni hablar de los que descansaban en pequeñas mansiones llamadas bóvedas, esas diferencias me molestaban bastante, de echo los días de tormentas fuertes de lluvia solía pensar mucho en esa gente que estaba ahí desguarnecida en la tierra, me daban más pena que los mismísimos vivos, ya que estos podrían resguardarse bajo algún techo perdido.
Ustedes estarán pensando que escribe este tipo no?
Bueno escribo lo que siento, de echo creo haber acostumbrado a mi hermano menor a que siga esta tradición, pues me gusta pensar que quizás algún día alguien pueda venir a visitarme, contarme como le ha ido, que se yo, esas tonterías que me enseñaron a mí...
Mis viejos toda la vida vivieron juntos y por esas cosas del destino hoy viven en casas separadas, me gusta pensar que se visitarán como novios en algún zaguán neutral de algún cielo en penumbras, para seguir haciendo lo que hacían, amarse.
Por eso les pongo flores, para que no tengan que comprarlas, pues ahí arriba el dinero no sirve para nada y es bueno que se las regalen cuando se vean.

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Respirar.

Hay días que tengo ganas de terminar todo tan rápido, que me asusto de solo pensar que todo sería tan fácil...
Quizás si hoy estoy acá será por algo me pregunté muchas veces en silencio, debe de haber algo reservado para mí en algún lugar que todavía no he descubierto.
La incertidumbre tiene la particularidad de anularme por completo y hacerme replanteos constantes de esto que parece ser una vida...
Pero una vida tiene que ser otra cosa más? - me digo.
No puede ser que solo sea, comer, dormir, trabajar etc, etc.
Cual es el verdadero sentido entonces de todo esto?
Me la paso quejando!
Por qué tengo que hacerlo?
Si es poco lo que gano, me quejo porque es injusto, siempre parece poco lo que duermo y si como siempre hay algo que me cae mal.
Me duele cada parte de mi cuerpo que yo mismo castigo.
A los que alguna vez elegí, llegué a la conclusión de que otra vez me equivoqué al elegirlos y evito decirlo en voz alta por miedo a que me escuchen los mismos elegidos.
No se, quizás tiene que haber algún camino que todavía no descubrí; el que transito es un inmenso bosque lleno de árboles, que permanecen apretados y cada uno de ellos tiene reservado una nueva sorpresa para mi.
El problema es que voy por una camino interminable, repleto de hojas muertas, sin encontrar un solo indicio de lo que estoy buscando.
Por qué hay gente que tiene todo resuelto sin ningún esfuerzo? Existen los caminos invisibles para inútiles?
Las hojas que voy pisando crujen cómo días caídos de un calendario que llega a su fin, intentó evitar hacerles más daño, pero estas ya no pueden evitar su final.
Bueno... Ya me levanté de la cama, después de un mal dormir, de soñar con tu presencia, lejana y cercana a la vez.
Ahora solo resta ducharme y seguir recorriendo este bosque imaginario, pues es algún lugar debe estar esa salida que me lleve a tu encuentro, respiro, exhalo, respiro...

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Aletargados.

Sábado 28 de octubre, me levanté con algunas preguntas como casi siempre:
A que venimos a este mundo?
Cuál es nuestra misión en esta vida?
Quizás nunca entendamos estas simples preguntas, o tal vez ya pasamos por algunas pruebas y no hemos aprendido la lección.
Alguna vez te preguntaste por qué esa alma tan pequeña dejó de existir si no había tenido tiempo de hacer mal a nadie?
Tal vez, ese sea el aprendizaje.
Quizás esa alma tan pura no necesitó aprender nada, pues ya lo sabía todo.
Tal vez nosotros no sepamos nada y necesitemos aprender una y otra vez la lección, hasta que por fin entendamos a que vinimos a este mundo o mejor dicho, para que vinimos.
Tropezamos una y otra vez con las mismas circunstancias y volvemos a cometer los mismos errores, quizás por eso todavía no estemos preparados para irnos.
A esta altura de la vida cuando te quejas por cosas superfluas que para ti son tan importantes, casi imprescindibles para tu forma de ser, es cuando tienes que darte cuenta que tu vida tiene que ser un poco más que eso que te está pasando.
Cuando vemos a alguien que la está pasando mal realmente, es ahí que tomamos conciencia de que no nos está pasando nada, nos volvemos vulnerables, casi humanos...
Pero, por qué tenemos que llegar a esa instancia?
Quizás la vida ya te alertó y ni te diste cuenta, pues estabas ocupado criticando la vida de los otros sin ver la tuya misma.
Hasta cuando estarás muerto en vida?
Cuando entenderás que si existe el sol es para beberlo, que si tenemos agua es para refrescar ideas dormidas, que sin este bendito aire nos ahogaríamos en nuestras mismísimas penas, que tu boca esta hecha para reír, para besar, para cantar; que tus ojos están para mirar todo lo que tienes alrededor y que tu oído sirve para escuchar lo que te dicte tu conciencia.
Despertemos de este letargo eterno, no nos queda tanto tiempo para aprender y todavía no sabemos nada...

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Una historia: un aviso?

Quisiera poder descifrar esto, quizás por alguna razón del destino nunca pueda saberlo, fue un día martes, uno como otros tantos que por alguna razón que ahora voy a contar se convirtió en un día especial.
Me dirigía a ensayar como otro cualquier día, esperaba el colectivo, escuchando música como si no estuviera ahí, relajado pensando quién sabe que.
Subí y me fui dirigiendo hacia el fondo esquivando gente que estorbaba mi camino, los veía más preocupados por el celular que por donde estaban parados, cuando por fin logre llegar al fondo de este, me quedé parado esperando el milagro de algún asiento para alivianar mi dolor de espalda.
El milagro sucedió, quizás por una cuestión de probabilidades, desde chico siempre sostuve que si uno se dirige hacia el fondo del colectivo las probabilidades de encontrar un asiento aumentan casi un setenta por ciento.
Luego de conseguir el mío, me acomode plácidamente en el y me dispuse a ver el paisaje que acompañaba con mi música, de repente sin que nada hubiera ocurrido, giré mi cabeza hacia el interior y vi una chica agarrada de un pasamano que con gran habilidad mandaba mensajes por su celular, escribiendo con el pulgar a una velocidad que me asombro, después de observarla me llamó la atención un tatuaje que tenía en su pierna, fui recorriéndola con la mirada tratando de poder saber de qué se trataba este, la letra manuscrita y mi lejanía hacían imposible saberlo, la recorrí con la mirada como si fuera un libro, puedo contar que tenía una pollera de jeans gastada y una especie de musculosa de viscosa estampada, un rodete prolijamente desordenado y una actitud despreocupada, cuando mire su espalda me di cuenta que tenía tatuado en toda la extensión de sus brazos y la espalda otra especie de manuscrito con el mismo tipo de letra que en las piernas, quizás se estén preguntando y eso que tiene de raro?
Les cuento: después de observarla seguí mi rutina, giré mi cabeza y seguí viendo el paisaje monótono de antes.
Después de un tiempo, casi pasando plaza Italia observé que tocó el timbre para bajar, me distraje por un segundo y cuando el colectivo arrancó volví a verla; estaba parada haciendo la cola para sacar una entrada en un lugar llamado Grove, lo que me llamó la atención fue que la cola era casi de media cuadra y ella se ubicó cuarta o quinta de la ventanilla de ventas, pensé: seguramente cuando escribía en el teléfono era para avisar que estaba en camino, se paró al lado de un chico de su edad que tenía un jeans y una remera color coral.
El viaje siguió, yo gire mi cabeza y seguí mirando mi aburrido paisaje que se hacía más llevadero al estar acompañado por mi música.
Esto no tendría nada de raro, pero al llegar al puente de avenida Pacífico escucho el timbre de la puerta trasera del colectivo, instintivamente gire mi cabeza para ver quién lo había tocado, en ese preciso momento mi mente se congeló al ver agarrada del pasamano esperando bajar a la chica del tatuaje, no podía entender que fue lo que pasó, la volví a ver, mis ojos no me mienten, bajó y se quedó en mi mente para siempre.

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Resistencia Troyana.

Hace mucho tiempo un amigo me dijo: Claudio vos sos demasiado confiado, crees en todo y el tiempo te demostrará quién es quién en cada historia.
Desde ese día acuñe una frase: desconfía de los "Arana" no hay tipos tan perfectos, esos que vencen enfermedades casi sin sufrir, que escalan montañas en el Himalaya en musculosa, que son fieles esposos y padres perfectos, que posan despreocupados en una isla de fantasía, que son tan solidarios que te hacen sospechar de vos mismo, pues te serviste el último vaso de Coca Cola caliente que quedaba en la botella y para colmo estabas sólo y sentiste culpa.
Mi amigo tenía razón, algunas personas son parecidas a la marcha de San Lorenzo que cantábamos en aquellos actos escolares, avanza el enemigo a paso redoblado decían aquellas estrofas...
Quizás crean que así se camina más rápido?
Son los tiempos que corren, dirán otros! donde el compañerismo es algo casi del pasado, donde rara ves alguien te pregunta: che y vos como te sentís?
Todo el mundo trata de conquistar lugares como lo hacía aquel héroe griego llamado Ulises, infiltrándose de una manera amigable pero con la clara intención de quedarse, ofrecía falsos obsequios de madera en formas de ofrendas sagradas que abrirían grietas en lugares que antes permanecían inexpugnables.
"Grieta" palabra de moda tan antigua como el agua, que irá desgastando paulatinamente aquello que alguna ves fue sólido.
Bien, ahora que mis dedos escribieron lo que mi boca siempre oculta me siento más liviano, tranquilo con lo que soy, tranquilo con lo que doy, generoso por demás, un buen Troyano.
Quizás algunos no sepan interpretar la palabra troyano, hoy en día es un virus que se infiltra en el sistema destruyéndolo todo, pero en la verdadera historia el infiltrado fue aquel Aqueo, que bajo un ardid astuto penetro en algo inexpugnable.
El tiempo acomodara las cosas me había vaticinado aquel amigo y quizás tenga razón, el problema es que ya mo me queda paciencia tengo días que quiero mandar a pasear a todo el mundo, un tour pago y guiado por el mismísimo poeta italiano Dante Alighieri ...

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Aquel secreto.

Estaba ahí sentado en aquel viejo bote de madera olvidado en aquella isla del Tigre, rodeado de árboles y hojas muertas aquel domingo de otoño, solía pasar largos ratos inventándome grandes aventuras en aquella selva imaginaria.
Siempre fui bastante solitario en mis juegos, podía pasarme horas conmigo sin que eso me aburriera pues yo era mi propia compañía y no hay nada mejor a esa edad que estar sólo, pues son los tiempos en que te llenas de preguntas, el por que de las cosas empiezan a tener un sentido, más si te encuentras un caracol de mar tirado en una escalera de madera vieja.
No parecía pertenecer a aquel lugar, enseguida lo agarre y oí que tenía para contarme.
Me contó que el no vivía ahí, que un día alguien lo robó del Mar para llevárselo de recuerdos y lo dejo ahí olvidado.
Que en ese bote en el que yo estaba sentado una niña le había pedido un deseo, que si alguna vez alguien encontrase aquel caracol fuera a rescatarla, que ella le pagaría con un beso.
Volví corriendo con todas mis fuerzas al lugar donde estaba la mesa de los mayores, para contarles lo que aquel caracol me había dicho, pero nadie quiso escucharme.
Todos me ofrecían algo para comer o me preguntaban por donde andaba?
Pero nadie me escuchaba!!
En general los mayores están alejados, como en otra cosa, se quedaban discutiendo conversaciones que siempre terminan de la misma manera, era como si no tuvieran preguntas que hacerse, pareciera ser que no se atreven a jugar por un rato a ser otros.
Creo que se aburren de estar con ellos mismos.
Pasaban su tiempo tomando mate, jugando a las cartas o escuchando alguna carrera de autos y por radio!
Otros optaban por ir a la orilla del río, a pescar inocentes peces que no molestaban a nadie, tan tristes que carecían de color, solo para ponerlos en un balde.
No podían escuchar lo que tenía para decirles?
No podían perder un solo minuto?
Era tan importante ir a lavarse las manos?
Bueno, el tiempo pasó y aquella historia quedó olvidada en aquel viejo caracol. Pensándolo bien podría estar durmiendo en alguna maceta perdida, vaya a saber de que casa no?
Si por una de esas casualidades lo vez o sabes de el, por favor préstale atención, ahí dentro se encuentra el deseo de una niña pidiendo a gritos que la besen y hace rato que la estoy buscando...

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Reencuentro.

Nos conocimos de grandes pero seguramente jugabamos de chicos, de lo contrario no se explican tantas coincidencias, historias parecidas a un mar de por medio.
La confianza que me da tu amistad, me hace pensar que las palabras que salen de mi boca ya las escuchaste antes de que las diga, que las historias escritas de tus aventuras yo las he protagonizado.
Uno podría quedarse a descansar en tu relato y viviéndolo como propio, preguntándose una y mil veces lo mismo: este pibe piensa lo mismo que yo?
Porque actuó así, si esto no lo habíamos hablado?
Será una cuestión de sensibilidad o como quieran llamarlo, pero cada mail, cada comentario me sumerge en el mismo mar de preguntas.
Yo a este pibe lo conocí mucho antes de verlo!
Se que puede sonar raro, que algunos pensaran en casualidades y otros tantos pensaran que me volví loco, pero sé que algunas veces hilvanamos jugadas en partidos imaginarios en potreros italianos, tiramos paredes en calles empedradas de mi buenos aires querido. Nos contamos historias de amores perdidos buscando respuestas en amores encontrados o por encontrar.
Sos una especie de hermano aparecido de la nada, de padres vistos por fotografías mandadas por mail, una cosa bastante inusual para tipos raros como nosotros que somos personas nostálgicas, de esas de sobres y estampillas, de escritura a mano, de esperanzas venidas por debajo de alguna puerta con olor a papel, cosas que ya nadie recuerda.
Sos mi hermano inusual, ese que escribe historias para enamorar a cualquier mujer, hasta hacerlas caer a sus pies como si se tratara del mismísimo lord Byron.
Que pasa mi amigo que ninguna Húngara de ojos azules como el mar golpean sus párpados para despertarlo, necesita de su fiel escudero de este lado del océano?
O es quizás una estrategia para viajar a Rusia a buscar aquella princesa olvidada de la familia Romanoff con la excusa de ver el próximo mundial de colado?
Sospecho de su silencio, aquí espero su respuesta, un correo andante está dispuesto a llevarle la correspondencia en mano al mismísimo zar del fútbol, luchar contra el amor de alguna tártara revoltosa y cumplir nuestro objetivo secreto, que Dios nos firme la frente como bendición a nuestra inmensa devoción.
Dios salve a Messi y nos proteja de las hordas del mal.

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Dame pelota...

Lunes con sol, con ganas de hacer lo que el cuerpo te indica que no hagas, pero como resistirse al pecado?
Muchas veces sueño contigo, recuerdo haberte sentido en mi pecho, en mi cabeza en mis manos y sobretodo en mis pies, acariciándomelos como una obediente geisha que extraña a su amo.
Amor hoy volveré a verte, no prometo nada del otro mundo, solo quiero volver a acariciarte, sentirte, tenerte a mis pies.
Quizás hoy me sientas un poco alejado, no pienses mal no deje de quererte, estoy inseguro ya que el dolor me alejo de vos.
Me veras con la misma ropa de siempre, espero que estés ahí esperándome, falta poco tiempo y ya siento ese cosquilleo en la panza como la primera ves que te vi, disculpa mis vendas que hacen que nuestro contacto sea más lejano, pero el dolor de extrañarte hacen que tenga que tomar algunas precauciones de más.
Hasta luego amor, espérame ahí como siempre, no veo la hora de tocarte.
- Que si tengo celos?
- No amor, nosotros somos inseparables. Podrías haberme engañado por ratos con otros quizás, pero seguramente me estarías extrañando, quien más que yo, para tenerte y hacerte feliz?
- Que algunos te patearon!
- Amor, no todos entienden lo que es una caricia...

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Perdido.

Andaba por calles vacías, caminando sin un rumbo fijo, acelerando el paso en forma automática, como si fuese a empezar a correr.
Después de un largo rato, expulsé el aire cansado, como si hubiera sido una molestia tenerlo, volví a respirar en forma profunda tratando de tragarme todo lo que veía alrededor y comencé a trotar, casi sin ganas por una plaza que me encontré por ahí sin buscarla.
La razón de esto?
- Podría decirse qué tengo que moverme, no lo sé...
Mientras tanto mi cabeza iba más rápido que mi cuerpo, llegando siempre antes a lugares que ni había buscado, como si se tratase de un control de televisión qué repasa imágenes de algún canal de cable un domingo aburrido de lluvia.
Parezco un autómata, dando vueltas por un mismo lugar en forma continúa sin saber a dónde me dirijo.
Repentinamente sin darme cuenta, mis piernas aceleraron el andar como si fueran en busca de algo olvidado.
Por un pequeño instante tuve la rara sensación de que todo lo que había pasado detrás mientras corría era mío.
El tiempo fue transcurriendo y mi cuerpo empezó a agotarse, no parecía acordarse lo qué estaba buscando, sin embargo algo en mi interior me hacía pensar que lo recordaría.
Mis manos se apoyaron en mis rodillas en busca de algún aire olvidado, a duras penas podían sostener mi cuerpo agotado.
Fue en ese instante que mi mente decidió quedarse en blanco.
El esfuerzo casi casual me había trasladado a un lugar de silencios, donde yo mismo podía oír el latido de mi corazón agitado, me sentí libre, el agua de mi cuerpo traspasaba mi remera empapándola, había llegado al punto de partida, que termino siendo el mismo del inicio.
Donde estuviste me pregunté ?
- no lo sé, parece una plaza encontrada por ahí, me dije.
- no me interesó mucho mi pregunta, pues me sentía bien, para mí era suficiente, para que quiero saber dónde estoy...

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Carta a mi querido River.

Como no quererte si te conozco desde que nací, me hiciste pasar años de sufrimiento pues nací un día de enero de 1961 y vos habías decidido no salir más campeón desde aquel campeonato del 57 año que nació mi hermano mayor, sufrí las cargadas de casi toda mi familia, mi infancia por no salir campeón fue un sufrimiento eterno durante los siguientes dieciocho malditos años, pero seguí ahí, junto a vos.
Decenas de crack quedaron en el olvido por no conseguir el ansiado campeonato, bajo el insulto que después sería motivo de orgullo.
- son perdedores decían...
- son gallinas... Algunos otros nos nombraban como "deportivo segundo" solían reírse de los distintos motes que nos ponían en aquella época aquellos graciosos...
Pero toda racha tiene su fin y eso fue lo qué pasó, las tristezas se convirtieron en alegrías y las gallinas se convirtieron en lobos hambrientos en busca de carroña para devorar, y hoy somos el equipo con más campeonatos de este bendito país, le pese a quien le pese, con esa ventaja de sequías de tantos años funestos, no lograron ni acercarse.
Muchos se llamaron a silencio como lo hacen siempre, sabían que había vuelto un grande y eso producía temor y estaban en lo cierto.
Otro club tuvo su racha ganadora, pero dudo mucho de su honestidad, demasiadas pruebas me avalan, como para tener que nombrarlo.
Fuimos creciendo juntos con distintas emociones, algunas veces me hiciste llorar de tristeza como cuando te vi descender casi por decreto, pero la vida te hizo tan grande que tuviste que tocar fondo como para demostrarle a algunos parientes lejanos, que aquel campeonato de la "B" había resultado más interesante de lo que habían tramado y resultó que fue más importante que el de la mismísima "A"
Se rompieron todos los rating de television, las canchas no te alcanzaban para tanta gente, y volviste de donde nunca te hubieras tenido que ir, como un grande, sin festejos, no había nada que festejar, asumiendo el precio que tenias que asumir, sin vergüenza con el pecho hinchado, con sed de gloria.
Y lo lograste como todo lo que te propones, a pesar de los árbitros, los arreglos, las AFA y demás cuestiones.
Te impusiste con la identidad de un grande de verdad, la del buen juego, la de la pelota al pie, con un señor llamado Gallardo de baja estatura e igual perfil, que no necesitaba de ningún periodista amigo o una consultora de marketing para ver cuánto medía, este es grande de verdad, está elegido para grandes proezas de echo lo padecieron en carne propia.
Te fueron desarmando, te iban vendiendo jugador por jugador y el lo volvías hacer, como si fuera tan fácil que nos fuimos acostumbrando a pensar que eso era lo normal y un día nos toco perder, quizás hasta injustamente pero bueno, te querían ver de rodillas nuevamente.
Como iban a permitir que siguieras ganando?
Pero bueno, está historia continúa, solo quería contártelo decirte que me voy a morir orgulloso de ser de este club, que seguramente me verás reír, otras tantas veces llorar hasta de bronca, pero quédate tranquilo "RIVER" yo nunca, nunca te abandonaré...

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Mi problema con Mickey.

No sé bien por qué causa o trauma de mi niñez tengo un problema personal con este ratón, quizás ya todos saben que amo a los hamsters, que vendrían a ser algo así como primos lejanos de este famoso personaje, que a mí me pone tan nervioso.
Casi siempre cuando veo la imagen de este ratón me pongo medio agresivo, de hecho, mi fantasia es alguna vez ir a Disney no porque me interese tanto conocer aquel parque de diversiones, pero sé que el anda por ahí, lo estuve averiguando.
Sueño con que el venga a mi encuentro a abrazarme como para sacarse una foto y ahí mismo dormirlo de una piña, me dan ganas hasta de salir con Minnie solo para hacerle daño.
Quizás soy una persona medio complicada, pero ese personaje no puede tener esa voz tan ridícula y que nadie diga nada!
Por ejemplo el pato Donald, tiene voz de pato Donald, quién alguna vez no trato de imitarlo?
Pero nómbrenme a una persona que trate de imitar a Mickey?
El único que viene a mi memoria es Michael Jackson!
Este ratón me arruino mi niñez!
Cuando era chico estaba casi obligado a ver un programa de televisión llamado el show de Mickey Mouse donde una melodía pegajosa me invitaba a reír, a llorar en el show de Miki mouse!!
Y casi siempre lo lograba, me angustiaba ver a todos esos chicos de mi edad con esos medios casquitos negros con orejas en la cabeza, sonriendo y cantando esa melodía, que se me hacía interminable.
Ustedes se preguntarán y para que lo veías si no te gustaba?
Y es que este bodrio estaba antes de uno de mis programas favoritos.
En mi época era casi imposible para un chico de mi edad, decidir por sí solo ver un programa de televisión, para colmo no llegaba al selector de canales (perilla que los cambiaba con un sonido particular) solo me quedaba la esperanza de que aquel programa terminara rápido, así poder ver el que yo esperaba: Rin tin tin!
Cuando este empezaba, yo entraba en un especie de trance y me convertía en ese famoso cabo Rosty, que llamaba a su perro
y este siempre solía salvarlo de todos los problemas.
Ale Rin Tin - gritaba.
Indios, ladrones de diligencias o cualquier bandido que le pasara cerca, este perro los enganchaba y quedaban en prision, hasta saltaba al agua para salvar gente! (A esta altura del relato, me parece que este fue el primer perro de policía)
Yo me quedaba embobado junto a mi perro Hijitus, que de reojo me miraba como diciendo:
- ni lo sueñes lo único que muerdo son tus cordones, no llego saltando ni a tus pantalones cortos y sabes que al agua no me meto -
Yo lo miraba, me levantaba del suelo y el ya empezaba a mover su colita en señal de listo.
- si no queda más remedio... - parecía decir con su mirada.
Ahí íbamos a nuestra próxima aventura, la de tirarle cualquier cosa lejos, para que el vaya corriendo a atraparla para luego volver contento, de aquella peligrosa misión, moviendo su cola en señal de echo.
- Acariciaba su cabeza y nos íbamos en busca de bandidos imaginarios que asaltaban diligencias o robaban bancos. Pasabamos casi toda la tarde juntos hasta quedar agotados de tanto correr, luego regresábamos a nuestra cantina imaginaria y pedíamos un vaso de Toddy...

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Fin de semana largo...

Una pequeña reseña de mi fin de semana largo, viernes resultados del centellograma que indica que mis huesos se están apoliyando y no de sueño, sábado con visita de uno de mis hermano para ver una excelente película, domingo de cementerio, de visita a mi vieja y otro de mis hermanos, lunes hermoso para tomar sol en el balcón y descansar un poco, para luego escaparme e ir a jugar un fulbito.
Amigo que me dice, perdóname es que estoy fuera de estado, luego de romperme todo! Tortuoso regreso en ojotas por pequeña patadita en el empeine que me saco de la cancha y me dejó sin dormir pese al hielo.
Martes de sangría donde caminar una cuadra me llevo media hora, donde el regreso fue peor que la ida, donde el chiste a la hematóloga me alegró la tarde, los dos brazos detrás de la espalda y ella mirándome.
Los dos que aparecen de repente como si fueran a abrazarla para terminar diciéndole: adivine en que brazo esta? mientras le agitaba uno.
Me miró, y dijo no lo puedo creer! me sugirió sentarme mientras se sonreía.
- de cual te saco preguntó.
- del izquierdo.
- Siempre de buen humor?
- Siempre, que puedo.
- Esa es la actitud. Por un rato me quede pensando ahí sentado, para luego irme y tratar de acomodarme en mi cama, cosa imposible.
- De un lado me duele el pie, del otro me duele el brazo y para colmo mosquitos!
- Me pregunto: Las únicas pastillas que los calma a ustedes son las de clonazepan? Vivo con unos adictos en recuperación que no saben esperar, cuando me ven, enseguida vuelan a mi como pilotos japoneses estrellándose en mi cuerpo al grito de banzai! Entenderán estos Kamikazes que ya no me queda sangre para dar?

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Mirando el mar.

Recuerdo bien que era un día soleado, que leías despreocupada como si yo no existiera, a pesar de estar ahí. Ausente metida en tu mundo de novelas de misterio, como si todo lo que te rodeaba fuese parte de tu escenografía misteriosa. Yo estaba cerca tomando sol y mirando el mar, como quien busca respuestas en alguna ola solitaria que podría traer alguna de las tantas que le había hecho, pero esto por desgracia no ocurrió, a pesar de no estar tan lejos de ellas.
Vi como te molestaba el viento que revoloteaba tu lona salpicando de arena tus hombros y tus piernas, que habías cubierto con tu protector solar. Yo miraba de reojo boca abajo riéndome por dentro por aquella situación, ya que no tenía ninguna lona, solo contaba con mi toalla que usaba en forma de almohada, mi cuerpo prácticamente estaba repleto de diminutas partículas de arena, pegadas por el aceite de mi cuerpo, me sentía despreocupado, libre, hundía los dedos de mis pies en aquel sitio como si nada existiera más que ese momento.
No se cruzaban palabras, solo era tomar sol como si el otro no existiera, hasta que me aburrí y pregunté:
- Vas al agua?
- Dale, dijiste sorprendiéndome
- Una carrera? - Me vas a ganar, dijiste
- Probemos?
- Saliste corriendo sin avisar y te zambulliste en la primera ola que se te cruzó.
- Atrás fui yo haciendo lo mismo. Tu cautela me hacía presumir que le tenias cierto respeto al mar, fue ahí que nos agarramos de las manos para saltar grandes olas, mientras sonreías, fue ahí mismo donde supe que esa sonrisa me haría esclavo para siempre. Volvimos a esa arena que esperaba. Cuidadosamente te fuiste secando como quién cuida el momento vivido, en cambio yo quede expuesto a ese recuerdo que se iba pegando en mi piel. Ahora esa misma nostalgia me ahogaba, como si se tratara del mismísimo Mar, los momentos se fijaron en mi cabeza igual que aquella arena y ya no podría refrescarme, pues si lo hacía se perderían para siempre...

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Carta a mis compañeros de pelota.

Quizás no pueda explicar las sensaciones que tengo cuando necesito jugar a la pelota, podría decir cientos de cosas que quizás muchos sientan de distintas maneras, yo trataré de explicar la mía.
Cuando me preparo para ir a jugar las sensaciones que vienen a mi cuerpo son extrañas, es casi un ritual que repito desde que tengo memoria, prepararme la ropa, meterla en el bolso, llegar casi siempre primero que todos, vendarme y necesitar ir al baño, pues la ansiedad me dan ganas de hacer pis, yo esto lo atribuyo a una especie de nerviosismo que me da antes de empezar a jugar.
En ese momento mi personalidad creo que cambia, me siento pleno, alegre, podría decir que hasta feliz, no soy de esas personas que juegan fútbol, más bien soy de esas que juegan a la pelota y ahí radica la diferencia.
El fútbol como todo saben es un juego de equipo, yo en cambio juego a la pelota que no significa que no juegue para el equipo, por el contrario, me mato para que este gane, pero a mi manera, lo siento diferente, lo disfruto diferente, el fútbol es otra cosa.
A pesar de mis años, por ejemplo hoy mismo he comprobado que me siguen diciendo las mismas cosas que cuando tenía diez años y esto me causa mucha gracia, pues o no evolucioné o los otros todavía no me entendieron, las dos cosas son muy probables.
Uno de mis compañeros ayer decía: imaginatelo a los diez años, después a los veinte y miralo ahora, lo único que no cambia es que todavía no se dio cuenta que el cuerpo tiene cincuenta y seis, la velocidad de su cabeza veinte, mira que va a cambiar!
La sensación de pisar la pelota improvisando cada movimiento en cada instante es algo que ni yo mismo puedo manejar, es una sensación rara, mágica, mover al adversario y llevarlo a donde yo quiero jugar me hace sentir bien, es una especie de partida de ajedrez donde el rival piensa mi próxima jugada y donde el más fuerte mentalmente ganara el movimiento y ese es mi juego, se que lo hago bien y por qué lo hago.
Ayer mismo hablando con un contrario, el me decía donde me sentía más cómodo jugando y le contesté: no se depende del partido, si es por algo llámese plata generalmente me obligan a jugar en la defensa, tengo una salida aceptable gracias al manejo a pesar del riesgo que eso significa, y por mi altura suelo ganar de arriba ya que la pelota siempre viene de frente, ahí lo importante es anticiparse a la jugada, creo que ahí juego más serio, más fuerte, soy mañero, creo leer bien al delantero, pues siempre pienso que haría yo en ese instante, quizás tenga la visión del arquero, cosa que también me gusta.
En cambio si es con amigos todavía no sé si me siento mejor por derecha o por izquierda ya que me da lo mismo, siento que quizás tantos golpes recibidos me han enseñado a poner el cuerpo de otra manera para poder cubrir la pelota y es ahí donde me gusta jugar suelto, casi de espaldas al arco contrario, se que ahí hago la diferencia, a pesar de que pocos amigos se den cuenta y se la pasen rezongándome, con eso de "tocala de una buena vez"
Esto lo hablé miles de veces y nadie lo comprende, si yo me llevo a dos o más tipos que quieren asesinarme las piernas para sacarme la pelota, no se dan cuenta que queda un espacio así de grande, para ir a buscarla cuando yo decida?
Comprenden que busco o la patada o el momento para tocar?
Es matemática pura, es tan difícil de comprender?
Si cada córner que pateo lo pongo al segundo palo, es tan difícil ir ahí?
Si pongo el pie del lado de afuera, la pelota hará una comba he ira ahí, no es tan difícil, las veces que me han puesto una pelota de esa manera a mi en la sabiola, les rompí el arco de un cabezazo!
Me he pasado años pensando cómo entrarle a una defensa, quizás mi déficit sea patear al arco más seguido, pero siempre les digo lo mismo: si yo hiciera todo lo que me pidieron durante todos estos años, estaría retirado viviendo en Italia, con la guita de sus consejos.
Pero lo siento: eso sería jugar al fútbol y yo juego a la pelota.

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La hora de la penitencia.

Son casi las cinco de la tarde, lo sé por dos motivos simples, el primero es que al reloj gigante de la cocina le falta un cachito para llegar a la mitad y lo segundo es que me pusieron delante una taza asquerosa repleta de leche que tendré que hacer que tomo, mientras solo me reflejo en ella y soplo tratando de correr la nata inmunda que cree que voy a tocar, esperando el momento indicado para inventarme una mentira de las que se pueden y volcarla en la rejilla de la pileta, cometiendo así el mismo error de siempre: no abrir el agua de la canilla, para que no queden rastros de este crimen.
Mientras tanto mi perro Hijitus mueve la cola, esperando mi señal para ir en busca de nuevas aventuras, que son frustradas por la llegada del alguacil.
Me encierran porque si en mi habitación sin un juicio previo.
Estoy perdiendo mi tiempo después de oír una sentencia injusta, sin derecho a una justa defensa.
Aburrido y aislado escucho el rasgar de la puerta de mi prisión, ahí afuera mi compañero de aventuras fue obligado por un rollo de diario a enterarse de las noticias sin siquiera saber leer y busca consuelo llorando detrás de la puerta.
La radio de la cocina está diciendo no sé que cosa, mientras el sheriff reporta el informe de lo que se va a comer por la noche al dueño del pueblo.
Yo me pregunto: quién inventó tomar la leche?
A mí se me hubieran ocurrido millones de cosas interesantísimas antes que este castigo repleto de nata y mal humor...
Me aburre mi penitencia, sin tele ni nada, me quedo dormido pensando como asaltar una heladera silenciosa junto a mi mascota y la complicidad de nuestras sombras, solo nos puede delatar aquella luz blanca que hay viviendo ahí adentro.
A mi entender esa luz nunca duerme a pesar de que los grandes digan lo contrario, puedo probarlo ya que muchas veces la dejé a propósito entornada para saber que pasaba y nunca se durmió!
Que hacía el dueño del pueblo esa noche levantándose justo en el momento del atraco?
Cómo se le ocurrió ir a tomar soda fría, tan tarde?
Nos arrastramos sigilosamente hacia nuestra habitación, con el fracaso de no poder robar alguna que otra cucharada de aquel flan de vainilla que para ese entonces ya era como asaltar un banco a plena luz del mediodía.
Nos miramos ante aquel gran fracaso y nos prometimos en silencio volver a intentarlo nuevamente...

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La llave de los momentos perdidos.

Estaría bueno poder encontrar algunos momentos olvidados, para esto, muchas veces uno tiene que poner en pausa la memoria, aunque quizás esto parezca una contradicción.
Cuando uno empieza a recordar va reconstruyendo de una forma sistemática y mágica a la vez cada uno de ellos, muchas
veces es ahí donde nos perdemos.
Cada tanto recordamos alguna parte de aquellos momentos, pero se nos olvidan algunos otros, las melodías se nos confunden y solo nos acordamos de alguna que otra estrofa de aquella bonita canción que tarareamos a medias.
Las imágenes se desvanecen de una forma tan rápida, que retenemos solo retazos.
Perdemos el sentido del tiempo y todo nos parece mucho más cercano, como si eso hubiera transcurrido recientemente.
Pero lamentablemente no es así, es en ese preciso momento que tendremos que reiniciarnos como si se tratara de una mismísima computadora vieja, casi obsoleta para los tiempos que corren.
Colgado como "en espera", o por sobrecarga de información, solo resta apagarme por un instante y esperar el milagro de reiniciarme y que los sueños vuelvan a mi memoria.
Es ahí donde yo trato de buscar información en mi limitado disco rígido, recargado de archivos sin nombre de algún que otro momento olvidado.
Pero por dónde empezar?
Dónde estaba?
Cómo se llamaba?
Aquí no hay perros que nos ayuden, buscando lo que no recordamos.
Cuál sera el buscador más rápido, para esos recuerdos perdidos...?

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Recreo mágico.

Catorce de noviembre dice el calendario, pero bien podría ser cualquier otro día.
Estoy sentado aquí en un lugar que había olvidado, disfrutando de la sombra de un árbol desconocido por mi, pero del cual ya soy amigo, escuchando mi música que me acompaña en este viaje inmóvil, donde solo se mueve mi imaginación y mis dedos que escriben estas simples líneas, los cantos de los pájaros hacen el resto, como si se trataran de compañeros fugaces que vienen de a ratos a acompañar el momento, invadiendo con otros sonidos este momento de tranquilidad, anunciando quizás que quede poco tiempo para estar aquí.
El tiempo transcurre tan rápido, que el silencio pronto se convertirá en murmullo, este a su vez se convertirá en ruidos de personas que invadirán el lugar, convirtiendo lo que era un lugar mágico, en un lugar de tránsito, donde las imágenes irán cambiando tan rápidamente como los mismos sonidos, que harán presagiar el fin de este precioso momento de soledad...
Quizás en el fondo esto sea un simple recreo, donde los silencios se tomen un descanso para poder pensar.
Donde los ruidos quizás griten lo que tienen para decir.
Y donde yo solo tengo que hacer mi trabajo, ese mismo que algunos imaginan que es mágico, anónimo, como suelo hacer que parezca, donde todo lo que me rodea tomará vida con el solo hecho de creer en él.

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Caminando.

Solo caminaba sin hablar, separado con la distancia del que acompaña, cansado del trayecto y del largo día de playa, el fútbol, la arena, el agua, y mi salir a correr era motivo suficiente para volver en silencio.
Las vueltas siempre son más largas pensaba, aunque la distancia sean la mismas.
Me quedé retrasado robando una pequeña flor amarilla de una ochava de cemento donde colgaba ahí entre otras.
Apuré mi paso hasta alcanzarte y te la regalé como premio a tu compañía, nuestros amigos esperaban, ni sabían que habíamos ido a la playa, ese era nuestro secreto.
Cuando nos vieron llegar se miraban como tratando de entender algo que difícilmente podrían.
Guardábamos un secreto, habíamos intercambiado música como para saber que escuchaba el otro.
La sorpresa fue tan grande, que era imposible que fuéramos amigos.
Pero solo era cuestión de tiempo, un día pasábamos por aquella esquina olvidada y solté una pregunta:
Cómo te puede gustar eso que escuchas?
Respondiste con la misma pregunta!
Fue entonces que te dije: vos no sos lo que escuchas, en cambio yo sí!
El silencio hizo el resto, no sabía si la respuesta había sido la correcta, pero fue la que me salió en ese momento.
Fueron pasando los días y no volvimos a hablar del tema, hasta que un día este salió casualmente.
Recuerdo haberte dicho no está mal esa canción, la letra es interesante, pero lo que mas me sorprendió de tu música, fue que hubiese un tango.
Sonreíste y me contestaste: ese tema de tu cassette, tampoco estaba mal.
Conoces algo de tango?
Algo...
Así nos fuimos conociendo, con la desconfianza del que no sabe que puede saber el otro.
Era como si fuéramos a rendir algún examen de preguntas y respuestas, lo que no sabíamos era que teníamos muchas de estas para hacernos.

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La otra mitad.

Parado frente a la ventana siento la frustración de no poder verte, una repentina tormenta hace que mi posible huida se cancele, los ojos que vigilan parecen atentos a cualquier movimiento, solo me queda el recurso de imaginarte a través de un vidrio salpicado por esta maldita lluvia, mi aliento soplado por mi boca hace que la ventana se convierta en un pizarrón mágico, donde mi dedo te regala un corazón sin necesidad de alguna tiza perdida.
Dónde estarás? me pregunto.
Que estarás haciendo?
Sabrás que estoy aquí parado pensando en vos?
La tristeza hace que las horas sean más largas y el poco sol que se veía, empieza ya a esconderse detrás de alguna casa vecina.
Solo queda un corazón que pareciera no querer derretirse en el vidrio a pesar del transcurso de las horas.
Cuándo parara de llover?
Por qué los días de lluvia se hacen interminablemente más largos?
Estarás leyendo?
Que leerás?
Zas! Se acaba de cortar la luz, no podría haber pasado algo peor aquí en este lugar, cuando se está a oscuras todo es mal humor, es como si le tuvieran miedo a lo que no ven.
Me aburro aquí parado, no poder compartir mis juegos hacen que te extrañe más de lo aconsejable, creo que cuando no te veo, no soy el mismo, siento como que me faltara una mitad, pero cual sería esa otra mitad?
Será tu cara, con esa boca tan especial y esos ojos que hablan, sin omitir sonido alguno?
O quizás sean esas piernas inquietas que no paran de andar, buscando aventuras?
Ves?
No puedo elegir...
Sigo aquí parado esperando que pare de llover, a oscuras, mi dedo está ansioso por verte, como esperando el momento para acercarse a tu espalda y dibujarte un corazón que no se derrita.
Y decirte ves: aquí estoy, soy yo, tu otra mitad...

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Un pez perdido.

Que hacia aquel pez solo en el medio de un bosque, como había ido a parar ahí?
Recuerdo haber salido corriendo a contarte lo que había encontrado.
También recuerdo que me dijiste: mentiroso, un pez no puede estar solo en un bosque!
Me fui enojado por tus palabras...
Como no pudiste creerme lo que te acababa de contar.
Regresé a aquel mismo lugar donde te había visto por última vez, revolcándote en la tierra como queriendo decir algo, saltabas desesperado, como si algo te pasara, fue entonces que se me ocurrió la idea de aquella botella vieja de vidrio, la llené con toda el agua que encontré y te di tanta que dejaste de moverte por un instante, fue ahí donde te abracé.
Hasta ese momento éramos dos desconocidos que por una de esas casualidades nos habíamos encontrado sin buscarnos.
Ahora lo único que necesitabas era acostarte en algún lugar con mucha agua, pero si te dejaba solo tenía el miedo de no verte más.
Volví caminando lo más rápido que pude y a mitad de camino me encontré a Lucía que estaba llorando.
Le dije: que te pasó ?
Te traje esto para vos - Era un frasco lleno de agua.
Perdón, no te creí - me dijo.
Lo sé.
Dónde lo encontraste?
En el bosque.
Seguro que alguien lo pescó y lo dejó tirado. Los grandes suelen hacer esas cosas, se olvidan que quizás alguien está esperando a Naranjita.
Se llama narajita?
No lo sé, parece querer contarme algo pero solo me tira besos, y se me ocurrió ponerle ese nombre.
Si te tiro un beso, me contarías algo?
No sé.
Mejor llevémoslo al agua.
Seguís enojado?
No.
Yo solo miento cuando no queda remedio.
Fue en ese momento que me mojaste y dijiste: el que se enoja pierde!
Ahí supe que nunca me podría enojar con vos, pasara lo que pasara...

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Levantándome sin haberme caído.

Levantándome sin haberme caído, encerrado en mi propio cuerpo, sueño estar hundiéndome en pensamientos extraños, trato con todas mis fuerzas de despertar, lentamente voy tratando de abrir mis ojos con las dudas de ver con que voy a encontrarme, cuando por fin logro abrirlos, giro mi cabeza tratando de reconocer un lugar que no conozco, trato de moverme, siento que estoy atorado en la maraña de lo que creo que es mi cuerpo, quiero incorporarme pero una fuerza casi sobrenatural vuelve a hundirme, entonces el esfuerzo que tengo que hacer para poder tratar de levantarme es mayor que la fuerza que me oprime.
Voy lentamente desprendiéndome de mi propia raíz, al lograrlo siento el alivio de haberme sacado un traje invisible de recuerdos que me atormentaban, entonces respiro profundamente. Un aire llena mis pulmones de nuevos pensamientos, la sensación de incorporarme ya mucho más liviano, invade mi cabeza como si hubiera vuelto a nacer.
Con los ojos bien abiertos me dirijo a un lugar lentamente sin saber exactamente a donde voy, pero tengo la certeza de que será mucho más placentero del cual acabo de salir.
Me vuelvo agua, como quien regresa a un mundo extraño pero a su vez familiar, me hundo en las más profundas sensaciones, dejo que me acaricie de tal manera que por un instante me olvido donde estoy.
El tiempo transcurre lentamente mientras mi cuerpo empieza a sentirse cómodo en este nuevo horario, donde los minutos se convierten en horas y donde no nos atrevemos a perder un solo segundo por miedo a lo desconocido.
Que pasaría si me dejase arrastrar por la tentación del silencio de aquí abajo?
Voy y vuelvo como quien no tiene un destino cierto, tratando de despejar mi cabeza de todo pensamiento, solo me dejo llevar.
Mi cara se hunde en la claridad de la transparencia mientras mis brazos la corren hacia atrás con suavidad tratando de no esforzarme demasiado, viajando por un instante a un lugar que ni yo mismo sé cuál es.

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Vuelvo al agua.

Vuelvo al agua, como quien vuelve a un mundo extraño pero a su ves familiar, me hundo en las más profundas sensaciones, dejo que el agua me acaricie de tal manera que por un instante me olvido donde estoy.
El tiempo transcurre lentamente mientras mi cuerpo empieza a sentirse cómodo en este nuevo horario, donde los minutos se convierten en horas y donde no nos atrevemos a perder un solo segundo por miedo a lo desconocido.
Que pasaría si me dejase llevar por la tentación del silencio de aquí abajo?
Voy y vuelvo como quien no tiene un destino cierto, tratando de despejar mi cabeza de todo pensamiento, solo me dejo llevar.
Mi cara se hunde en la claridad del agua mientras mis brazos la corren hacia atrás con suavidad, como si se trataran de momentos pasados, trato de no esforzarme demasiado, mientras mi cabeza se va liberando de todo pensamiento.
Mi cuerpo empieza a sentir el cansancio, y mi corazón late más rápido como si hubiera conocido al amor de mi vida, es ahí cuando siento que no puedo más.
Intento empezar de nuevo, como si ese amor se hubiera marchado con otro, mi cara nuevamente se hunde en esa agua cristalina tratando de limpiar nuevamente mi cabeza de pensamientos que no me llevan a ningún lugar.
Me dirijo hacia el fondo de la pileta tratando de llegar a lo profundo de esta y comenzar así un viaje silencioso hasta que mi aire me lo permita, cuando siento que la ultima burbuja que me queda, sube a la superficie la acompaño al mundo de los ruidos, asomo mi cabeza y me tomo unos minutos para volver a empezar.
Dicen los que saben, que el agua nos limpia de todo mal, quizás por esto trato de pasar el mayor tiempo que puedo junto a ella, espero que esto sea cierto, de lo contrario seré uno más de los que vienen aquí a nadar como autómatas, sin un destino cierto, solo yendo y viniendo tantas veces como el cuerpo aguante.

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Una gran mentira.

Un día más, sin penas ni glorias pero uno más, de esos en que te pones a pensar que será de la vida de....
Donde los recuerdos caen en tu cabeza como gotas de una canilla mal cerrada, golpeándote constantemente en un mismo lugar, ese que tanto te duele.
Que querrían aquellas personas que yo no pude darles?
Buscarían una seguridad que yo no poseo?
Se cansaron de mi inmadurez?
Encontraron una réplica mía hecha en China?
Las gotas caen incansablemente replicándose en preguntas sin respuestas, quizás el tiempo me de alguna, no lo sé.
La vida suele ser bastante extraña, con cambios bruscos.
Las dulces palabras se convierten de repente en amargas ironías casi sin pedir permiso.
Aquellos hermosos ojos verdes se convirtieron de repente en una suma importante de imágenes borrosas que te hacen ver con esfuerzo lo que no querías ver, donde las frases hechas son solo eso, "ojos que no ven, corazón que no siente" dicen por ahí.
Perdiste o perdimos?
Mi sombra me mira incrédula como no entendiendo por qué me es difícil entender a las personas, susurrándome al oído.
Empieza de nuevo, levanta la cabeza, camina sin culpas, sigue soñando...
Esa gota que agota, es consecuencia de haber vivido, no es más que eso, el dolor de lo perdiste quedara guardado ahí, en ese lugar donde descansan los recuerdos buenos, donde las palabras no serán reproches.
Solo se oirán frases de jóvenes enamorados, que hablaran de lo que conocían...

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Un día más.

Estaba pensando que quizás me esconda tras estas pequeñas historias llenando vacíos imposibles de llenar, buscando lugares que ya han desaparecido por culpa del tiempo qué perdí.
Donde están aquellas calles adoquinadas de mi infancia?
Donde fueron a parar aquellos olores de comida de madre?
El sonido inconfundible de aquellos canarios, esos que mi madre se encargaba de tapar por las noches, los mismos que cuando apenas salía el Sol destapaba y empezaban a silbar melodías distintas cada ves que despertaba, aquel pequeño perro cariñoso que esperaba atento hasta que terminara de tomar la leche, para acompañarme hasta la puerta los días de clase.
El mismo que cuando regresaba no dejaba ni que me sacara el guardapolvos para ir a ver aquella serie que nos esperaba, para luego repetirla en aquel patio a cuadros.
El tiempo se vuelve cruel en nuestra memoria, sonidos, voces, olores vuelven a mi como si se tratara de una tortura merecida por no haber sabido aprovechar aquellos momentos vividos.
Pero no conocía la muerte, no sabía de que se trataba, solo la había visto en alguna que otra película de guerra, pero en mi casa no había ninguna, entonces para mi no existía.
Por más que me esforcé nunca logre retener en mi memoria la vos de mi padre o de mis otros seres queridos, a veces suelo imaginar que caminan por alguna que otra calles, hasta podría contar que muchas veces dude y creí volver a verlos.
Aquella señora de pelo corto que paro en aquel semáforo para cruzar, será mi mamá?
Mi paso se acelero para tratar por lo menos de ponerme a la par, mirar casi con miedo a encontrármela verdaderamente ahí parada y no saber que decirle, gire mi cabeza despacio tratando de ser lo más prudente posible, pero todo se diluyó en un simple abrir y cerrar de ojos, no lo era, pero puedo jurar que era igual.
La desilusión me hizo verla alejarse, como si se tratara de una broma de mal gusto.
Donde está la gente que tanto quería?
Me miro, en la mesa del comedor armando este barco y puedo ver a mi padre del otro de ella, con sus anteojos y poniendo cemento marca revell en aquel pequeño plato de café, usando escarbadientes para pegar pequeñas piezas de un avión que no volará y pienso, quizás esté aquí ?
Acaso no era esto lo que le gustaba hacer, hasta podría decir que quizás es justo que no me hable ya que mucho no lo hacíamos, por que iba a cambiar justo ahora.
En fin, la vida es medio complicada para entender, quizás uno solo tiene que vivirla...

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Estabas sentada ahí.

Estabas sentada ahí, esperando quién sabe que cosa, distraída a lo que pasaba a tu alrededor, tu libro te acompañaba como casi siempre.
Tu mirada se perdía en algún horizonte lejano, ya que no te percataste de mi presencia, te miraba de lejos como quien mira algo inalcanzable, observaba tus movimientos hasta casi aprendérmelos de memoria y para colmo no sabía bien el por qué lo hacía.
Aquel caracol que estaba a tu lado también me llamo la atención, cada tanto lo ponías en tu oído.
Me pregunté: oirías el sonido Del Mar dentro como yo lo oigo?
Esa escena se repitió varias veces, como si aquel caracol te estuviese contando algún secreto, pero eso no fue todo...
Al rato volviste a tomar tu libro y seguiste leyendo como si nada de eso tuviera importancia, hasta que de repente tomaste aquel caracol lo acercaste a tu boca y le susurraste algo.
Me fui de ahí, lo más silenciosamente posible tratando de que no te sintieras espiada, no sabia bien si me habías visto o no.
Ahora solo me quedaba el recuerdo de tu imagen y la intriga de aquel secreto guardado en aquel viejo caracol de Mar...

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Consejos rápidos para entrar en un quirófano.

Bueno gente aquí les voy a contar mi secreto para no escaparse de un quirófano por la ventana, primeramente tenemos que aceptar que si estamos ahí, es por qué no nos queda remedio, ese es un punto crucial.
Segundo y también muy importante tener cierto sentido del humor y ser un poco irreverente en nuestro comportamiento.
Cuando uno se dirige a esos lugares tiene que tratar de hacer que se dirigía hacia otro lugar, por consiguiente cuando llega Uno ahí dice: ¿que estoy haciendo acá?
Hoy tenía quirófano, o era mañana?
Bueno ya que vine hasta acá entro y pregunto!
Ahí mismo té confirmaran que era ese el día, pues entonces cómo estás relajado té quedas como si nada, total no te lo esperabas, pues pensabas que era al otro día! (esto es fundamental pues nada te importa)
Siguiente y muy importante saber a qué ibas ese día que tendrías que haber ido por las dudas, eso te lo da alguna que otra experiencia anterior, la mía por ejemplo fue por un examen de colesterol y me diagnosticaron cancer por consiguiente no creas lo que vos pienses mejor cree lo que ellos te dicen y más si sos relativamente delgado!
El cuestionario: vendrá una enfermera muy simpática y te hará cientos de preguntas, tipo usted es alérgico a algo?
Si a la sopa! Es en ese momento donde tienes que utilizar el humor, y más cuando te traen la ropa!
La bata: lo primero que tienes que preguntarle a la inocente enfermera es si el tajo es hacia delante, lo cual la incomodara y tratará de explicarte que tienes que ponértela del revés, eso te causará mucha risa y des contractura cualquier situación posterior, ni hablar de las ridículas botas de tela que te hacen parecer un osito y si a todo eso le agregamos una gorra de casa de pastas, chau cartón lleno, estás preparado para un transplante de corazón sin anestesia!
El pasillo de la indignidad: luego de estar disfrazado de bebote viene otra simpática enfermera de impecable blanco a buscarte, te da un beso de bienvenida como si fueras a casarte y se pasea junto a vos, que vas con el culo al aire, y te pregunta: ¿cómo estás?
Ridículo estoy! Vos como me ves, sólo falta que nos tiren arroz!
De la cirugía prefiero no contarles nada, es parecido a un tenedor libre, lo raro es que vos sos la mesa de lo dulce...
Bueno mejor dejo de escribir, ya que me está sangrando un ojo y tengo miedo de convertirme en virgen!
Ya me veo rodeado de botellas de agua y a ustedes pidiéndome milagros que no podré conceder...

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Una isla

Era un día común, como cualquier día de los de mi vida, nada hacía suponer que a partir de ese momento todo cambiaría para siempre.
Estaba caminando tranquilo acompañado solamente por aquella pequeña rama caída quién sabe de que árbol, me dirigía a una nueva expedición por aquella vieja isla del Tigre, llamada El Laura, solía pasar días en aquel lugar lejos de todo, metido en pequeños laberintos de árboles, mientras los mayores se quedaban en la orilla de aquel inmenso río, pescando inocentes peces que no le hacían mal a nadie.
Yo mientras tanto me internaba en mi propio mundo de aventuras, buscando alguna que otra botella perdida o algún resto de chapita oxidada por el paso de los años, aunque en mis sueños buscaba algún tesoro escondido, enterrado quizás por algún pirata de otra época, el problema era que no tenía mapas ni indicios de donde podría estar, entonces me pasaba horas buscando sin resultado alguno, hasta que un día, algo me sorprendió.
Ahí escondido entre un montón de hojas secas, se encontraba aquel caracol inmenso que parecía llamarme para que lo rescatará.
¿Pero que hacía ahí aquel caracol?
Primero lo toque con aquella rama por miedo a que hubiera alguna araña o alguna gata peluda, aquel gusano ya me había dado varios disgustos y era temido por mi, ya que si volvía a rozarme de nuevo me haría arder más que el mismísimo alcohol echado por mi mamá en alguna de mis tantas raspaduras, yo solía preferir el merthiolate pero no siempre había y menos en aquella isla, entonces aparecía aquel jabón amarillo más grande que un paquete de manteca y zas! Refriegue de la herida, abundante agua y el famoso alcohol, mientras yo no paraba de gritar sóplame, sóplame, sóplame que me quema!
Después de aquellas experiencias me había convertido en un chico cauteloso, recogí aquel caracol, lo limpie con mi remera y lo lleve hacia mi oído y fue ahí donde empezó a cambiar mi vida, aquel ruido de Mar hizo el resto.
¿Pero que hacía aquel caracol de mar en aquella isla rodeada de ríos?
¿Que otro secreto tenía escondido?
Lo deje ahí, cerca de aquel vote abandonado, como quien esconde algo importante, y me volví a aquella vieja casa de madera de patas altas, donde los grandes me esperaban, para decirme come, todavía no probaste bocado, no te moves de ahí hasta que termines de comer algo...

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Tratando de entender.

Entiendo tan poco del amor que cuando lo pienso, creo comprender un poco más a el desamor, lo que nunca pude llegar a entender es el olvido.
Siempre sobrevuelan por mi cabeza personas que han sido parte de mi vida, de cada una de ellas guardo un pedacito de sueño incumplido, como si eso se tratara de una deuda interna que no podré cancelar en esta vida.
Mis pensamientos vienen a mi y sus caras se materializan de repente como si las hubiera llamado en ese preciso instante, haciéndome más placentero ese momento de ensoñacion, recuerdos, anécdotas, besos, invaden mi cabeza haciendo por un instante que se me olvide toda cosa que esté realizando, melodías, palabras, lugares, se instalan en mí de una forma casi anárquica.
Me distraigo con facilidad y mi mente lo aprovecha saliendo de paseo quién sabe a dónde, preguntándose ciento de cosas, recordando miles de lugares.
No recuerdo haberme peleado nunca con un amor, si recuerdo el sabor del desamor, ese alejamiento lento de las personas que quizás se cansaron de mi, los sueños rotos, las promesas incumplidas y después lentamente como se iban diluyendo hasta perderse en el infinito del paso del tiempo.
Extrañar aquellos momentos, reviven en mi quizás esos tiempos tan bonitos. Recordarlos desde el hoy, me hacen ver dónde estoy parado, donde me encuentro.
Quizás este más calmo, o tal ves más viejo, pero estas cosas me hacen sonreír con una ternura que ya casi había olvidado ...

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Figuritas.

Recuerdo bien que estaba cerca de la avenida Juan B Justo y que la cocina era muy distinta a la de mi casa, hasta tenía un especie de incinerador dentro de ella, su color verde agua encajaba correctamente con aquellos muebles de cocina de madera pintados del mismo color.
Llegue con mi hermana mayor a esa casa que resultó ser la de su novio, a quien conocía pero nunca había ido a visitar, me recibieron con un vaso de naranjada y me hicieron saludar a la madre y a una tía, creo.
Me senté en esa cocina y mis ojos revoleaban la mirada tratando de retener aquella imagen, al rato el novio de mi hermana al verme tan quieto ahí sentado me dijo: ven, acompáñame a mi habitación que te voy a mostrar algo, me agarro de la mano y fuimos a ese lugar. Me quede paradito ahí, como me habían enseñado sin saber que hacer, mientras el habría un cajón de su mesita de luz, sacaba una pila de figuritas de cartón agarradas con una gomita y me las regaló, diciéndome no las pierdas, son mías de cuando era chico.
Yo me quede casi petrificado sin saber que hacer y lo único que atine fue a decirle un tibio gracias, recuerdo ni haberles sacado la gomita para mirarlas, las guarde en mi bolsillo del pantalón corto.
Pasado el mediodía después de comer uno ñoquis que no me gustaron, me dijo: Bueno ahora te voy a llevar a la cancha a ver a River, me quedé ahí sin saber que decir ya que era mi primera ves en ir a ver a el club de mis amores.
Nos fuimos tempranito a la cancha de Atlanta pues jugaba la reserva, y ahí mismo me termine de enamorar de mi querido club. Volvimos a mi casa con mi hermana que se había quedado esperándonos en aquella vieja cocina, fue uno de los días que más recuerdo de mi infancia.
Se preguntarán y las figuritas?
Bueno, quizás tendría que contarlo en otro capítulo, pero voy a adelantarles algo.
Cuando saque aquella gomita vieja de aquel pilón de figuritas sobre mi cama, no lo podía creer, todas figuras de soldados de todas las épocas con sus respectivos uniformes y una pequeña reseña de lo que se trataba, pase años mirándolas e influyeron en mi por esa curiosidad hacia la historia.
Hoy ya mucho más grande me encuentro con estas imágenes nuevamente en Facebook y me vino una nostalgia increíble, gracias a quienes subieron estas bonitas estampas, no saben lo que significaron en mi vida.

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Tiempo inadvertido.

El tiempo pasa inadvertido, silencioso filtrándose por cada rincón de nuestro cuerpo, sin que podamos darnos cuenta de cuando fue la última ves que estuvimos a solas con nosotros mismos, pero a solas de verdad.
Conectados con nuestro interior, sin interferencias, haciendo una pequeña retrospectiva de lo que a sido nuestra vida.
Recuerdos, imágenes, sabores, palabras, sonidos, todo está ahí esperando, que solo nos tomemos un simple minuto para hacernos sonreír o llorar, quizás solo por un instante, eso dependerá de la vida que has llevado.
Que a veces no tienes tiempo?
Mentiras!
Lo qué pasa es que no quieres estar a solas con vos, le tienes miedo a tu propia compañía.
Podría contar que mi propia sombra piensa eso de mi, por eso me persigue insistentemente queriendo saberlo todo, por eso solo cuando nos acostamos logramos estar juntos para poder compartir nuestras experiencias, muchas veces la vi caminar por delante con cierta prisa, como un gigante en busca de su destino y otras tantas se a quedado atrás como alejándose de mi vida sin un porqué aparente.
Raro esto de quedarse solo rodeado de gente, será que huyo de las multitudes, será el ruido de la personas cuando hablan todas juntas lo que molesta tanto?
Por lo pronto seguiré acompañado de esta oscuridad que me persigue, muchas veces seré yo quien tenga que detenerme a descansar un rato, pues si fuera por ella, caminaría toda la vida casi hasta la eternidad.

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Que viva el fútbol!

Bueno mis amigos/as lo prometido es deuda, ayer les termine contando que no había tenido últimamente alguna novedad más o menos buena y que por eso no les estaba contando alguna que otra pequeña historia de mi vida, que me tomaría un recreo por lo menos por ese día y me escaparía a jugar un fulbito por la noche, hasta ahí nada anormal.
Habían postergado mi cirugía hasta la próxima semana y eso merecía una pequeña ceremonia. Armé mi bolso como casi siempre mal, ya que siempre me olvido el bóxer, la toalla, las vendas, o hasta el mismísimo pantalón para la vuelta, en fin, se nota que lo mío no es armar vueltas...
Me reencontré con mis amigos y empezamos ese juego tan hermoso llamado fulbito, una pisada, un caño y algún que otro firulete de más, logró que no sé quién me entrara de atrás y golpeara mi espalda contra la alfombra, resultado: muerte súbita, no pude moverme más, me ayudaron a pararme y desde ese momento no pude sentir más ni mi espalda ni mis piernas, por consiguiente termine el partido a duras penas en el arco. Pues ahí empieza la historia repetida, me bañe como pude, me excusé de no ir a cenar y tome un taxi dejando a un amigo cerca de su casa, la taxista: resultó ser una pastora evangelista que me tuvo todo el santo viaje diciendo: si le pides a Dios que ese dolor de espalda sane rápidamente, solo tendrás que congregarte y pedirlo.
Yo lo único que quería pedirle a Dios en ese momento era que no agarrara ningún poso más, ya que estos me estaban matando y que si quería lo charlábamos algún que otro día, pero a solas!
La llegada a mi casa fue más que una odisea, tarde media hora para tratar de moverme diez metros ya que no podía caminar, bah la pierna izquierda no quería, llegue abrí la puerta del departamento y me termine de morir de dolor ya que me había enfriado, resultado: llamada a los médicos de urgencia de una guardia, tiempo estimado unos veinte minutos, la verdad unos monstruos.
Les abrieron la puerta y entraron a mi casa dos personajes salidos de la clínica del humor.
Lo primero que dijeron fue: tiene algo fresco para tomar?
Lo segundo que le anda pasando?
Yo para entonces estaba tirado en la cama en bóxer con el dolor de dos tiros en la médula y sin poder decir otra cosa más qué hay! Y estos sátrapas pedían algo fresco?
- El principal me dice: caíste de espaldas no?
- No, tengo calor respondí! Ja, ja primera risa, como para que entiendan que esto no es joda.
- Que hiciste tiraste una chilena, comenta el otro?
- Si una gorda de noventa kilos por la la ventana, ja ,ja!
- Vamos a tomar la presión?
- Ok, yo ahí pensé: estos tipos viene por mi heladera!
- No está mal, la presión dijo uno.
- Mira lo que está mal ya lo sé, tengo la espalda con un infarto!
- Ja,ja risa del acompañante del medico que no paraba de reírse y tomar Guarana fría, y revolear los ojos hacia mis juguetes. Estan buenos los muñecos!
- Si lo sé, pero por qué no miras a este muñeco que está postrado en la cama.
- Se miraron los dos y empezaron a reír, sos un personaje me dijo uno, el otro pregunta toma alguna medicación?
- Ahí me empezó agarrar la risa a mi, le digo: parece que tienen tiempo: anota, tal para esto, aquello para lo otro, aquel para aquello etc, etc, soy un sobreviviente de un experimento alienigena, están viendo una reencarnación en vivo!
- Uno se sentó al pie de la cama y no paraba de reír, el otro me dijo: bueno té vamos a tener que inyectar este calmante, y toma todos los otros haber como seguís
- En cuanto me harán efecto?
- Treinta, cuarenta minutos, tienes la credencial?
- Por supuesto la uso más que la Sube, yo para OSDE vendría a ser uno de esos pacientes indeseables que no se mueren más!
- Bueno hace reposo, mientras no parábamos de reír y cuídate.
- Pegaron una recorrida por mi casa, como si fuera el museo de la niñez me cobraron trescientos mangos y me dijeron hasta la próxima...
- Manejen despacio, no tomen frío!
Hoy ya menos dolorido después de haber sido violado por la desametazona B12, puedo contarles que iré a que me acupuncturen el cerebro y trataré de no aburrirlos, que viva el fútbol PISCULICHI!! Espero que la próxima pequeña historia cuente algo más interesante...

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Día de miércoles.

Sentado, abrumado quizás por las cosa que tendría que hacer, pienso por donde tendría que arrancar y me decido por escribirlo ya que quizás sea la manera más fácil de eludir las tareas que me esperan.
Una mala noche, repleta de dolores que ni reconozco hacen que no tenga voluntad para casi nada, seria más fácil echarme en la cama o en el sillón del comedor, dejando que pase el día, total mañana quizás sea mejor, pero que pasaría si después se vuelve una costumbre?
Miro de reojo la puerta y siento que me invita a tomar un poco de aire fresco, quizás se acorte la distancia, entre lo que debería hacer y lo que quiero hacer, pero no logró arrancar.
Parece un día difícil y me decidí a cambiarlo aunque no tenga demasiadas ganas de hacerlo.
Empezare por aquella puerta de allá, la pintaré y seguiré por las otras, quizás a fin de cuentas verlas prolijas como quiero verlas me den ganas de abrirlas e irme a caminar un rato, pero seguramente terminaré aquí recostado mirando el techo o tal ves aparezca por arte de magia esa famosa voluntad que hoy no vino a visitarme.

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Pacientemente.

Quizás podría estar preguntándome si siento miedo, pero no lo pienso, estoy demasiado cansado para estar quejándome de lo que me toca en suerte.
Compartir momentos con gente de guardapolvo blanco se volvió casi una costumbre, me reúno con ellos bastante seguido, voy casi como un autómata tratando de resolver los problema lo más pronto posible, así de esa manera evitó tener que estar pendiente de cada una de sus explicaciones complicadas, en ese idioma tan particular y difícil de entender para una persona común, como creo serlo.
La palabra PACIENTE no parece estar muy ligada a mi vida, por el contrario, ya que siento que soy demasiado impaciente.
Mañana otra ves tendré que hacerme una sangría, medio litro más de mi vida se irá en un simple sachet de Plastico y el lunes quitaran de mi cara, mi marca de nacimiento, como si solo se tratara de un simple trámite.
- Vente el lunes por cirugía y en un rato lo resolveremos, total los estudios ya los tienes, no te olvides el electro...
Así de fácil, total el tipo no se queja...
Tanto cuesta vivir?
Este es el famoso costo de vida?
Existe el riesgo persona?
En fin, pensar que nos la pasamos quejando y no resolvemos nunca nada...
Muchachos les cuento que no les será fácil librarse de mi, soy un tipo bastante obstinado, tengo demasiados sueños por cumplir, déjenme un tiempito libre para mi, sin tener que estar pensando todo el tiempo en volver a visitarlos en brevedad.
Para colmo un Lunes?
Un LUNES!!
Y el fulbito?

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Estaba pensando.

Hace rato que no escribo algo, no es que me olvide o algo parecido, más bien se trata de ordenar ideas, cuidarme un poco, asumir que ya casi no soy un niño etc, etc, pero bueno aquí estoy, en este bendito teclado que ahora ya me es más familiar que la mismísima familia, pues me corrige horrores que la mía nunca pudo.
Voy a empezar contando que estoy tratando de dejar la Coca Cola a pesar de que mi heladera está repleta de botellas de esta, lo cual hace mucho más fuerte mi fuerza de voluntad, ya ando por los cinco días y empecé a sentir ese gusto amargo de la agua tónica, que a mi entender debe ser lo más parecido al sabor de una hincha de Boca por la mañana, sin querer de esta manera herir alguna susceptibilidad o algo que se le parezca, saben que yo sería in capaz!
Me atreví a empezar yoga y hasta me apunte en una clase de eutonia que para mi, era más o menos cómo hacer un curso de cocina, ja,ja, lo raro de esto es que no me disgustó, señal rara pensé: me estaré muriendo o faltara poco?
Ustedes dirán que exagerado, este tipo!
El que me conoce bien me pregunta: te pasa algo?, estas raro...
Ahora yo digo: que tengo que hacer para sentirme más o menos bien, ya me tire de tres mil metros de altura y nada, me sumergí en el agua lo más que puede resistir un tipo común y nada, juego al futbol la mayor cantidad de tiempo posible y nada, me vacían de sangre cada dos por tres y nada, alguien puede decirme que tiene que hacer uno para dejar de escuchar y leer boludeces!!
Entiendo que muchos viajarán al Tíbet o a la India para encontrarse a sí mismo, pero mi cabeza me dice: Claudito por la misma guita te vas a Puerto Banus a París a la mismísima isla de Lesbos!
Y ahí mismo me doy cuenta que no tengo arreglo, mi espiritualidad anda paseando por otros lugares, señal inequívoca de que mi problema no pasa por la Coca Cola, igual seguiremos haciendo el esfuerzo, en fin...

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Para que?

La verdad muchas veces me hago esta pregunta y trato por todos los medios de encontrar una repuesta más o menos positiva a este dilema.
Soy de esas personas que vive soñando que todo está por hacerse, solo es cuestión de intentarlo.
La realidad es que cada cosa que emprendo le pongo lo mejor de mi, podrá gustar o no, pero estoy seguro que alguien algún día lo verá y valorará el tiempo invertido en ello.
Este relato no trata de ser una queja, más bien es una descarga a muchas preguntas que me hago diariamente, el "PARA QUE", es una de las tantas.
Quizás a algunos estas cosa no les interesen, pues tienen claro por qué las hacen o mejor dicho para quienes las hacen, yo a esta altura de mi vida, no lo sé.
Nunca busqué ni busco un rédito económico en lo que inicio, si eso se da, bienvenido sea, si por una de esas casualidades no lo tiene, a empezar de nuevo.
Para mi lo importante es expresarme de la manera que me salga, algunas veces es a través de una gambeta jugando con amigos al fútbol, otras en soledad en forma de pequeñas historias como suelo llamarlas, algunas serán verdad otras también pero disfrazadas quién sabe por qué, recuerdos escondidos saldrán a la luz y se transformaran en pequeñas animaciones, pues no me alcanza sólo con escribirlas, necesito volver a verlas, a sentirlas, a oírlas.
Otras quizás en algún tiempo tomen forma de personajes pequeños en alguna obra de teatro sin ninguna pretensión extra más que contar lo que me pase en ese momento quizás.
Podría tratarse también de decenas de otras cosas, llámense fabricar remeras, vestidos, tazas, juguetes o lo que se me ocurra hacer en el hoy, son tantas cosas que sería inútil describirlas.
Pocas personas entienden mi comportamiento, pues suelo ser bastante inestable.
Pero mi pregunta sigue latente, para que?
Lo más cercano que llegué a esta respuesta fue: quizás lo haces para que alguien te recuerde, solo por eso?
No está mal me digo...
Mucha gente pasa por este mundo solo quejándose por lo que no pudo hacer, yo en cambio seguiré intentándolo a pesar de todo.

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Ojos que hablan.

Quizás te cueste caminar todavía, gateas a una velocidad digna de un ratoncito que se a robado algo y no se hace cargo del delito cometido, se te nota feliz, con esa inocencia que tienen solo los que realmente no conocen casi nada fuera de tu mundo.
La luz que ilumina tu cara y esa sonrisa tan particular hace que por un instante me olvide de todo, sos un pequeño vikingo inquieto de ojos azules, capaz de conquistar el corazón más duro que pueda existir en esta tierra, hace mucho tiempo que no sentía esa sensación, siento en el fondo que podrías sacarme hasta lo que no tengo.
No será fácil nuestra relación pues me gustan los juguetes tanto como a vos, la diferencia está que yo tengo que comprarlos y vos solo pensaras en recibirlos, eso desde ya es un problema que tendremos que hablar más adelante.
Quizás sea mi edad, o que me falte esa pureza que solo tienen los inocentes como vos, pero siento que tienes esa mirada pícara del extorsionador artístico, ese que llora sin lágrimas, cuando desea obtener lo que quiere.
Ya supiste del engaño de la transparencia del agua, esa que parecía la de siempre y termino siendo amarga como la vida misma, fue lo primero que te pude enseñar, muchas cosas parecen iguales, pero en el fondo son muy distintas, recordarlo siempre.
Y por último, por tu culpa hoy no siento la columna, mejor que empieces a hacer la tarea que hacen los chicos de tu edad, por ejemplo caminar y que ni se te ocurra empezar a hablar sin parar, mantente en silencio es un consejo que te doy, de lo contrario dejaremos de ser amigos.

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Día complicado.

Quizás lo que cuente hoy parezca una tontería, pero en ciertos momentos hacen que las cosas que pasan por tu vida, tomen una relevancia importante, ayer mismo les contaba que había tenido un día diríamos regular, para no exagerar y que me lo tomaría libre haciendo lo que tanto me gusta.
Volví a mi casa, me vende los tobillos, me cambie y me fui a las 20hrs como había escuchado que era el horario para jugar al fútbol.
Después de pasada una hora de espera, reconozco a uno de los muchachos de la farmacia, me mira y dice: que escuchaste? Jugamos a las nueve!
No pasa nada dije, mientras pensaba que últimamente tengo menos memoria que una mosca, cuando miro al rededor veo un promedio de edad de entre veinte a treinta años como mucho y me dije: Claudito hoy tendrás un día muy difícil ya que estos pibes seguro corren como conejos. Mi conocido el farmacéutico me dice: acomódate como vos quieras, a lo que respondí a lo que pueda riéndome a carcajadas, al principio costo acomodarme a gente que no conocía y como siempre empecé a mirar a mis compañeros con cierta mirada asesina, ya que no paraban de correr sin sentido alguno, fue entonces que decidí retrasarme un poco y empezar a agarrar la pelotita y pegar algunos gritos, ya que estos muchachos corrían y chocaban incansablemente contra la defensa de los contrarios, que digamos eran mucho más inteligentes que los que me habían tocado en suerte.
En un momento del partido le digo a un colombiano que tenía de compañero, vos reconoces los colores?
Me dice si, inocentemente, bueno entonces empieza a mirar a
los de amarillo, creo que todos juegan juntos, se rió de mala gana y ahí entendí que no le daba para más.
Después de estar cuatro goles abajo y rezongando a más no poder, le digo a mi amigo quédate vos abajo que yo agarro el medio. No podría contarles lo que me hicieron correr estos muchachos, que a esta altura y por el color llegue a sospechar que eran Chinos.
El partido se fue emparejando ya que empezamos a controlar la pelota y el juego fue fluyendo, el partido lo perdiéramos por dos goles y fue por distracciones, ya que tranquilamente podríamos a verlo ganado.
Lo bueno de todo esto es que se acercó el nueve de ellos y me pregunto: cuantos años tiene?
- Conteste cincuenta y siete.
- Ojalá llegue a su edad cómo está usted.
- Ja, ja me reí, mientras le decía, es una falta de respeto que no me tutees y ojalá que no, te conviene. Luego nos despedimos, tomé un taxi casi sin poderme sentar, hasta llegar a mi casa. Me pegue una ducha, me pese y había perdido casi tres kilos, tomé los remedios y me dije: a fin de cuentas el día no fue tan malo, solo era una cuestión de tratar de superarlo y lo había logrado.

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Tomarme el día.

Estoy mirando el hermoso día que hace desde una puerta vidriada y pienso que quizás me merezco tomarme el día, tratar de no pensar en nada, dejar que las cosas sigan ocurriendo como tengan que ocurrir.
Podría contar que hoy tengo uno de esos días medió complicados, donde la visita a mi amigos de guardapolvo blanco, no fue lo que esperaba, siempre tienen alguna sorpresa para darme que te deja con ese sabor agridulce en el estomago de la incertidumbre.
Dentro de un rato volveré a visitar a otro amigo simpatizante del mismo club, ese que tiene los mismos colores de aquellos que me torturaba de chico por no prestar atención en clase, esos mismos que me mandaba fuera del aula por alguna travesura a destiempo. Pacieran pertenecer a la misma Logia, unos trataban de educarme y otros ahora tratan de corregirme de grande, pero dentro mío el resultado es el mismo.
Sigo esperando en pasillos grises, como si se tratase de una penitencia eterna, la única diferencia qué hay, es que quizás hoy pueda sentarme, tendré que esperar, mirando cuadros de dudosos pintores, hojeando revistas viejas que nadie lee, esas que la gente hojea sin mirar, pensando a quién podría interesarle esa nota, cuando tu cabeza está en otro lado, pensando quizás: y ahora que me dirán?
Sí...
Me tomaré el día.
Enójese quien se enoje, me iré a jugar un fulbito, esta ves con la gente de la farmacia, como leerán tengo contactos influyentes en todos los sitios de mi ciudad, policías, porteros, bancarios, vagos que ni conozco son una oferta irresistible para mis pobres piernas, total más cuidado que con estos muchachos no estaré en ningún lado.
Me río cuando ellos me dicen: vos si que no tenes remedio!
Siempre los jodo diciendo, dame medicamentos frescos esos que hacen bien, no me des esos maduros que solo sirven para salsa, como si se tratara de una verdulería, se ríen diciéndome: si estás buscando un milagro, estás en el lugar equivocado, esto no es una iglesia!
Nos reímos, sin que la gente de alrededor entienda mucho de que se trata, más cuando les digo: ahora agarro una jarra, la lleno de alcohol y me los tomo todos juntos, ya van a ver!
Si estoy preocupado...
No lo sé, a esta altura solo pienso en ver cómo me ira hoy en el fútbol, después veremos cómo sigue esta novela...

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Hace frío estando sola. (Lucia anduvo merodeando)

Me gustaba estrenar zapatos, me sentía más alta, aunque eran bajitos, decían que todavía no podía usar esos que tienen un taquito finito atrás, eran para grandes. Igual estoy contenta, me gusta que tengan un botoncito y una tira al frente, camino arrastrando los pies y parece que estuviese patinando, sobre todo si el piso es liso, o está mojado.
Salía siempre de la mano y me decían: tienes que cuidarlos.
Les decía que si, bajando la cabeza.
Pero como se cuidaba un zapato? si no comían, no hablaban, no hacían nada, solamente se movían cuando me los ponía.
A veces no entendía lo que decían los grandes? usaban palabras raras para ciertas cosas.
¿Cuidar un zapato?
Recuerdo llegar a casa y escuchar este diálogo: sacátelos y guárdalos en la caja.
- Cual esa que tiene dibujitos lindos y un fino papel blanco que no sé para que es?
- Si!
Entonces los ponía dentro y los tapaba con aquel papel, eso debería ser cuidar de los zapatos.
Será porque tienen frío cuando están solos?
Recuerdo haber mirado debajo de mi cama y descubrir a mis otros zapatos, los de siempre. Parecían que me espiaban desde abajo de ella, mirando mis movimientos, como si se trataran de extraños.
Trate de agarrarlos pero me costó bastante, parecía que cada vez que estiraba el brazo, ellos se corrían un poco hacia atrás como dando pasitos solos, tratando de esconderse como si no me conocieran.
Después de unos segundos logré atraparlos, los miré y acariciándolos logré ponérmelos. En ese instante supe que serían mucho más cómodos que ponerse aquellos nuevos, estos no me hacían doler en nada, eran más suaves, pero no sé por qué motivo andaban mas despacio, caminaban como lo hacía mi abuela.
Recuerdo haber corrido e ir hacia el triciclo subir mi pie al pedal y mirarlos de mas cerca, mientras pensaba: Pobres estos ya no tienen ni una caja, entonces empecé a buscar desesperadamente una y un poco de papel, quizás de esa manera estos no tendría frío cuando se quedaran solos.
Quizás fue por eso, que aquella imagen de aquel hombre que dormía solo en el umbral de la otra cuadra, me había impactado tanto?
Habrá perdido a su par? parecía tener frío, quizás por eso también dormía en una caja y se tapaba con aquel papel.
Será que cuando se quedo solo, la gente lo dejo de lado?
No hay un solo día, que no piense en la soledad de la vejez, acepto lo nuevo, de echo me parece lindo estrenar cosas, pero me sigo sintiendo más cómoda con lo lo viejo, será por cierta melancolía quizás ...

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Un día más.

Estoy aquí, sentado al borde de mi cama, tratando de organizar un día que de por sí será rutinario, otro día en que muchos proyectos se irán diluyendo tras el correr de las horas sin saber bien el por qué.
Suelo ser bastante anárquico con respecto a mis ideas, por consiguiente se me complica casi todo, pues quiero hacer todo junto, aún a sabiendas de que esto es imposible.
Las ideas recorren mi cabeza a una velocidad que mis manos no tienen, entonces escribir alguna historia pequeña, organizar una nueva animación que tenga que ver con esa idea, resulta complicado, más si estoy pensando en otra cosa, como estampar una línea de tazas con esas y otras imágenes y si a eso le sumamos que quiero aprender el manejo de un plotter de corte que no tengo ni la menor idea de cómo funciona y ni siquiera tengo la paciencia para leer un pequeño manual de este, cartón lleno. Ya que al parecer me parece mucho más importante leer aquel libro apoyado en mi biblioteca sin terminar de leer, que seguramente seguirá esperando su turno ya que nunca leo los finales. Agreguémosle a esto que tengo ganas de ponerme a pintar miniaturas pues siento que el tiempo se me va demasiado rápido, o armar aquel pequeño barco a escala que me compre para mi cumpleaños y no ponerme a pintar este techo del baño mas la cocina, ya que me aburrió el color, uff...
Si a eso le agrego, que hoy tuve fiaca de ir a natación pues me dolía todo y decidí tomarme el día, ya que dentro de un rato tengo que cambiarme para ir a jugar un fulbito con mis amigos.
Me dan ganas o de suicidarme o tratar de organizarme, cosa muy improbable ambas, pues no sé cual realizar primero, ya que tengo que estampar unas remeras...

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Despertarse.

Hacía un buen rato que Lucia no preguntaba algo, me era extraño, pero suele suceder que aparezca en el momento que menos lo espero y eso fue lo qué sucedió.
Estaba cansado, después de haber jugado al fútbol y no me costó mucho dormirme a pesar de que me dolía todo el cuerpo.
De repente sentí la sensación de que alguien estaba tirando de las sabanas y desperté con la sorpresa de que estaba paradita ahí, esperando como quien necesita saber algo urgente.
Me levanté de la cama y me dirigí al baño, pues no sabía bien si estaba dormido o despierto, el agua de la canilla en mi cara resolvió mi problema, cuando termine de secarme sentí esa mirada inconfundible que tiene mi angel.
- Hola Lucia, te estuve extrañando.
- No se?
- Por qué dices eso?
- Quizás porqué ya no juegas tanto conmigo y sigues durmiendo con mi Valentina.
- Estas celosa?
- Si!
- Y si te digo que no puedo vivir sin vos, que dormir con Valentina es como si estuviera durmiendo contigo? Que te gustaría saber, que estás tan ansiosa?
- Cuando no estés más, puedo ir con vos?
- Claro mi amor, conmigo y Valentina. Me abrazó y desapareció tan rápido que no pude darle ni un beso, me dirigí a la heladera y me serví un vaso de agua tónica, luego me acosté y me quedé pensando en aquellas preguntas, hasta que el sueño invadió mi cama...

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Buen día.

Buen día doctor cómo está usted, bien me respondió, esa fue mi forma de romper el hielo, acá le traigo los análisis que me pidió. ( acá cabe aclarar, que cuando le pregunto cómo está y me responde bien, yo espero la misma respuesta para irme enseguida, pero eso nunca sucede, será que no entiende mis códigos? ) Ha, muy bien...
Luego de pasar todas las hojas con la mirada, unas cuantas me dice: Bueno querido sigue más o menos parecido, tendrá que ir a la hematóloga y hacerse otra sangría, seguramente te dirá que tienes que tomar ácido fólico. ( yo para ese entonces empecé a pensar, bueno lo que me faltaba estoy embarazado! )
Doctor le puedo hacer una pregunta?
Diga me dijo secamente.
Bueno lo qué pasa es que me siento medio hinchado ( ahí omití lo que todos piensan y no dicen ) podría bajar las dosis de algún medicamento, pues estoy demasiado tenso?
El no fue terminante.
Me digo: ya que estoy acá, le comentó el dolor de esa especie de lunar que me duele debajo del brazo, no?
Para queeeeeee!
Bueno mi amigo, después de revisarme exhaustivamente me dice, crúcese en frente a la otra clínica y saque turno con este cirujano y de paso que le revise el que tiene en la cara, pues ese también habrá que sacarlo.
Alguien me puede decir para que hablo?
Conclusión, me da la mano y me dice: que tengas buen día!
Salgo derrotado, acomodando papeles y me cruzo con el Nefrologo que me saluda diciendo: usted tiene que venir a verme no?. ( yo pensé: será el cumpleaños y me estará invitando.)
No fue así como lo había pensado, tuve que sacar otro turno con mi mejor cara de PACIENTE!
Salí de ahí casi espantado pensando: que será buen día para estos tipos?
La próxima ves digo holaaaa.

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Caminando

Recuerdo bien aquel día como si fuera hoy, habíamos salido a caminar con rumbo incierto, alejándonos de aquellos lugares habituales, sin ningún plan previo, solo haciéndolo.
Reíamos con esa inocencia del que nada busca, y nos deteníamos en cada esquina, la excusa de los semáforo era perfecta para robarnos algún que otro beso.
Habíamos caminado suficiente para no saber siquiera dónde estábamos, aquel diluvio repentino nos sorprendió desprevenidos, pero no nos detuvo en aquel viaje hacia ningún lugar.
Y ahora que hacemos dijiste?
Mientras apretabas tu pelo tratando de escurrir aquella agua de lluvia.
- No podemos volver así, cuando lleguemos a casa se van a enojar.
Aquellas ropas empapadas eran testigo de aquel diálogo inocente. Sabíamos bien que lo que acabábamos de hacer tendría sus consecuencias, pero en el fondo no nos importaba.
Temblábamos de frío bajo aquel techo desconocido y solo nuestros besos y risas detenían de a ratos aquella furiosa tormenta repentina.
En aquellos momentos mágicos, nos olvidábamos de todo haciendo que el tiempo solo fuera cómplice de nuestras desventuras.
Pero teníamos que regresar...
Había que cumplir con aquel maldito mandato del horario.
Pero cómo hacerlo si estábamos completamente empapados?
Sin saber que hacer recorrí con la mirada alguna solución mágica y el destino me regaló aquella única oportunidad.
Justo delante de mis ojos, ahí en esa vereda de enfrente, donde se encontraba aquel edificio gigante llamado aduana, estaba nuestra salvación.
Te tome de la mano y cruzamos la calle corriendo sin que aquellos semáforos pudieran evitarlo, no fue necesario recurrir al engaño de algún besos robados antes de cruzar alguna que otra calle, solo lo hicimos, sin pensar demasiado. Me miraste sin entender bien que es lo que estábamos haciendo, pero corriste a la par mía, empapada y riendo.
Cuando lo logramos, solo atine a tomarte de los hombros para decirte: parémonos aquí. Aquel calor que brotaba de aquellas rejillas hizo el resto, nos quedamos parados ahí, hasta estar completamente secos, hasta de los mismísimos besos, casi como si nada hubiera ocurrido.
Después de un largo rato retomamos aquel camino de vuelta a tu casa, que casi siempre se hacía más largo, de la misma manera que habíamos llegado hasta ahí.
No recuerdo bien si llegamos en aquel horario indicado, lo que si recuerdo es que no nos resfriamos y que nadie se enteró de nuestra desventura.
Desde aquel día supe que los paraguas no iban a tener mucho que ver con mi vida y que cada tanto me gusta pararme en alguna que otra rejilla. Esas que casi todas las mujeres evitan, quizás por vértigo, o por simple precaución a que se les rompa algún que otro taco de un zapato distraído, o simplemente sea aquel famoso miedo a que se vuele de repente alguna pollera sin previo aviso alguno, haciendo de esto, un espectáculo de malabares de manos para detener aquel aire cálido, escondido quién sabe por quién en aquellas rejillas olvidadas.

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Silencios guardados.

Tantas veces nos miramos sin decirnos nada, sólo observándonos como quien mira algo inalcanzable, pero que está ahí, tangible, palpable, con ese aroma de pasado, con ese gusto de nostalgia.
Nuestro silencio habla quizás más que la mismísima palabra, la oscuridad lo atestigua, haciéndonos creer que estamos más cerca de lo que realmente podemos estar.
Hasta donde uno puede adentrarse en el espeso silencio de la oscuridad?
Que guardan esos silencios guardados?
Lo espeso de la noche hace que nuestros cuerpos se revuelquen imaginariamente en luchas interminables, como si se tratasen de mares revueltos. El dulce sabor de tu cansancio, hace presagiar el fin de aquella pequeña tempestad.
Tu cuerpo reposa frágil, como una pequeña ola que se deslizó a su destino, dejando una estela húmeda en aquella sábana blanca iluminada solo por aquella luna y retenida por mis ojos.
Dicen que el silencio no habla, yo podría contarles que si lo hace, solo hay que observarlo detenidamente, el hará el resto...

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Incomodidad.

Fue quizás un día distinto a otros tantos, la incomodidad se había adueñado de mi, sentía las miradas disimuladas de mis amigas y no podía hacer nada al respecto, me sentí pequeño, casi invisible a mis propios ojos, las palabras eran simples formas de disimular aquel momento, la distancia era un océano que no me animaba cruzar nadando, aunque en el fondo, estaba casi seguro de encontrar de quién agarrarme.
El naufragio de ese día fue tan incomodo que no supe cómo salvarme y termine hundiéndome en mi propio mar.
Un mar repleto de dudas, de recuerdos olvidados, de aguas cálidas, esas que dejarías que te arrastren hasta alguna playa olvidada, pero...
De que sirve recordar si el otro quizás lo a olvidado.
Tan rápido se borran los recuerdos?
Porqué yo no puedo olvidar nada?
Seré mi propio coleccionista de naufragios?
Quizás viva toda mi vida a la deriva de mis propias aguas, no lo sé, por lo pronto seguiré tratando de mantenerme a flote.

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Una playa perdida.

Y un día me encontré solo en una playa de Necochea, la compañía más cercana era mi fracaso, las playas inmensas y semi desiertas me hacían ver mis sueños otra ves desechos por la triste realidad. El ruido que tenía aquel lugar, había dejado de existir, solo quedaban mis regresos de aquellas playas solitarias, de carpas blancas vacías, con aquellas lonas azules enrolladas prolijamente, que me daban esa sensación de abandono tan presente en mi vida.
Todo aquello me hacía reflexionar sobre que era lo que realmente necesitaba encontrar.
Las caminatas solitarias, hacían el resto, me guiaban casi mágicamente a aquella casa solitaria.
Aquel paisaje tan particular de calle de tierra y arena tan característico de ese lugar hacían los atardeceres eternos.
Los días pasaban tan lentamente que ni me daba cuenta de que era lo que estaba haciendo ahí.
Aquella imagen de esos chicos en guardapolvo blanco dirigiéndose hacia la escuela, me alertaron que ya era el tiempo de volver.
Pero como hacer para reconstruir un fracaso?
Todo pasó casi por casualidad, aquella tarde volvía de mi rutina diaria de leer en aquella playa semi desierta y meterme en aquel mar helado casi como un ejercicio para quitarme algún que otro recuerdo, secarme un poco al sol y pegar la vuelta.
Fue en ese regreso que cruce aquella plaza donde un retablo medio destartalado se disponía a ofrecer una pequeña obra de títeres, un pequeño número de chicos esperaban sentados en el piso, el inicio de aquel espectáculo. La mirada expectante de aquellos chicos de muy corta edad, esperando callados el comienzo, despertó mi curiosidad.
La falta de los padres que revoloteaban por aquella feria artesanal semi desierta, me animaron a mezclarme junto a aquellos enanos como uno más, primero me miraron con esa desconfianza habitual que tienen los chicos de esa edad, pero luego de convidar aquel pochoclo de color rosa ya era uno más.
Sin querer había captado la atención de todos ellos, fue entonces que tube que decirles que prestáramos atención a aquella obra. Lo que siguió después muy bien no puedo explicarlo, aquellos ojos inocentes mirando tan atentamente aquellos viejos títeres me hicieron descargar aquella angustia acumulada, la mano de aquel pequeño enano limpiándome aquella lagrima hizo el resto.
Al final de aquella inocente obra, deje plata en aquel viejo sombrero, salude a mis nuevos amigos y entendí que tenía que hacer de mi vida.
Volví a Buenos Aires con la certeza de repetir aquella experiencia pero ahora quería estar escondido a la sombra de las miradas de los grandes y volver a descubrir las miradas de aquellos ojos inocentes, que tan solo con un poco de pochoclo habían entendido mi búsqueda.
Continuará...

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Navegando entre un mar de libros.

Estaba tumbado en la cama, aburrido sin más nada que hacer que mirar aquellas partículas de polvo que flotaban en mi ventana aquel día frío, irremediablemente me trasladó a aquel bosque repleto de pinos, donde aquellos rayos de sol se filtraban apenas por entre sus hojas y me mostraban un camino repleto de piñas y senderos que no iban a ningún lugar.
Mi melancolía me invadió de repente trayendo a mi memoria aquel paseo sin rumbo, pero con aquella certeza de tu presencia ahí, tan presente como aquellos árboles, pero tan ausente como la mismísima soledad.
No puedo olvidar aquel camino solitario, lo recuerdo casi tanto como las caricias de mi niñez, esas que no se olvidan, las que se guardan para siempre, las de aquellas manos arrugadas que solían consolarme en los momentos oportunos.
Ahora solo me consuelan estos libros silenciosos desparramados sobre mi cama, navego entre ellos sin encontrar una historia que me atrape para alejarme de mi mismo, pero no lo logro. Estas aquí entre las sombras de tantas historias leídas, espiándome como quien busca respuestas a mis mentiras, el castigo es tan grande que sólo lo puedo aplacar durmiéndome y esperar a soñarte. Quizás cuando me despierte recuerde aquella sonrisa tan particular, esa que me regalabas de ves en cuando, en aquel bosque donde el sol descansaba en aquellos días de verano.
Desperté y el frío de estas historias desparramadas son testigos de este silencio que no siempre dice la verdad, a veces quiero que nunca se termine la noche, poder soñar que me fui contigo a la Luna y que no exista la palabra nunca.
Siempre quiero que todo sea diferente, que el invierno se convierta en diciembre, zambullirme en el cielo, ahogarme en el aire.
Todo se vuelve preguntas.
Quisiera pedirte regalos anticipadamente, como aquel beso
guardado de despedida en aquel tren que hoy vuelve a mi memoria como si se tratara de una novela romántica leída ayer.

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Sombras.

Acurrucado entre un acolchado que pesa cien kilos de nostalgia, no hago otra cosa que imaginar cientos de cosas que pasan por mi cabeza, la necesidad de abrir mis ojos para saber si son realidad hacen el resto. Cuando por fin logro despejarme de todo ese peso acumulado siento por fin el alivio de una noche que resultó demasiada incomoda. No hay nada peor que no poder descansar la cabeza por un instante, no existe pastilla para el olvido cuando uno está dispuesto a recordar.
Cual será el mecanismo que nos lleva irremediablemente a pensar en otros tiempos.
Será la nostalgia?
Quizás de ahí venga nuestra necesidad de acurrucarnos en nuestra mismísima cama, buscando una protección que ya no encontramos.
Quizás en aquellos años en que nos sentíamos desprotegidos corríamos desesperadamente a meternos en aquella vieja cama de hierro que tenía aquel elástico hecho de tiras de metal, sostenido por unos pequeños ganchos con resortes en las puntas que se enganchaban en aquellos costados de mi querida cama, aquellos que sostenían aquel pesado colchón de brocato azul de raso con dibujos búlgaros y botones por todos lados, ese que acariciándolo con el revés de mis uñas me hacían dormir instantáneamente.
En aquellos tiempos todos mis problemas desaparecían tapándome la cabeza con aquella frazada a cuadros de color marrón, cuando me metía debajo de ella todo se volvía calma, ahí soñaba y leía con aquella pequeña linterna de plástico.
En cambio otras tantas veces tuve que recurrir a estar debajo de aquella cama, acurrucándome de mis propios miedos, esperando palizas que tardaban en llegar, esperando el alivio, en forma de abuela y otras tantas veces en forma de perro cariñoso que hacía guardia sin saber a qué peligro nos enfrentábamos.
Hoy todo eso ya no está, los peligros se fueron acrecentando de tal manera que no se solucionan acurrucándose debajo de algún acolchado y ni soñar en esperarlos debajo de alguna cama, sería motivo suficiente para alguna internación espontánea por motivos obvios.
Solo me queda afrontarlos de pie, soñando en que mañana seguramente saldrá el sol y que no hay nada más lindo que poder escribir alguna que otra pequeña historia, aunque los miedos sigan ahí, escondidos detrás de algunas sombras desconocidas por mi.

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Dormir...

Hoy necesito develar el misterio de las cintas de raso. Como todos ya sabrán soy una persona medio rara, al menos eso es lo que siempre me dijeron, pues entonces quizás sea cierto.
Un ejemplo es el asunto raro de la cinta.
Quizás habrán leído que cuando yo era mucho más chico que ahora, solía dormirme con una almohada de brocato de seda azul con motivos búlgaros, que iba protegida con una funda casi siempre blanca o celeste almidonada, que hacían de la cama una especie de témpano en aquellos inviernos fríos.
Solo se aplacaban con aquella bolsa de agua caliente que mi ángel de la guarda ponía debajo de aquella primera sabana, para que yo no me quemara los pies.
Aquella vieja almohada tenía en mi, la función de una especie de placebo o algo parecido, pues cuando yo apoyaba el canto de mi uña en aquella tela sedosa indefectiblemente me quedaba dormido.
El tiempo fue pasando y mi famosa almohada desaprecio sin ningún motivo aparente, entonces quede a la deriva del mal dormir, que solo era subsanado con el festón de aquellas sabanas que tenían una especie de hilo sedoso o aquel borde de aquella frazada a cuadros, que estaba bordeada en el frente con una especie de cinta rasada, hasta ahí todo más o menos normal.
Pero...
El tiempo fue pasando y también me abandonó aquella sabana almidonada junto con aquella frazada.
Como iba yo a recuperar mi dormir?
La solución la encontré en un viejo costurero, donde mi madre guardaba cualquier cosa que sirviera para remendar algo, botones, hilos de colores, cueritos para los codos y rodillas y alguna que otra buena tijera, que ni se te pasará por la cabeza agarrar para cortar un simple papel, por que zas!
la ligabas ya que te decían que se desafilaba...
Dentro de todo ese barullo logre encontrar una simple cinta de raso, que seguramente sería para algún vestido de mi hermana o quizás para usarla de vincha, cuando tendría que salir a dar alguna que otra vuelta, lo qué pasó después, es que la robé.
Aquella noche volví a dormir como siempre, aferrado esa ves a aquella cinta que frotaba con mis uñas hasta desmayarme de sueño.
El tiempo fue pasando, fui creciendo ( al menos eso creo ) y ese secreto siguió guardado casi hasta la mismísima adolescencia, mi problema era ahora, la vergüenza.
Ya sabía yo que no podía contarle a alguna novia aquel secreto, que pensarían de mi?
Bueno: aquí tendré que hacer un paréntesis para contarles que yo en mis sitas amorosa escondía aquella cinta en mi bolsillo y que cuando estaba por declararme quizás a alguna chica, disimuladamente frotaba aquella cinta guardada en mi pantalón, pues eso me daba cierta tranquilidad.
Al cabo de un tiempo y casi por casualidad me encontré por primera ves desnudo junto a una chica y lo primero que vino a mi mente recuerdo que fue esto: "como voy a hacer para estar en una cama sin mi cinta"
Lo gracioso de todo esto, fue que después de aquellos besos apasionados y demás detalles que no pienso contar, descubrí mi primer cuello de mujer semi desnudo, recorrí con la mirada aquella bella espalda sin poder creer lo que veía, hasta que vi aquel bretel de seda azul tipo jeans de aquel corpiño nuevo, con pespuntes amarillos, después de acariciarlo con el revés de mi uña, supe al instante que había resuelto el problema casi sin darme cuenta.
El tiempo siguió pasando, igual que mis conquistas.
Mucho después me case y aparecieron algunas que otra sobrinas que hoy ya no veo por esas cosas de las separaciones, me las traían para hacerlas dormir como si yo fuera un mano Santa y que gracias a aquel viejo truco de la cinta lograba casi al instante.
La vida siguió pasando igual que las personas y si alguno me
llegarán a preguntar si hoy todavía necesito alguna cinta para dormir les puedo decir con seguridad que no.
Pero desde que tengo memoria tengo una siempre conmigo, por las dudas, uno nunca sabe en qué momento volverá el sueño...

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Mi primera ves de verdad.

Seguramente todos recordamos cómo fue nuestra primera ves, muchas veces mentimos o exageramos lo sucedido, pero pocas veces decimos la verdad, al menos eso creo.
Yo contaré la mía, estaba muy enamorado de alguien y creo que los acontecimientos se fueron dando de una manera casi natural, el solo mirarnos decía más que todo el resto y como cualquier adolescente de esa edad, hacía creer a su amada que lo sabía todo, cuando en realidad la única certeza que tenía de aquello, era algún intento fallido anteriormente o alguna charla con amigos.
Ahora a decir verdad estaba repleto de miedos y preguntas.No sabía en realidad ni cómo decírselo a ella.
Quizá aquellos besos apasionados en aquel pasillo interminable fue la excusa que necesitábamos para aquel encuentro inolvidable, la puerta de aquella casa era testigo de nuestra pasión. Aquella mentira inevitable a tus padres fue para esa época, el peor de nuestros pecados y así lo vivíamos.
Pero como olvidarme de aquel cuerpo desnudo visto por primera ves, cómo describir la sensación aquella de estar juntos en una misma cama. Lo qué pasó después no tiene sentido contarlo ya que es parte de nuestro secreto.
Ese qué tanto costó guardar ante el interrogatorio diario de aquellos amigos de la infancia.
Hoy muchos años después me siento orgulloso de haber guardado aquel momento, seguramente algunos sospecharía algo, pero nunca salió de mi boca una sola palabra de aquel secreto, quizás el más guardado de todos, el de nuestra primera ves.

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Receta.

Cómo convertir una mala noticia, en algo positivo.
Primeramente juntamos todos los ingredientes ( malas noticias ) en nuestro cerebro y tratamos de procesarlos, luego de esto tomaremos una pizca de optimismo ( si no lo tenemos a mano recurriremos a la fe ) y se lo agregaremos muy lentamente a nuestro problema en cuestión, luego de un tiempo no muy prolongado de cocción mental veremos que el problema que tenemos sobre la mesa se a convertido quizás en algo difícil de digerir (aquí vale aclarar que no sé nada de cocina, pero soy un experto en soluciones simples) luego de masticarlo varias veces nos daremos cuenta que quizás lo que parece muy duro casi imposible de tragar, es solo un bocado más.
La cuestión mental jugará un factor preponderante en nuestra digestión y tendremos que comernos el problema aunque este no sea de nuestro agrado, pues lamentablemente muchas veces la vida está llena de ingredientes fuera de temporada y tendremos que solucionarlos con lo que tenemos a mano.
En fin, el optimismo será la sal que condimente nuestra comida diaria ( problemas ) muchas veces cometeremos el error de agregarle demasiada y a veces es necesario no abusarse, lo digo por experiencia propia.

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Sitios olvidados.

Soñaba que paseaba por mi mente, tan desobediente de mi como suele serlo, recuerdos que me llevaba a sitios olvidados en un abrir y cerrar de ojos, mientras mi boca se paseaba por otras bocas sin decir siquiera una sola palabra.
Mi cuerpo mientras tanto se retorcían en pasiones que se entremezclan en un río de brazos y piernas que no me dejan respirar, mientras mis oídos no reconocían aquellas voces que parecían tan lejanas, mi sudor empapaban las sabanas a pesar del frío invierno y mis huesos pedían a gritos una simple caricia para mitigar ese dolor interno que me hacia tanto daño.
Solo se que desperté de repente sin saber bien en donde estaba, con el cansancio acumulado, abrumado y más dolorido que antes.
Mi cabeza se debatía en un ir y venir, repleta de preguntas sin respuestas.
A que vienen hoy a mi si no puedo contestar ninguna?
Me incorporé entre sombras tratando de no llevarme ninguna por delante, caminando a tientas como suelen hacerlo los hombre viejos gastados por el tiempo, esos que dudan en sus pasos por miedo a tropezar y caer en el abismo del olvido; Una pequeña luz que se filtraba tras el pequeño pasillo me indicó la llegada a mi destino, mi mano buscaba desesperadamente aquella tecla que podría descifrar aquel enigma, dependía de ella para saber si estaba vivo o no, cuando la encontré no dude en apretarla pues las cartas ya estaban echadas.
Una repentina ceguera momentánea hizo que mis ojos se esforzaran por ver, y ahí estaba lo que nunca se había movido. Cuando vi mi rostro reflejado en aquel espejo, solo atine a acomodar mi pelo y mojar mi cara para corroborar si todo aquello era cierto, o solo se trataba de un simple sueño.
Volví a apretar aquella tecla y la oscuridad volvió a envolverme de una forma extraña.
El camino de vuelta a aquella cama duró mucho más de lo debido, volví a recostarme y la humedad de las sabanas me recordaron lo que había pasado, solo era un sueño.
Volví a intentar cerrar mis ojos para ver si podía retomar esas imágenes pero me fue imposible, todo se volvió borroso como si mis pensamientos estuvieran envueltos en un mar de niebla.
Me fui apagando lentamente hasta quedar completamente en blanco y fue ahí donde me quedé.
La mañana estaba cerca y era hora de despertarse definitivamente, no había oportunidad de seguir ahí, me levante y me dirigí a la ducha y ahí me di cuenta que ese camino lo conocía de memoria, solo se trataba de mi rutina diaria.
Mientras el agua de la ducha caía sobre mi cabeza, mis ojos permanecieron cerrados, como aceptando esas caricias tibias que se derramaban por mi cuerpo, cuando por fin logré entornar mi mirada, supe que estaba vivo y agradecí a Dios este nuevo día.

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Una vuelta más.

Como quien se suelta de una vieja calesita en movimiento mi cabeza siguió girando, sin darse cuenta que ya no estaba ahí, acabo de huir de todo pensamiento para echarme a volar sin que ella se percate de lo sucedido.
El recuerdo de aquella imagen tan nítida de aquella plaza solitaria a la que cada tanto me llevaban a pasear, se instala en mi presente y puedo oír hasta aquellas melodías cantadas por aquellos payasos vestidos con remerones gigantes de color rojo, que me hacen tararear canciones olvidadas que por arte de magia vuelven a mi boca.
Donde quedó aquella inocencia de viajes giratorios en busca de aquel premio llamado sortija, que me regalaba una vuelta extra?
Todavía está en mi memoria aquel viejo boleto apretado en mi mano esperando que aquel hombre de pelo blanco los fuera pidiendo uno a uno, hasta completar la ronda y así bajarse en pleno movimiento de aquella calesita gastada por el tiempo. Todavía hacía falta darle un pequeño empujón para dar comienzo a aquella nueva aventura, donde los caballos de distintos colores subían y bajaban al compás de aquella música, donde aquel avión blanco tan deseado me hacía esperar alguna que otra ves de más, sabiendo que quizás yo lo pilotease si llegaba a subirme rápidamente a el, o aquel otro coche inmóvil de color azul con cuatro volantes que muchas veces tenía que compartir con chicos desconocido por mi hasta ese momento.
Era el tiempo de aquella abuela cariñosa, esa que se quedaba sentada en aquel viejo banco de madera con su bolsa de mandados y aquel monedero mágico de color negro de dónde siempre salía aquella moneda mágica que cumplía mis deseos. Recuerdo verla ahí esperando pacientemente cada giro de aquella vieja calesita levantando su mano en forma de saludo, como despidiendo aviones verdaderos repletos de gente que seguramente no imaginaria, a dónde podrían ir.
Pero lo repetía casi siempre, como asegurándose la partida de aquellos desconocidos y así presenciar mi vuelo solitario en aquel viejo avión de chapa que no despegaba jamás y así poder asegurarse de que no sufriese aquel tan temido miedo del abandono.
Quizás ya sea tarde no lo sé, pero les puedo asegurar que no me iré de esta vida sin volver a sentir esa sensación nuevamente.

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Detrás de mi sombra.

Cuantas veces me habrán preguntado si no siento miedo?
La verdad a esta altura siento que no, que ya me acostumbré a esta rutina, hoy entraré nuevamente en otra cirugía más y la verdad ya casi me parece una humorada, quizás soy un poco inconsciente, no sé si eso estará bien o mal, pero es lo que a mi me sucede.
La única bronca que tengo es que siempre caen los lunes y yo ese día soy feliz jugando al fútbol, el solo hecho de pensar que no puedo ir a divertirme un rato, ya me enoja demasiado y en un mes y medio ya falte varias veces.
Cuando estoy haciéndome algún estudio, en lo único que pienso es como acomodar el calendario para que todo cuadre perfectamente, cosa que ya es un problema.
Ahora solo resta pensar en estar relajado, de esa manera se que todo terminará más rápido.
Con el paso de los años me di cuenta que de nada nada sirve ponerse nervioso cuando uno está en otras manos, lo único que podría contar es que uno tiene que confiar, creo que ese es el secreto de estar tranquilo.
El miedo en mi, se representa en forma de incertidumbre, no saber en qué momento se podría despertar la mujer del horóscopo me hace dudar demasiado.
Preferiría mil veces la certeza de saber en qué instante esto volvería a ocurrir, de esa manera estaría mejor preparado y resolvería antes muchos sueños pendientes.
A veces siento que soy un inquilino del mismísimo Vulcano y para colmo nunca se de que humor despertara este muchacho.
Pero como se prepara uno para lo que no sabe?
Ahí quizás radica mi pregunta.
A esta altura los médicos ya no me preocupan demasiado, hago lo que me dicen y listo, me molesta más el tiempo que pierdo con ellos que todo lo otro.
En el fondo se que son días que no recuperaré más, que quizás me estoy perdiendo algo que ni conozco, y ahí me agarra la ansiedad de querer hacer todo junto.
Esto no pretende ser un lamento, una queja ni nada que se le parezca, es quizás una forma de descargar lo que me está pasando, a veces preferiría poder contarles otras historias más bonitas que está, pero hoy sólo pude hablar de mis miedos, esos que se esconden detrás de mi sombra.

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Secreto revelado.

Calladita tras la puerta de madera espero que mi abuela se duerma, trato de ser lo más sigilosa posible, cualquier sonido o un simple susurro haría que se despierte, la espío por el agujerito de la cerradura para asegurarme que duerme, abro el picaporte muy suavemente pero no puedo evitar que la puerta chille, me bebo todo el aire que pueden entrar en mis pulmones y voy despacito, una extraña calma hay en la habitación, solo se rompe cuando doy algunos pasos sobre el viejo piso de madera, la abuela se da vuelta repentinamente y entro en pánico no sé si volverme o seguir, la inquietud me domina tomo valor y sigo, me percato de tener la llave que anteriormente saqué de la mesita de luz cuando nadie me veía, me acerco lentamente al cristalero meto la llave y le doy un empujoncito hacia arriba, misión cumplida la puerta está abierta, me acerco a la caramelera de cristal y lleno mis bolsillos todo lo que puedo de caramelos SUCHARD, qué aunque no me gustan son mejor que nada, despacito me voy cierro la puerta tratando de evitar el ruido que hace; ahora ya puedo respirar, la abuela que antes estaba inmóvil ahora me mira y dice: dormiste bien? le contesto que sí mientras escondo el caramelo bajo la lengua, la abuela me vuelve a mirar y dice ahora te hago la leche...

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Hablando de vidas...

Seguramente esto que escriba no sea del agrado de muchos que hoy celebran victorias o sufren derrotas, pero necesito aclarar mi postura sobre la vida.
Para mi desgracia alguna ves tuve la desdicha de tener que sostener la manito de una beba hasta que dejara de respirar y otras veces me quede sentado hasta el suspiro final de alguien muy querido lo cual no es nada agradable, vi sufrir a un hermano hasta verlo desaparecer muy joven por culpa de la droga sin poder hacer casi nada y ni que hablar del maldito cancer que consumió a mi vieja hasta el punto de no reconocerme siquiera al verme, por ende el respeto que tengo hacia la vida es demasiado grande.
Cuando leo ciertas opiniones diversas sobre ciertos asuntos muchas veces me llamo a silencio, pues no quiero entrar en discusiones baratas repletas de ideologías ni de un lado ni del otro, solo se que amo la vida y lucho por ella hasta el último suspiro. Así que muchachos/as cuiden el bien más preciado que la vida nos regalo y no sean tan superficiales, recorran un poco los hospitales, los asilos de ancianos y hasta el mismísimo manicomio, sin banderías políticas, solo con un poquito de humanidad y verán que quizás muchos tendrían que llamarse a silencio, por respeto digo...

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Respuestas.

Me encontraba solo pensando quién sabe que cosa, de repente
quizás por buscar en algún sitio equivocados algún momento, me descubrí contando lo que tanto me atormentaba o mejor dicho cuáles eran mis miedos, donde habían quedado mis sueños, en fin.
Que había pasado con esas personas tan importantes que me acompañaron en mi vida. De tanto buscar y buscar, apareció un personaje de la mismísima nada, un pequeño bosquejo, acompañado de su sombra que hicieron reaparecer recuerdos, ese garabato inicial fue quien de alguna manera empezaba a descubrir mi esencia, él era quien podría narrar lo que yo ocultaba.
El verdadero Claudio aparecía ahora como una simple caricatura animada, después de muchísimos años, podría narrar alguna que otra historia olvidada.
Quizás él, podría decir de algún modo lo que el otro no se animaba, cosas tan simples como un te extraño, o un simple te quiero. Yo siempre preferí quedarme callado junto a mi inseparable sombra, esperando aquel milagro que no aparecería nunca, ese que tanto buscaba.
Pero como sentir o abrazar si nunca me lo habían enseñado?
No recuerdo haber abrazado a mis padres o besarlos, siempre existió entre yo y ellos una especie de pared invisible que no permitía acercárseles mucho.
Mi infancia fue hermosa, repleta de seres extraordinarios que nunca me hicieron faltar nada, pero quizás se olvidaron de algo importante y ese algo es lo que hoy me falta.
Cómo reparar aquel faltante si las pocas veces que intenté hacerlo siempre termine lastimado.
Será por eso que parezco un especie de perro abandonado?
Me cuesta demostrar afecto, tengo ese miedo al olvido que suelen tener las personas raras.
Así es mi vida, un montón de hechos relatados de distintas maneras, casi un laberinto sin salida donde lo único importante es poder contarlo, sacármelo de encima ya que es demasiado peso para un cuerpo que se va desgastado con el tiempo y que ya no tiene ganas de escucharme.
Quizás pase demasiado tiempo tratando de escaparme de mi mismo, buscando soluciones en silencios eternos, o esperando aprobaciones de personas que solo me dirían lo que tendría que hacer.
Al final de tanto lío me di cuenta que en el problema estaba la clave de este dilema y al final de cuentas a quien le iba importar.
Se trataba de mi y eso solo podría descifrarlo yo o mejor dicho él.

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El mar sabe ( el otro lado )

El mar contiene secretos que no siempre revela.
Separa y une con la misma fuerza. Guarda voces, susurros, barcos perdidos y también los sueños de quienes lo miran desde cada orilla.
A veces, cuando dos personas se observan desde extremos opuestos del mundo, el mar hace de espejo. Refleja lo que uno imagina y se lo devuelve al otro. No es magia: es memoria.
El agua recuerda.
Recordó a Claudio y a Francesco mucho antes de que ellos supieran siquiera que existían.
Porque ambos habían mirado el horizonte con la misma pregunta, con la misma nostalgia prematura, con el mismo impulso de cruzar el límite azul que nadie puede tocar.
El mar, que guarda todo, ya sabía que sus vidas estaban trenzadas desde la infancia.
Solo esperaba el momento justo para unirlos y así fue.
El otro lado.
Esta es la historia de dos chicos que nunca se vieron y viven a un océano de distancia.
Uno, el de acá, un poco más grande de edad.
El otro el de allá, es un poco más chico pero comparten sin saberlo casi los mismos sueños, juegan sin saber a cosas parecidas, no se vieron pero se imaginan, hacen cosas casi Idénticas pero no saben bien por que las hacen.
Se espían a través del horizonte mientras miran el mar preguntándose donde terminará.
Los dos ya estuvieron del otro lado.
El más grande estuvo en su tierra y no logro ubicarlo, pues no lo conocía, al más pequeño le ocurrió exactamente lo mismo pero del otro lado, todo esto sería simple coincidencia sí no hubiesen pasado tantos años...
Un hecho fortuito aquel verano cambio sus vidas para siempre, todo ocurrió en una simple parada de colectivo, casi sin querer como suelen ocurrir estas cosas, el destino tenía preparada una sorpresa pues volvió a hacerlos jugar juntos de nuevo, ahora eran adultos, y estaban en un lado,
pero ellos siguen soñando con nostalgia cuando jugaban sin conocerse, deseando volver el tiempo atrás para poder juntarse antes logrando así que el tiempo se detuviera.
Hoy cada uno volvió a estar en su lado pero inconscientemente extrañan el otro, sin que eso tenga solución.
Es un sentimiento de exilio permanente, un castigo de los dioses, que los obligan permanentemente a extrañar el lado opuesto al que se encuentran.
Es raro el destino de los sueños, a veces parecen casi imposibles, será que uno no comprende el mecanismos de estos?
Aunque pensándolo bien cada tanto nos sorprende con amigos que imaginábamos.
Esto que cuento es para vos y sólo vos, sabes quién sos.

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Franz

Un cuento de La Buena Malicia
Pequeñas historias
“Hay juguetes que no mueren: solo esperan bajo la cama a que volvamos a jugar con ellos.”
—Anónimo
A los soldados caídos en las guerras de la infancia,
y a quienes todavía guardan una caja de madera en el alma.

Capítulo 1 — El hallazgo de Franz
Te encontré por casualidad, tirado junto a mis zapatillas, casi debajo de la cama. Al principio no te vi; parecías ocultarte, arrastrándote hacia algún refugio improvisado. Me agaché para socorrerte y noté que apenas ofrecías resistencia. Estabas exhausto, cubierto de polvo, con el cuerpo maltrecho. Intenté levantarte con cuidado; tus quejidos me conmovieron. Habías perdido parte de tus extremidades. No dije nada: creo que ya lo sabías.
Por un instante creí reconocerte. Pero no: tu rostro no me resultaba del todo familiar. Pensé que quizá alguien te había pisado al barrer. Los días de limpiezas profundas suelen ser peligrosos: nadie se detiene a mirar las pequeñas cosas que caen. O tal vez mi hermano mayor te había encontrado antes. No lo sé. Solo sé que estabas ahí, herido, esperando.
Intenté tranquilizarte con un interrogatorio suave, pero entonces escuché tu voz: un murmullo tenue, repetido en bucle:
—Nueve millones cuatrocientos veintitrés… cero veintinueve…
Lo decías una y otra vez, como un mantra. Recordé de inmediato la vieja idea de que los prisioneros solo debían revelar su número de serie y rango. Pero ese número… ese número me resultaba inquietantemente familiar. Hasta que lo comprendí: era el de mi antigua cédula de identidad.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Tu rostro, tan dañado y frágil, empezó a resultarme conocido.
Te llevé a un improvisado hospital de campaña. Te operé con lo que tenía a mano, sustituí tus faltantes y apliqué un medicamento milagroso: Gotita Gel. Vi alivio en tu cara. Cuando despertaste, te acomodé en una vieja caja de madera. Allí te esperaban otros supervivientes de batallas libradas al amanecer, en los confines de mi cama. Nunca más te interrogué; preferí no remover recuerdos que dolían a plástico quebrado.
Pero esa cara… esa cara no podía ser casual.
De pronto, un nombre brotó de mi memoria:
—¡Franz! ¡Franz Beckenbauer!
De niño solía poner nombres de futbolistas alemanes a mis soldados. Y ahora estabas aquí, frente a mí, repatriado por el destino. Me reí y sentí algo tibio en el pecho. Quizá, pensé, algún día tomemos nuevamente la colina de la frazada a cuadros. Era invierno, y aún quedaba trabajo por hacer.
Cuando levantaste la vista hacia la caja, tus camaradas salieron en fila: griegos, romanos, indios, cowboys, granaderos, americanos, alemanes… todos listos para recibir órdenes. Ese día volví a ser feliz por un instante.
Pero no era más que el comienzo.

Capítulo 2 — Día de sombras largas
Amaneció antes de que yo abriera los ojos. O quizá fue al revés: quizá fue mi respiración la que despertó a la República. Bajo la cama, un movimiento tenue —plástico sobre madera— me avisó que no estaba solo.
Franz estaba de pie en la boca de la caja, como un centinela. Su sombra se proyectaba hacia atrás, larguísima, estirándose como si quisiera escapar de su cuerpo.
—Comandante —murmuró, sin volver la cabeza—. Hoy no será un día de reconstrucción.
Me incorporé. Mi yo infantil, sentado sobre la tapa del cuaderno amarillo, alzó la vista. Sus ojos, siempre atentos, vieron lo que Franz había visto.
—Las sombras están creciendo —dijo el niño.
Y así era: no eran sombras normales, obedientes a la luz. Eran sombras que parecían tener peso, dirección… intención. Se estiraban desde los rincones más profundos del suelo, como si quisieran guiarnos hacia algo que esperaban desde hacía años.
Franz se giró hacia mí.
—Hoy exploramos.
No era una sugerencia.
Gerd fue el primero en avanzar. Su paso era lento pero firme; recordaba sin recordar, arrastrando una memoria incompleta que le pesaba como armadura mojada. Detrás de él marcharon los granaderos, los romanos, los cowboys, los indios, la infantería medieval… una mezcla absurda y hermosa que solo un niño puede justificar.
Jan se acercó desde la frontera. Caminaba con la solemnidad de los porteros antes del penal decisivo.
—Más allá de esta línea —dijo— no mando yo. No puedo protegerlos.
El niño me tomó de la mano.
—Si no vamos —susurró—, las sombras crecerán. Y cuando algo crece en la sombra… después cuesta mirarlo.
Tragué saliva.
—Vamos.
Y así, al amanecer de la República, entramos por primera vez en el territorio de las sombras largas.
El camino bajo la cama cambió de pronto. El polvo dejó de ser polvo: era arena fina, casi plateada. Los rincones se volvieron cuevas. Los ruidos de la casa se transformaron en ecos de otro tiempo.
Las sombras nos llevaron hasta un montón de ropa olvidada, arrugada en un rincón. Había prendas que no recordaba haber guardado jamás.
Gerd se detuvo frente a un pequeño abrigo azul. Lo miró como se mira a un viejo amigo muerto.
—Este era mío —dijo.
Negué con la cabeza. Yo, adulto, no lo recordaba. Pero el niño sí.
—Lo perdiste en una excursión. Te retaron. Dijiste que no querías volver a salir nunca más sin mí.
Gerd bajó la cabeza. Acarició el abrigo con la punta de su mano de plástico y miró al niño.
Franz dio un paso adelante y le puso la mano en el hombro.
—Recuperado —dictaminó, como un médico en un hospital de campaña.
El abrigo se desvaneció suavemente, como si hubiera cumplido su misión. Y la sombra detrás de Gerd se encogió.
Habíamos recuperado un fragmento de memoria. Uno pequeño. Uno necesario.
Seguimos avanzando, más profundo. Las sombras nos guiaron hacia el estrecho pasaje entre la cama y la pared: el antiguo arco de Jan Tomaszewski, su territorio sagrado, su vestuario, su templo.
Jan caminó delante de nosotros, muy erguido.
—Este corredor… —murmuró—. Aquí yo defendía todo. Era mi misión.
El niño sonrió.
—Aquí te daba medallas. Cada vez que salvabas a los griegos de caer por el abismo.
Jan se detuvo en seco.
—¿Las medallas? ¿Dónde están?
El niño bajó la mirada. Yo también.
—No las conservé —dije.
Jan tensó sus guantes, como si el plástico pudiera crujir.
Entonces Franz intervino:
—Las medallas están contigo, Jan. Siempre estuvieron. Nadie te las quitó.
Jan inclinó la cabeza. No sonrió mucho, pero sonrió. El corredor se iluminó apenas. Otra sombra retrocedió.
Las sombras nos llevaron aún más lejos, hasta el rincón más oscuro. Allí, casi escondida entre polvo viejo y juguetes incompletos, había una caja de cartón grueso, rota en un borde y sellada con cinta amarilla reseca.
El niño la vio y retrocedió medio paso. No por miedo: por reconocimiento.
—Ahí guardabas lo que te daba miedo —me dijo—. Todo lo que no querías pensar.
Franz se tensó.
—Comandante, esto no es como lo demás.
Lo sabía. La sombra de la caja era más grande que la caja misma.
—¿Qué hay dentro? —pregunté.
El niño me apretó la mano.
—Si no la abrimos ahora, lo que guarda volverá a crecer. Y será peor.
Apreté la tapa. El cartón crujió. La cinta amarilla se despegó con un susurro quebradizo. Abrí la caja.
Dentro no había juguetes. Había una fotografía.
Yo, más pequeño que nunca, abrazando a una persona cuyo rostro estaba curvado por el tiempo, por la pérdida, por la ausencia. Alguien que había sido un mundo y después… nada. Alguien a quien había decidido no recordar. No por maldad. Por supervivencia.
Las sombras largas se derrumbaron como humo al viento.
El niño me observó con una compasión antigua.
—Esto era lo que más pesaba —dijo—. No el dolor. El olvido.
Yo no lloré como adulto. Lloré como él.
Franz habló con voz firme:
—La República es más grande de lo que imaginábamos, comandante.
Y por primera vez, entendí que tenía razón.
La caja no era un enemigo. Ni un tesoro. Era un puente.
Un puente hacia mí mismo.

Capítulo 3 — El mercado de objetos perdidos
El día siguiente amaneció más claro. No porque hubiera más luz bajo la cama, sino porque la República parecía haber respirado durante la noche. Las sombras largas se habían recogido a sus lugares de origen, como animales nocturnos satisfechos.
Franz me esperaba junto al cuaderno amarillo, con su postura impecable.
—Comandante —informó—, el territorio sigue expandiéndose.
No entendí de inmediato. Pero el niño sí.
—Cuando recuperas un recuerdo —explicó—, aparece espacio nuevo.
Y así fue. Donde antes había un rincón oscuro y estrecho, ahora se abría un pequeño valle bajo la cama: una depresión suave en el polvo, con montículos ordenados como puestos improvisados. Era un mercado. O algo muy parecido.
Gerd lo recorrió primero, maravillado. Jan caminaba detrás, alerta, aunque su expresión severa se suavizaba ante cada descubrimiento.
—Bienvenidos al mercado de objetos perdidos —anunció el niño, como quien presenta una feria mágica.
El mercado era silencioso, pero no triste. Tenía la serenidad de los lugares que guardan cosas importantes sin necesidad de explicarlas. Cada “puesto” era un pequeño montón de objetos extraviados: botones, cartas de naipes, autitos sin ruedas, tapitas de refresco, piezas de rompecabezas que nunca habían encontrado su lugar.
Franz se detuvo frente a un botón verde. Lo observó en silencio.
—¿Este pertenece a algún uniforme? —preguntó.
El niño negó.
—Lo encontraste en el colegio —me dijo—. Se le cayó a un compañero y no supiste si devolvérselo. Te daba miedo hablarle.
Recordé la escena con claridad. El botón verde vibró apenas y desapareció en un destello tenue, como si su misión hubiera sido cumplida.
Más adelante, Jan encontró una bolita transparente, casi perfecta, con un remolino azul en el centro. La tomó entre sus guantes como si sostuviera una joya.
—Esta… —dijo—. Esta era mía.
El niño dudó.
—Bueno… técnicamente… era tuya cuando yo decidí que te la diera.
Jan inclinó la cabeza.
—Entonces —concluyó— sigue siendo mía.
La guardó en el bolsillo rígido de su pantalón de plástico y caminó más erguido que nunca.
Gerd, entretanto, se agachaba frente a un mazo de cartas viejas. Las barajó torpemente.
—Estas no tienen números —comentó—. ¿Para qué servían?
Me incliné.
—Eran cartas “mágicas”. Tú las usabas para decidir quién ganaba cuando no nos poníamos de acuerdo.
El niño intervino:
—Lo hacías para evitar peleas entre nosotros.
Gerd quedó helado.
—¿Yo hacía eso?
Asentí.
Él bajó la mirada. La rigidez del plástico pareció suavizarse.
—Entonces… no era solo fuerza lo que tenía. Era… orden.
Franz lo observó con respeto genuino.
—Eras nuestra disciplina, Gerd. Y lo sigues siendo.
Las cartas se ordenaron solas, apilándose como un pequeño obelisco, y se desvanecieron.
Más al fondo, un objeto llamó mi atención: un llavero azul con una estrella blanca. Antiguo. Desgastado en los bordes.
No recordaba haberlo visto jamás… pero al tocarlo, un golpe de memoria me atravesó.
—Esta era la llave de… —empecé.
Pero no pude terminar.
El niño lo hizo por mí.
—La llave de tu primera casa. La que dejamos atrás cuando nos mudamos. La que no volviste a pensar nunca más.
Sentí que el aire se volvía pesado. No por nostalgia. Por algo más profundo. Una despedida que nunca había ocurrido.
Franz se adelantó.
—Comandante, ¿desea conservarla?
Negué.
—No. Ya no abre nada.
El niño asintió.
—No abre puertas. Pero abre memorias.
La estrella blanca brilló un instante antes de desintegrarse como un copo de nieve.
Cuando ya nos íbamos, un último objeto llamó nuestra atención: una pequeña hoja de papel doblada. Muy vieja. Con dibujos torpes hechos con fibra roja.
La levanté. Era un mapa. Uno que yo había dibujado… pero no recordaba.
Un plano de un país imaginario, dividido en provincias:
“La Frazada Lisa”,
“El Cañón de la Zapatilla Izquierda”,
“El Reino de la Mesita de Luz”,
y en el centro, muy claro:
REPÚBLICA DE LA COLINA — AÑO I
El niño se estremeció.
—Este… este era el primer mapa. Antes incluso del que encontramos ayer.
Franz se acercó con la seriedad de un general. Jan se inclinó. Gerd se arrodilló en silencio.
El mapa estaba quemado en un borde, justo por encima de la palabra “Colina”.
—¿Cuándo se quemó esto? —pregunté.
El niño negó lentamente.
—No lo sé. Yo… no lo recuerdo.
Y ese “no lo sé” abrió un segundo territorio. Uno oscuro. Uno que esperaba.
Franz dobló el mapa con cuidado.
—Comandante —dijo con voz grave—, este mapa señala algo que hemos perdido. Y lo vamos a encontrar.
Asentí. Lo sentía en el pecho como una verdad antigua.
El mercado comenzó a desvanecerse, como si hubiera cumplido su propósito.
El niño tomó mi mano.
—El próximo paso… será más difícil.
—¿Por qué?
—Porque lo que viene ahora no está olvidado. Está escondido.
Franz levantó la vista hacia el horizonte de polvo.
—Prepárense —ordenó—. El territorio se moverá pronto.
Y entendí que era cierto.
La República estaba despertando.

Capítulo 4 — El desfile de los ejércitos mezclados
El mapa encontrado en el mercado se volvió el nuevo corazón de la República. Franz lo extendió sobre la tapa de la caja de madera. Jan lo sostuvo por las esquinas para que no se curvara. Gerd lo observaba con la concentración reverencial de un monje.
—Si este fue el primer mapa —dijo Franz—, entonces las divisiones actuales son solo sombras. Este es el origen.
El niño señaló un punto donde el papel estaba más quemado.
—Aquí estaba la Colina. Antes de que yo la renombrara.
Algo en mi pecho se apretó. No sabía que la Colina había tenido un nombre anterior.
Para buscarlo, Franz ordenó una marcha.
El desfile fue una mezcla absurda y hermosa: legionarios romanos marchando junto a astronautas; granaderos mezclados con vaqueros; griegos escoltando a un soldado del Oeste. Una sinfonía de plástico y memoria.
Mientras avanzaban bajo la cama, cada figura adquiría un brillo nuevo, como si el recuerdo de ser importante regresara a ellas.
—Comandante —dijo Franz—, necesitamos encontrar la frontera quemada.
Y asentí, sabiendo que donde había fuego, había un recuerdo que dolía.

Capítulo 5 — El mapa quemado
La búsqueda nos llevó al extremo más profundo del territorio: un rincón donde el polvo formaba una capa densa, casi gris. No era el Polvo Gris todavía… pero era un aviso.
Allí, pegado a la pared, encontramos otro fragmento del mapa: un pedazo chamuscado, doblado en cuatro.
El niño lo abrió con manos temblorosas. En él se leía:
“Colina de la Estrella. Año 0.”
Me quedé sin aliento.
—¿Año 0? —pregunté.
El niño bajó la mirada.
—Es… antes de que empezara todo. Antes incluso de la República. Antes de que yo la necesitara para vivir.
Jan dio un paso atrás, como si hubiera visto un fantasma. Gerd apretó los puños. Franz mantuvo la compostura, pero su voz se volvió grave.
—Comandante, si existe un Año 0… existe una pérdida que usted nunca contó.
Las sombras se movieron, y el rincón se oscureció. Supe entonces que el Polvo Gris estaba cerca.

Capítulo 6 — El Polvo Gris
Llegó sin ruido.
No avanzó. Cayó, como la nieve que no es nieve.
Un velo de polvo espeso descendió sobre el ejército. Las figuras se detuvieron. El niño retrocedió, como si le robaran el aliento.
—No mires demasiado tiempo —advirtió—. Te hace olvidar.
El Polvo Gris era diferente a las sombras: no empujaba, no escondía. Disolvía.
Los soldados comenzaron a confundirse entre sí, como si recordaran mal quiénes eran.
—¿Soy romano o astronauta? —preguntó uno.
—¿Era héroe o villano? —dijo otro.
Franz golpeó el suelo con su bota de plástico.
—¡Firmes!
El Polvo Gris quiere lo que no termina de perderse. Manténganse unidos.
Pero incluso su voz comenzó a distorsionarse.
Supe que no podía pedirle al niño que enfrentara esto. Era mi turno.
—Déjame entrar —le dije.
El niño negó, desesperado.
—No vayas solo. ¡No puedes!
—Es algo que dejaste de mirar porque te dolía.
Pero ahora soy yo quien debe verlo.
Franz se cuadró. Gerd apretó los dientes. Jan alzó un guante.
—Comandante —dijo—, volveremos por usted.
Y entré en el corazón del Polvo Gris.

Capítulo 7 — El corazón del recuerdo
Caminé como quien avanza dentro de una foto que se borra. Las voces se alejaron. El suelo desapareció. La habitación de la infancia se volvió un cuarto sin tiempo.
El polvo tomó forma: una silueta. Una figura sentada. Una presencia que no veía desde hacía más de treinta años.
Alguien que había marcado mi vida antes incluso de que yo supiera pronunciar la palabra “ausencia”. Alguien a quien no había sabido llorar, por ser demasiado niño para entender.
La memoria me arrojó un instante congelado: yo, pequeño, abrazado a esa figura, sin entender que ese abrazo sería uno de los últimos.
El Polvo Gris habló con la voz de mi propia culpa:
—No recordaste.
No quisiste recordar.
Sentí el mismo peso de entonces: la culpa por no haber llorado, la culpa por seguir viviendo, la culpa por olvidar para sobrevivir.
Respiré. Y por primera vez en décadas, toqué ese recuerdo sin miedo.
—No te olvidé —dije en voz baja—. Solo no supe qué hacer contigo.
El polvo vibró. La figura se deshizo suavemente, como ceniza en el viento.
Y una frase —la única que importaba— llegó como un susurro final:
“Está bien.”
El Polvo Gris comenzó a retirarse. Había cumplido su misión.

Capítulo 8 — La retirada del Polvo Gris
Regresé al territorio de la República. El Polvo Gris retrocedía, formando remolinos plateados que se desvanecían al contacto con la luz.
Los soldados recuperaban su forma. Jan respiraba con alivio. Gerd lloraba sin lágrimas.
El niño corrió hacia mí y me abrazó con fuerza.
—¡Lo lograste! —exclamó—. Pensé que… pensé que no volverías.
—Siempre vuelvo —le dije—. Ahora lo sé.
Franz se acercó con solemnidad emocionada.
—Comandante —dijo—, la República se sostiene sobre usted. Y hoy volvió a levantarse.
Los mapas recuperados brillaron. Las fronteras se redibujaron. La Colina volvió a erguirse en el papel. El Año 0 dejó de doler.

Capítulo 9 — La ley de la República de la Colina
Nos sentamos alrededor del cuaderno amarillo. El niño dictaba. Yo escribía. Franz corregía. Gerd decoraba las esquinas. Jan verificaba que nada pudiera caer al abismo.
La ley fue simple:
1. Recordar es permitir que algo viva.
2. Olvidar no es traicionar: es sobrevivir.
3. La infancia no se abandona: se transforma.
4. La República de la Colina existirá mientras uno de nosotros la necesite.
Firmamos:
—El Niño.
—El Adulto.
—Franz.
—Gerd.
—Jan.
Y, simbólicamente, todos los juguetes sobrevivientes.

Capítulo 10 — Epílogo: República de la Colina, Año II
A la mañana siguiente, la puerta bajo la cama seguía abierta. Los soldados estaban formados. Gerd consultaba mapas. Jan limpiaba su arco, listo para nuevas rutas. Franz me miró con los brazos cruzados, como un general satisfecho.
El niño apareció a mi lado.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté.
—Seguimos —respondió, con esa sonrisa que solo tienen los que han sanado algo importante.
Miré la Colina. La puerta. Mis recuerdos, ya sin miedo.
—Comandante —dijo Franz—, ¡la República espera nuevas órdenes!
Respiré hondo.
—Orden número uno —anuncié—: viviremos.
Como antes.
Como ahora.
Como somos.
Franz sonrió. El niño tomó mi mano.
Y la República, por primera vez, no parecía un refugio…
…sino un hogar.

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La otra mitad del mundo

Me sumerjo y me dejo caer al fondo. Quieto, relajado, conteniendo la respiración, con las piernas extendidas y los pulmones llenos de aire. Los ojos bien abiertos, observo el mundo que me rodea: todo se mueve en cámara lenta, transparente, etéreo. No hay sonido; solo el agua acariciándome, solo yo y el silencio.
Aquí, en este reino bajo el agua, solo se ve la mitad de las personas y eso me agrada, todo es más lento. Absorto, dejo que cada pensamiento navegue libremente. Las burbujas que escapan de mi boca compiten por llegar primero a la superficie, y yo las sigo, dejándome llevar por su carrera en cámara lenta. El tiempo se estira, se pliega, se vuelve eterno.
Pero todo lo bueno tiene un límite. Mi cabeza se asoma despacio, como quien espía un mundo que intimida. La otra mitad está ahí, sobre la superficie, haciendo ruido incluso al hablar. La sensación de agobio me invade. Los ruidos se multiplican, acelerando el mundo a un ritmo que ya no controlo. La desilusión susurra y me arrastra, recordándome que la inocencia siempre tiene un final.
Respiro hondo y nado hacia la vieja escalera pegada a los azulejos celestes. Mis dedos rozan el frío del metal, subo despacio, consciente de cada movimiento. Cuando emerge mi cabeza, la superficie me recibe con el bullicio de siempre, con conversaciones, risas y gritos. Estoy en la otra mitad del mundo.
Pero algo ha cambiado. Siento que puedo llevarme conmigo un fragmento del silencio subacuático: una calma que nadie más puede tocar, una mirada serena entre tanta prisa. Y aunque estoy rodeado de ruido, sé que todavía puedo volver allí, a mi lugar secreto, donde el tiempo se estira y la vida se siente transparente.
Porque incluso en la superficie, sé que existe otra mitad del mundo… y no necesito estar completamente sumergido para recordarlo.

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Mírame, mírame…

Este relato habla de los amores pasajeros, de cómo soy y de cómo es mi hermano del otro lado, como suelo llamarlo. Podría haber sucedido hace muchos años, o quizá hoy mismo.
Un día, en un colectivo de la línea 12, nos dirigíamos hacia Constitución a jugar al fútbol. De repente, en pleno viaje, mi amigo me preguntó:
—Claudio, ¿vos te enamorás en los colectivos?
Al principio no entendí bien qué quería decir, pero al ver su mirada le respondí:
—Tanito de mi vida… quien no se enamora en el colectivo de alguna chica desconocida es porque seguro que está muerto.
Yo, por ejemplo, cuando estoy aburrido en un viaje, busco con la mirada a alguien que me llame la atención. Solo la observo si está distraída, y entonces empieza el famoso juego del “mírame, mírame, mírame”, hasta que su mirada caiga en la trampa. Cuando eso sucede, suelo clavarle los ojos como jugando a quién los sostiene más, sin pestañear ni apartarla.
Casi siempre me rindo a propósito; me gusta enamorarme de alguien desconocido por un instante, robarle la mirada y dejar que el momento exista, fugaz pero real.
—¿Y no te gustaría conocerlas? —me dijo mi amigo.
No contesté; pensé que ahí se perdería el encanto. Los amores de viaje son de viaje. No están hechos para quedarse.
Entonces me miró y propuso:
—¿Y si nos bajamos y vamos caminando?
—Es una buena idea —le respondí.
Ese día nos bajamos por la calle Belgrano y caminamos juntos, hablando de fútbol durante todo el camino. Sin darnos cuenta, habíamos resuelto el problema de los amores pasajeros.

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Una vuelta más.

Como quien se suelta de una vieja calesita todavía en movimiento, mi cabeza siguió girando aunque ya no estuviera allí. Escapé de mis propios pensamientos y, sin darse cuenta, ellos me dejaron volar.
Entonces vuelve, nítida, la plaza solitaria: ese pequeño mundo al que me llevaban a pasear cada tanto. Vuelven también las melodías de los payasos de remerones rojos, que me devuelven canciones dormidas en alguna esquina de la memoria y que, de pronto, reaparecen en mis labios sin pedir permiso.
¿Dónde habrá quedado la inocencia de esos viajes circulares, la fe en la sortija que podía regalarme una vuelta más, una alegría mínima que parecía infinita?
Aún siento en mi mano el boleto arrugado, esperando que el hombre de pelo blanco los reuniera uno a uno, hasta completar la ronda. Lo veo bajarse con el movimiento todavía en marcha, darle a la calesita un pequeño empujón, y entonces todo comenzaba: los caballos de colores subían y bajaban como si respiraran, el avión blanco —mi sueño insistente— me retenía con su promesa de pilotearlo alguna vez, y aquel coche azul, quieto, con cuatro volantes, donde a veces compartía el lugar con chicos que recién conocía.
Era el tiempo de mi abuela. La de manos mansas, la que aguardaba sentada en el viejo banco de madera, con su bolsa de mandados y el monedero negro del que siempre brotaba la moneda justa para mis deseos. La veo levantar su mano en un saludo lento, como si despidiera aviones verdaderos cargados de destinos que ella nunca conocería. Y lo repetía en cada giro, quizás para asegurar la partida de esos desconocidos, pero sobre todo para acompañar mi vuelo solitario en aquel avión de chapa que jamás despegaba, sosteniéndome a salvo del miedo al abandono.
No sé si ya es tarde. Tal vez.
Pero sé esto: no pienso irme de esta vida sin volver a sentir, aunque sea una vez más, esa vuelta que parecía no tener fin.

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Mangas Rojas

La colina llamada Almohada Babeada era mi fortaleza principal. Allí, mis tropas de soldaditos de plástico habían montado un campamento: carretas formando un círculo casi perfecto, fogata encendida, un vigía esperando quieto en la noche. Era mi mundo, mi territorio, mi juego eterno.
Aquel día, mientras la pantalla del viejo televisor de madera mostraba una vez más los episodios en blanco y negro de El Gran Chaparral, ocurrió algo imposible: la imagen comenzó a vibrar, un zumbido profundo hizo temblar el piso y, de pronto, Blue, el hijo del Jefe Cannon, salió caminando de la pantalla como si cruzara una puerta. Detrás de él aparecieron Linda, el tío Bob y el siempre alegre Manolito, moviéndose con la misma gracia que tenían en la serie.
Los soldados de plástico, como si entendieran la gravedad del momento, se alinearon en formación, prestos a obedecer.
—¡Comandante! —dijo Blue, señalando la colina—. Cochís y su banda van a atacar el rancho esta noche. Necesitamos tu ayuda.
Y así, en un segundo, lo que siempre había sido juego se volvió misión. Reuní a mis tropas, organicé barricadas con carretas y piedras de pecera, escondí suministros y di órdenes con voz de general. Linda asistía a los refuerzos, Bob preparaba emboscadas, Manolito exploraba como si hubiera nacido en ese mundo de juguetes y aventuras.
Cuando la noche cayó, los tambores de guerra retumbaron entre los pastos. Cochís avanzó con su tribu de pieles rojas, arrastrándose entre sombras. La batalla fue tan real como la imaginación podía permitir: flechas cayendo sobre mis defensas, carretas chocando, caballos relinchando, soldados de plástico defendiendo posiciones como si tuvieran alma. Y al amanecer, derrotado, Cochís desapareció entre las rocas.
Habíamos ganado.
Pero la victoria duró poco.
Esa misma tarde, un relincho desesperado cortó el aire: Mangas Rojas, hermano de Cochís y enemigo feroz, había irrumpido en el rancho y raptado a Linda sin aviso.
El pánico estalló, pero el Sr. Montoya —padre de Linda— apareció en la colina, con su sombrero polvoriento y la mirada dura.
—No vamos a permitir que se la lleven —dijo—. Vamos a rescatarla.
Planeamos el rescate bajo la luz temblorosa del atardecer. Blue y Bob se moverían rápido, yo cubriría la retaguardia con los soldados de plástico, y Manolito seguiría las huellas del enemigo. El Sr. Montoya, con su experiencia de otra época, nos guiaría por el territorio enemigo.
Llegamos al campamento improvisado de Mangas Rojas en lo alto de una roca cerca de la frazada a cuadros. Allí, Linda estaba amordazada y atada a un árbol. Antes de que pudiéramos reaccionar, Mangas Rojas salió de las sombras, ebrio y amenazante.
—¡Cannon! ¿Crees que podrás rescatarla?
Pero no estaba preparado para lo que siguió.
Los soldados de plástico avanzaron como una muralla diminuta pero imparable. Blue y Bob rodearon al enemigo. Y el Sr. Montoya, con un rugido que ni los años pudieron apagar, se abalanzó sobre Mangas Rojas, derribándolo como si el tiempo retrocediera para él.
Liberamos a Linda, y Mangas Rojas escapó entre las piedras, jurando venganza.
Pasaron unos días de tranquilidad. Demasiados.
Entonces, una madrugada, escuchamos el sonido de tambores pequeños y hojas crujientes. Blue corrió hacia mí:
—¡Comandante! ¡Indios de plástico por el oeste!
El enemigo regresaba… pero ahora comandaba un ejército entero de muñecos pintados para la guerra. Las plumas asomaban entre la niebla. Las lanzas brillaban con la luz de la luna. Y al frente, su rostro rojo ardía de odio.
Organizamos defensas: Bob colocó trampas con hilos y ruedas; Manolito se convirtió en sombra y confusión; Linda distribuía leche chocolatada y galletitas como si fueran raciones militares; el Sr. Montoya enseñó a usar el reflejo de la luna como arma.
La batalla fue caótica y maravillosa. Flechas desviadas con piedras, emboscadas silenciosas, trampas que hacían caer filas enteras de enemigos. Los soldados de plástico luchaban de igual a igual contra indios de plástico, como si estuvieran destinados a enfrentarse desde siempre.
En el momento crítico, Mangas Rojas intentó capturar a Linda nuevamente, pero esta vez la muralla de soldados se cerró sobre él. Manolito lo hizo tropezar con una carreta y el Sr. Montoya terminó por lanzarlo al suelo.
Derrotado de nuevo, Mangas Rojas huyó.
Y aunque sabíamos que volvería, esa noche celebramos.
Pero el enemigo no olvidaba.
En su cueva secreta, Mangas Rojas empezó a recolectar juguetes rotos: trenes desencajados, bloques de Lego, muñecos de acción, peluches gigantes y luchadores del ring de plástico duro. Les dio órdenes, los pintó con colores de guerra, y les inculcó una extraña vida movida por su rencor.
Cuando regresó, su ejército era monstruoso.
El ataque final llegó bajo un cielo gris. Peluches gigantes avanzaban como montañas torpes, juguetes mecánicos se movían torpemente y sombras de figuras humanas se deslizaban entre los árboles.
Linda activó su pequeño hospital de campaña; Bob dejó trampas en cada rincón; Manolito saltaba entre las filas enemigas sembrando confusión; el Sr. Montoya dirigía formaciones perfectas; y yo, como Comandante, coordinaba cada movimiento, decidido a proteger mi rancho imaginario hasta el final.
La batalla fue la más grande que jamás habíamos vivido.
Banditas elásticas como catapultas, redes tendidas sobre sombras invasoras, soldados de plástico en murallas vivientes. Todo era caos, ingenio y valentía.
Al final, rodeado por soldados diminutos y héroes de televisión, Mangas Rojas cayó de rodillas, sin ejército, sin fuerza, solo con su juramento eterno de regresar.
Y luego huyó hacia la oscuridad.
Esa noche, ya en paz, nos sentamos junto al fuego. Los soldados se alinearon en filas perfectas, los personajes de El Gran Chaparral reían como viejos amigos, y los juguetes olvidados que se habían unido a nosotros celebraban su nuevo hogar.
Entonces entendí algo que solo puede entender un niño:
La verdadera fuerza no está en las armas, ni en el tamaño, ni en la realidad.
La verdadera fuerza está en la imaginación.
Y mientras exista un niño dispuesto a jugar, ningún Mangas Rojas podrá ganar jamás.

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Dos ratones

A la vuelta de mi casa, en la vidriera de una veterinaria, vivía un hámster blanco con pequeñas manchas crema. Cada vez que pasaba lo encontraba peleándose con algún hermano. Había algo en él —no curiosidad, sino atracción— que me hacía detenerme siempre. Hasta que un día decidí rescatarlo, aunque dudé: sacarlo de su “entorno familiar” me hacía ruido… hasta que recordé lo que suelen ser los entornos familiares.
El vendedor, un traficante de ratones rusos disfrazado de profesional, tardó varios intentos en atraparlo. El enano era bravo y eso me encantó. Lo metieron en una caja con agujeros y me fui caminando despacio, intentando evitarle el estrés que, por supuesto, terminó teniendo igual.
Cuando llegamos a casa, al abrir la caja para presentarle su nuevo hogar lleno de túneles y toboganes, el ingrato me saltó encima como para cagarme a trompadas. Cayó desde un metro y medio, quedó atontado y solo entonces pude agarrarlo. Ahí empezó nuestra amistad.
Le puse Teobaldo, por el Tibaldo de Shakespeare, peleador y príncipe de los gatos. Y vaya si le hacía honor al nombre: desarmó su casa, tiró el aserrín por todos lados, se meó donde quiso y hasta se masticó un tobogán. Era, sin dudas, el primer hámster anarquista de la historia.
Por las noches corría en la rueda como para generarle luz a todo el barrio. Yo me levantaba a las tres de la mañana, le desarmaba la rueda y lo retaba:
—Enano, ¿vos no dormís?
Él me miraba fijo, como diciendo: “El que no va a dormir sos vos”.
Y así era: nos mirábamos hasta dormirnos juntos.
Fuimos aprendiendo a convivir. Él odiaba que le limpiara la jaula. Me miraba indignado, tiraba el comedero y arrojaba maíz naranja a través de los barrotes, como un preso amotinado de la cárcel de Batán. Yo le decía:
—Tranquilo, enano. A mí tampoco me gusta el naranja. Pero si no ordenamos esto, terminamos viviendo los dos con el traficante de la vuelta.
Le tenía miedo a las bananas. Se golpeaba contra el vidrio cuando entraba en celo, mientras yo lo revisaba buscando tumores inexistentes. Nos acompañábamos en las madrugadas: él comía Chocokrispi; yo pintaba soldaditos. Teníamos charlas secretas.
Y entonces llegó su último día. Respiraba solo cuando yo le soplaba en la cara. Pensé que se había ido, hasta que se levantó débilmente y pasó una vez más por el tubito de papel higiénico, como diciéndome:
—Si yo puedo, vos podés.
Cada tanto, yo también me meto en un tubo simbólico y repito lo mismo.
Lo despedí con su bolsa de alimentos, dos monedas de un peso para el viaje y la ilusión de volvernos a ver. Vivió dos años y medio. Según el veterinario, los hámsters no duran tanto. Pero yo sospecho de la gente con guardapolvo: nunca sabés cuándo dicen la verdad.
Pasaron varios meses desde que Teobaldo se fue, pero la costumbre de hablarle seguía ahí, como algo que no quería soltar. A veces, mientras me tomaba un vaso de gaseosa, me sorprendía diciendo en voz alta:
—Enano, si necesitás algo, pedilo.
Y el silencio me respondía como podía.
La jaula quedó vacía un tiempo largo. No quería moverla. Tenía la sensación de que, si la limpiaba, si la guardaba, si la regalaba, iba a ser como decirle finalmente adiós. Y yo soy una persona que posterga los adioses mucho tiempo.
Una madrugada, mientras pintaba un soldadito, escuché un ruido extraño. Un tac-tac-tac suave, repetido, como si un dedito muy chiquito golpeara el vidrio. Me congelé.
—No jodas, enano —murmuré sin pensarlo—. No me asustes.
Pero el ruido seguía.
Resultó ser una polilla enorme que se había estampado contra la ventana. La espanté y me reí solo. Me reí tanto que terminé llorando. No del susto: de la certeza de que uno está siempre a un mal sonido de distancia de llorar por quien quiere.
Un día volví a pasar por la veterinaria de la vuelta y me quedé en la vidriera mirando otros ratones. Había uno gris, otro medio dorado y uno que parecía una nube blanca. Pero ninguno me miraba como Teobaldo: con esa mezcla de desafío y cariño, como diciendo:
—Si querés llevarme, bancate las consecuencias.
Cuando me fui, vi mi reflejo en la vidriera y entendí que un compañero es difícil de reemplazar.
Por primera vez, en mucho tiempo, dormí toda la noche.
No porque no lo extrañara, sino porque entendí algo: algunos se van; otros se quedan viviendo adentro tuyo, recordándote, haciéndote cosquillas para que sigas corriendo en tu rueda imaginaria. Al fin y al cabo, de eso se trata la vida.

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El mar de tus labios

Todavía recuerdo esa escalera donde se filtraba la luz por aquel vidrio roto, seguramente por algún pelotazo perdido; tu pollera escocesa tableada de colegio, tu camisa blanca y mi miedo al acercarme para pedirte un beso. Tu mano cálida atravesaba mi pecho, deteniéndome solo por un instante. Las miradas recorrían nuestras caras como si quisieran fijar ese encuentro; ahí fuimos, sin saber qué hacer.
Tus labios temblorosos me atraían como si se tratara de un mar agitado. Nuestras lenguas se ahogaban por un instante, y hacíamos lo imposible para seguir sumergidos en ese momento, casi sin importarnos si era necesario respirar. Así fue nuestro beso: casi sin saberlo, estuve cerca de morir ahogado, hasta que decidiste salvarme, retirándote suavemente de aquel mar para invitarme a sentarme en el escalón de mármol viejo, acariciar mi pelo y decirme cosas que nunca me habían dicho.
Muchos años pasaron, quizás demasiados… Cada tanto vuelvo al mismo momento, cuando me atravesaste otra vez con tu mano cálida en el pecho, pero esta vez fue para alejarte. La misma escalera fría de mármol fue testigo de ese instante; la luz seguía filtrándose por aquel vidrio roto. Para mí ya nada fue igual: algo mío se había roto. Me alejé de mis amigos de la infancia y quedé solo, a la deriva en un mar desconocido para mí. Solo me quedaba nadar, y nadé hasta donde pude.
Si tuviese que mencionar un aprendizaje de mi vida, este sería un buen ejemplo: cuando uno se enamora por primera vez, no hay que alejarse de la costa sin saber nadar. Al mar hay que tenerle respeto: nunca se sabe con certeza con qué humor se levantará.

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ULTIMO BOLETÍN !

Estoy acostado en el piso del comedor, jugando a los soldaditos cerca del radio combinado de música, marca Ken Braun, donde mi papa solía poner discos para escuchar música o noticias, lo tengo muy presente pues casi siempre me ponía a jugar donde no debía, en ese tiempo en mi casa se escuchaba una radio que para mí era todo un misterio, esa se llamaba: "RADIO COLONIA", que decían que transmitía a desde otro país y siempre se anticipaba a lo que iba a pasar en este. Me acuerdo bien como mi papá movía el dial de la radio para tratar de encontrarla, mientras yo trataba de retener en mi memoria entre que números quedaba la misteriosa emisora de la verdad, esa que tenía la particularidad de decir: ¡Hay más información en el próximo boletín! Esa frase todavía me re suena como si se tratara de un gran misterio, dejaba de jugar para poder escuchar atentamente el acontecimiento que estaba por suceder, generalmente eran noticias que no eran muy bien recibidas en mi casa. Mientras tanto mis juegos casi siempre eran iguales, mis indios siempre emboscaban caravanas de carretas de plástico que pasaban por pasillos finitos, matando a todos mis soldaditos viejos ya mordidos por el perro o por mi hermano mayor que me los masticaba, todos esos casi siempre morían en mano de los indios, para ese entonces yo creía ser un gran general, pues siempre me reservaba a mis granaderos de caballos blancos para contraatacar y terminar ganando mi pequeña guerra diaria. Ese día iba a resultar uno muy especial en mi vida, cuando un acontecimiento raro se escucho en esa famosa radio: ¡último boletín! El presidente de la Nación Argentina resiste en la casa rosada del gobierno, rodeado solo por la guardia presidencial que está apostada en la terraza esperando un posible ataque! ¿la guardia presidencial me dije? esos eran mis granaderos! No entendía nada, ¿cómo que los granaderos están apostados en una terraza, si solo tienen espadas y caballos? Para esa época yo era muy inocente, no sabia que los soldados tenían como yo dos uniformes: uno el de todos los días y otro para cuando salían de visita. En mi infancia estaba muy acostumbrado a perder, algo que no me gustaba mucho que digamos, por consiguiente todas mis ideas eran extremas: "Acá nunca se rinde nadie solía decirles a mis soldaditos" Mientras tanto no me parecía justo que un presidente estuviera rodeados por tanques y aviones que volaban alrededor de una casa de color rosa, todos contra aquellos pocos granaderos a caballo que resistían en una terraza, no sé que cosa, para mi era una injusticia! Estiraba mi cuello hacia los parlantes, cruzando los dedos como si estos pudieran detener lo que mis oídos escuchaban, y de ese modo lograr que estos no se rindieran, que murieran con honor como lo hacían los míos, como en esas láminas que yo veía en mi Billiken. Resultó ser que se rindieron y fue mi primer golpe militar escuchado por un radio combinado en directo que recuerde, uno militar, hasta ese día todas las demás derrotas habían sido deportivas, mi desilusión fue tan grande porque no habían ganado que me enoje y me fui llorando a la cama. En mi casa en cambio todos estaban contentos y creo que el que se rindió fue un tal ONGANIA que yo ni sabía quién era, para mí era igual de inútil que ese sargento Sanders de la serie combate que siempre elegía mi hermano cuando nos sentábamos a la tarde noche para verlo en la tele. El siempre elegía a los norteamericanos, solía decir que eran los buenos, hoy creo que no piensa lo mismo, pero ahora estoy casi seguro que el se sabía el final de todos los capítulos y si no, se los acomodaba para siempre salir victorioso. Quizás alguno se pregunte: y vos a quien elegías? Siempre elegí a los alemanes a pesar que me hacían enojar muchísimo pues no se agachaban nunca, cuando los americanos les empezaban a disparar, me agarraba la cabeza como no entendiendo lo que les pasaba, llegué a pensar que eran todos ciegos. Tenían muy lindos uniformes, ese era un punto a favor para mí, pero no veían venir las balas, eso era un problema para ellos! Mis granaderos también eran hermosos, llevaban siempre sus botas brillosas, y aquellos caballos blancos, lo que no sabía, era si se podrían agachar en estos tiempos. Muchas veces me llevaron a verlos pasar por aquella avenida ancha en esos desfiles de mi infancia, con mi banderita de plastico, escuchaba a lo lejos el trote de esos caballos al son de aquella marcha llamada: "trote escuela de caballería", no había nada más lindo, mi papá decía en ese entonces: mira, presta atención, ahí se acercan ... Pedía que me subieran a algún balcón o ventana para poder ver mejor, ya que todos siempre me tapaban y no me dejaban ver. "Ahi viene la fanfarria Alto Perú" repetían los parlante grises desde arriba de los postes de luz, hasta que de repente aparecían, todos perfectamente encolumnados de a cuatro, me quedaba hipnotizado mirando aquella banda, especialmente a aquel granadero que montaba su caballo blanco tocando esos tambores gigantes que tenían a los costados con una especie de tela que los envolvía, sin agarrar siquiera las riendas para que este fuese derecho, con su cabeza en alto, mirando al frente y pensaba: Estos nunca se rindieron, ni se agacharon, ni se agacharán, no me mientan más! Esa radio me está macaneando, un día va decir que los reyes magos no existen como dice mi hermano y se lo van a creer! Siempre que la encendían en mi casa era un lío, todos discutían por algo llamado política y si relataban alguna final de fútbol todos los equipos salían campeones menos el mío! Pasaron algunos años y me enganche con el tercer mundial de fútbol que recuerdo, el primero lo habían ganado los Ingleses y a mi papa mucha gracia no le causó, el siguiente fue de los Brasileños, ahora era tiempo de mis Alemanes. Corría el año 1974 se jugaba en Alemania y ahí me di cuenta que los Alemanes no se agachaban, era solo mirar a un tal Bekenbauer con su camiseta número cinco, la cabeza erguida, gambeteando a la famosa maquina naranja holandesa, para salir campeones y levantar la copa, como si se tratara de un granadero, las balas holandesas no lo derribaban, al año siguiente mi River volvió a salir campeón después de mucho tiempo, había traído a un tipo que le decían el mariscal Perfumo que era un especie de general y levanté mi primera copa, desde que había nacido, ya no me cargaran más con eso de que era una gallina, justo a mí que era capaz de resistir en mi terraza junto a mi perro cualquier paliza injusta que pretendieran darme. Muchas veces me pregunté para mis adentros: si los Alemanes me hubieran escuchado de chico, cuando les gritaba agáchense ahora! mientras me agarraba la cabeza mirando la tele seguramente no hubieran perdido la Segunda Guerra Mundial, solo era cuestión de oír mis gritos! Qué pasó con aquel radio combinado? Se lo llevó la justicia como debía ser, fue embargado creo que por alguna deuda, al principio me dio lástima, ahora que lo pienso bien quizás tenían razón, era medio mufa y eso que tenía apellido alemán.

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El beso con Vientito.

Recuerdo que tenía doce años cuando sentí lo que creo que fue mi primer gran amor. A esa edad yo solo pensaba en jugar a la pelota, cambiar figuritas en el recreo y pintar soldaditos a escondidas de mis amigos, quizá por vergüenza. Ya les había mentido diciendo que hacía rato había dejado de jugar… mentira total: cada vez que podía los agarraba, aunque fuera solo para mirarlos. La atracción por esos soldaditos era más fuerte que mi lealtad hacia el grupo.
Todo empezó de repente. En el colegio se organizó el viaje de egresados de séptimo grado. Para mí, era la primera oportunidad de estar solo, lejos de mi familia, y para mis amigos también. Un regalo del cielo, casi mejor que Navidad.
En casa no estábamos bien de plata. Mi tío había cerrado la fábrica de hojalatas y mi papá, que trabajaba con él, estaba medio perdido. Nos mudamos a un departamento y la plata ya no alcanzaba. Hasta dejamos de fiar en el quiosco, al que yo iba todos los santos días a buscar el diario. En esa época existía la cuenta corriente, y por medio de esa cuenta yo solía traer alguna historieta de contrabando. El peor día del mes era cuando el diariero me decía: “Llevále esto a tu mamá”, y me daba la cuenta. Ahí empezaba a repasar todo lo que había llevado sin permiso: Vosotras, Intervalo, Siete Días—esas eran de mi hermana—Pelo, Satiricón y hasta Killing, que era prohibida, para mi hermano más grande, el El Tony, D’Artagnan.
Yo era el pibe de los mandados. Salía, traía revistas para todos, las leía, y después las robaba para cambiarlas dos por una por otras usadas que me gustaban a mí: Superman, Batman, El Súper Ratón… Mis hermanos las buscaban por toda la casa mientras yo aguantaba sus miradas asesinas y el riesgo de un reto de mamá, convertida en una especie de justiciera de telenovela.
Lo único que nunca cambiaba era Selecciones y TV Guía: peligro mortal. El diario La Razón, después de leído, servía para forrar el tacho de basura, un viejo tarro de masilla que el basurero siempre tiraba lejos de la puerta, aumentando la furia de mamá.
Un día recibimos la noticia en el colegio: nos íbamos de viaje.

El viaje hacia el gran amor
Estábamos todos los chicos esperando el micro que nos iba a llevar a Córdoba, al Embalse de Río Tercero. Estaban los padres de todos mis amigos; los míos no aparecían. Hasta que llegó mamá con mi hermana (mis amigos se reían cada vez que la veían venir). Después llegó mi tía Titi, me dio un sobre con plata y me dijo: “Esto es para vos, no lo malgastes”. Lo guardé junto con lo poco que me había dado mamá. Nunca había tenido tanta plata junta. Ahí confirmé que lo mío no iba a ser la administración.
El viaje fue una fiesta. Nadie durmió. Llegamos muertos.

El lugar
El hotel era una mole de dos pisos repleta de chicos de todo el país. Ahí supe que el federalismo tampoco iba a ser lo mío.
Nos repartieron en habitaciones de a cuatro; la nuestra, por suerte, era de cinco: dos camas marineras y una sola en el medio, que traté de evitar mientras gritaba “¡La de arriba es mía!”. Desde arriba se ve todo, yo lo sabía.
La cama del medio terminó siendo la “cama del pueblo”: todo el que entraba se sentaba ahí. El pobre Bicho, mi compañero, vivía estirando el acolchado hasta que un día se rindió y vivió como un vagabundo.
Jugamos un cabeza de cama contra cama —dos contra dos— hasta que aflojamos una cama. Después solo nos quedó jugar a las cartas encima de la cama de Bicho, nuestra mesa comunitaria: sandwich de salame y queso, gritos de “¡chancho!” y zapatillazo en la mano.
Faltaba el baño. Había una pileta en la habitación… pero no inodoro. Resultado: Bicho orinó en un vaso de vidrio, rompió el mosquitero y lo tiró por la ventana. Nosotros llorábamos de la risa.
El baño real parecía el de un club: había que llevar toalla, papel, cepillo… casi una mudanza. Y tampoco tenía inodoro: solo un agujero en el piso con dos huellas del Yeti a los costados.
En nuestro piso había una delegación de Santiago del Estero, más inocentes que mi mamá cuando cambiaban la moneda. Bajamos a investigar el piso de abajo y descubrimos que era el de las mujeres, compartido con chicos de escuelas mixtas de Rosario. Nos agarraron, nos castigaron y los rosarinos pasaron a ser nuestros primeros enemigos. Aún no los habíamos visto.

La cena
Comedor gigante, lleno de delegaciones y chicas. No sabíamos a cuál mirar.
La comida era igual a la del colegio. Terminamos comprando sándwich y Coca del kiosco, haciéndonos los cancheros de Capital.

El fogón
Nunca había visto un fogón así. Cada delegación tenía que representar algo de su ciudad: a nosotros nos tocaba cantar Caminito. Nos miramos y dijimos: ni en pedo.
Entonces alguien tuvo la idea: arrancamos cantando, y de golpe nos callamos dejando a los profesores solos. Mientras ellos quedaban expuestos, Bicho nos arengó para ir a sacar chicas a bailar el tango (ninguno sabía).
Y ahí la vi.
Rubia, ojos claros, gorrita de jean, musculosa, pantalón corto. Radiante como el sol. Quedé paralizado. Cuando le agarré la mano, se terminó el tango y se fue con los rosarinos. Nosotros terminamos castigados otra vez y odiados por media Rosario.

El día siguiente
Excursión al embalse: un embole.
Nos dieron el día libre y ahí empezó mi ruina económica: caballos, bicis, sándwiches, metegol. En dos días me quedé sin plata.
Volvimos al fútbol. Armamos una selección del séptimo A y B y empezamos a desafiar delegaciones. Ganábamos siempre: cordobeses, platenses, tucumanos, jujeños. Hasta los profesores venían a vernos.
En los ratos libres nos escapábamos a la pileta olímpica, cruzábamos sogas sin saber nadar bien, cantabamos canciones de cancha y nos empujábamos como si fuéramos rivales. El bañero soplaba el silbato y ahí nos llamaban la atención.
Un día Peti me dijo: “¡Mirá!”.
Ahí estaba ella subiendo sola a un tobogán olímpico gigante, parecía que iba rumbo al cielo pero solo iba a tomar sol, en su mano sólo había un toallon.
Mis amigos me empujaron: “¡Andá, tarado!”.
Te miro! yo nuca me di cuenta de eso, sentí vergüenza pero no podía demostrarlo.
Subí sin saber para qué. La encontré acostada boca abajo, en bikini.
Le dije “hola” y le pregunté si podía quedarme porque si bajaba mis amigos me iban a matar. Se sonrió y me dijo que sí.
Bajamos mucho más tarde y desde ese día no nos separamos más.
Traicioné a mis amigos: no jugaba, no salía, no existía nada excepto ella. Pedía plata prestada para pasar más horas en bici, más charlas llenas de Coca Cola al borde del lago. Caminábamos tomados de la mano. Nos dimos mi primer beso de amor.
Y la “parejita” se volvió famosa. Hasta los profesores nos miraban con ternura.

La mala noticia
Mis compañeros seguían peleando y desafiando delegaciones. Hasta que encontraron a la peor: los rosarinos.
Bicho los insultaba desde la ventana todos los santos días y en distintos horarios, ellos respondían, ambos habían roto sus mosquiteros. Y encima Bicho les tiraba un vaso lleno de orina gritando “¡Boludos, cayeron de nuevo!”.
Resultado: desafío al fútbol, después de comer: Cancha grande, público variado:
distintas delegaciones, profesores y mi “noviecita”.

El partido
Los rosarinos aparecieron con camisetas. Eran grandotes y nos odiaban. Sus compañeras gritaban por ellos. La mía también… y me sopló un beso. Ese beso me transformó. Gambeteé como nunca. Pateadas, insultos, nada me tocaba. Al final, nos dimos la mano: honor intacto.
Después de eso, nos hicimos amigos de todos: rosarinos, platenses, santiagueños. Éramos una tribu que atacaba ventanales con naranjazos. Yo seguía pegado a ella.

La despedida
Nos dijeron que era el último día. Todo pasó rápido. La secretaria de mi colegio me dijo: “Andá a despedirte, te esperamos en el micro”.
Ella me abrazó fuerte, sin soltarme. Me dio un beso y los dos empezamos a llorar sin poder parar. Subió a su micro mientras yo seguía llorando. Mis amigos me abrazaron. Nadie me cargó.
En una parada los micros se cruzaron. Mis amigos me levantaron para colgarme de la ventana del micro de ella. Le dije que no quería que se fuera, que no sabía qué iba a hacer ahora. Pero se fue.

La llegada
Volvimos en silencio. Los padres nos esperaban. Yo ya no era el mismo. Algo se había roto. Pasé la semana encerrado, sin comer, sin jugar. Mi tía me preguntó qué me pasaba y se lo conté llorando. Mamá decía: “Ya se le va a pasar”. Pero no se me pasó. Se agravó.
Hasta que un día llegó un sobre blanco, con letra chiquita parecida a la mía. Adentro, una postal de Navidad: “Te extraño. Te mando un beso con vientito. Espero que me lo devuelvas…”
Le escribí una carta. Me contestó.
Nunca más supe de mi primer amor.
Hoy tengo cincuenta y dos años y todavía recuerdo su dirección, su sonrisa y esa ternura que me despierta. Una ternura inocente, de beso con vientito, que siempre vuelve.
Desde esa Navidad, todas las demás fueron un poco tristes. Al menos para mí.

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Una puerta

Cuántos recuerdos puede contener una casa que no era la tuya, pero que en el fondo sentías como si te perteneciera?
Esa pregunta me la habré hecho cientos de veces sin encontrar respuesta. Sin embargo, cada vez que la recuerdo, siento una caricia en el alma.
Tardes, noches y hasta días enteros siendo recibido como un integrante más de una familia hermosa: una madre que me abría la puerta como a un hijo, un padre que me hablaba con la paciencia y la firmeza de un padre propio, y un hermano que era más que un hermano; era un amigo con quien compartía la leche, la pelota y esas series que veíamos en un televisor blanco y negro donde Los invasores, Bonanza y Los intocables eran clásicos de nuestras tardes.
Y estaba el abuelo, siguiendo un partido de River por radio algún domingo en aquella cocina color verde agua, donde también se calcaba algún mapa de un continente lejano.
¿Cuántos recuerdos hermosos puede guardar una casa que no es la tuya?
¿Cuánta inocencia se deja atrás al alejarse de ella?
Recuerdo también a aquella hermana bonita, elegante, con su flequillo perfectamente cortado, como una modelo de la época. Todos mis amigos esperaban desde la esquina, pacientes, a que asomara por esa puerta junto a su hermana.
Y la más pequeña, cariñosa, con la que jugábamos como si fuera una mascota querida, llevándola a pasear de vez en cuando.
Tal vez aquellas tardes hayan sido de los días más felices de mi vida. Tenía todo lo que un chico podía desear: una novia bonita, muchos amigos y una familia que se preocupaba por mí. ¿Qué más se podía pedir?
Pero no todos los cuentos terminan como uno quiere. La vida está llena de sorpresas, de laberintos en los que uno se pierde buscando caminos hacia ninguna parte.
Quizás la nostalgia, cuando regresa sin aviso, nos permita vivir por un instante aquellos momentos felices.
Y hoy, simplemente, tenía ganas de contarlo y sin embargo, pese a que todo parecía tan simple, tan perfecto, un día la puerta dejó de abrirse para mí con la misma liviandad de antes. No fue un portazo, ni una despedida explícita, ni un enojo, quizás te habían enamorado de otro? A veces la vida se retira en silencio, como cuando la tarde se convierte en noche sin que nadie lo note.
Un día cualquiera —que podría haber sido un martes o un viernes, da igual— me encontré caminando hacia esa casa como siempre, con la misma naturalidad de quien vuelve del colegio o de la plaza. Pero algo cambió. La calle tenía un sonido distinto, como si los autos pasaran más rápido, como si mis pasos fueran más pesados. Y cuando llegué frente a esa puerta, no la entorné. Me quedé quieto, mirándola.
Era la misma puerta de siempre: re pintada del mismo color que recordaba bien, pero en mi memoria era cálida, como un refugio. Escuché risas adentro, voces familiares, todo seguía ahí, menos vos y yo.
Y en ese momento entendí algo que en aquel entonces no supe poner en palabras: uno también puede extrañar un lugar incluso antes de perderlo.
Me fui caminando despacio.
No sabía que ese sería el comienzo de muchas despedidas que la vida me tendría preparadas. Tampoco sabía que crecer era, entre otras cosas, aprender a caminar con agujeritos en el alma que nunca terminan de cerrarse.
Los días pasaron, luego los meses. Volví varias veces, pero ya no era lo mismo. No porque ellos me hubieran cerrado la puerta, sino porque yo había empezado a abrir otras: amigos nuevos, responsabilidades nuevas, amores nuevos que ocupaban nuevos sitios, inquietudes que no sabía nombrar. La vida se empieza a llenar de cosas, y en esa acumulación uno pierde un poco de lo que lo hacía liviano. Pasaron muchos años hasta que volví a pasar por esa calle. No sé si fui yo quien decidió volver, o si fue la memoria la que, cansada de tanto silencio, me tomó de la mano y me llevó sin avisar.
Era un hermoso día, de esos que parecen diseñados para recordar.
Caminamos despacio, como si temiera que la vereda reconociera nuestros pasos.
Cuando llegamos ahí nos detuvimos.
La puerta seguía ahí.
Era la misma, claro: la seguirían pintado del mismo color, como si alguien hubiera querido borrar la tristeza del tiempo. Pero detrás de esa puerta seguía latiendo la misma historia.
Respiré hondo. Te abrace como si me hubiera rencontrado con todo mi pasado y volvimos cada uno a su sitio, ese fue quizás el comienzo de otra historia una muy hermosa que quizás un día escriba, no lo sé.

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Voces interiores.

Me encontraba solo, pensando quién sabe qué cosa. De repente, quizás por buscar en algún sitio equivocado, me descubrí contando lo que tanto me atormentaba: mis miedos, dónde habían quedado mis sueños, qué pasó con esas personas tan importantes que me acompañaron en la vida.
De tanto buscar, apareció un personaje de la nada, un pequeño bosquejo acompañado de su sombra, que despertó recuerdos. Ese garabato inicial empezaba a descubrir mi esencia; él podría narrar lo que yo no me animaba a decir.
El verdadero Claudio aparecía ahora como una caricatura animada. Después de muchísimos años, por fin podría relatar alguna historia olvidada. Quizás él podría decir lo que yo nunca dije: cosas tan simples como un “te extraño” o un “te quiero”.
Siempre preferí quedarme callado, junto a mi inseparable sombra, esperando un milagro que nunca llegaría. ¿Pero cómo sentir o abrazar si nunca me lo enseñaron? No recuerdo haber abrazado a mis padres ni besarlos; siempre hubo entre nosotros una pared invisible que impedía acercarse.
Mi infancia fue hermosa, llena de seres extraordinarios que nunca me hicieron faltar nada. Pero quizás se olvidaron de algo importante, y ese algo es lo que hoy me falta. ¿Cómo reparar aquel vacío, si cada intento terminaba en dolor?
Será por eso que me siento como un perro abandonado. Me cuesta demostrar afecto; tengo ese miedo al olvido que suele atrapar a los que parecen “raros”.
Así es mi vida: un laberinto de hechos relatados de distintas maneras, donde lo único importante es contarlo, sacarlo de mí, porque es demasiado peso para un cuerpo que se desgasta con el tiempo y que ya no tiene ganas de escucharme.
Pasé demasiado tiempo intentando escapar de mí mismo, buscando soluciones en silencios eternos o esperando aprobaciones que solo me dirían lo que debía hacer. Al final, comprendí que en el problema estaba la clave del dilema. Y, al final de cuentas, ¿a quién le importa? Se trataba de mí. Y solo yo, o mejor dicho él, podía descifrarlo.

La voz del otro Claudio
Aparecí una tarde cualquiera, sin anuncio ni permiso, apenas un trazo torpe salido de su mano mientras él pensaba en callar. No fui creado para ser importante, sino para ocupar un silencio que ya no podía sostenerse. Y, sin embargo, aquí estoy: dibujado a medias, con una sombra que siempre me sigue, aunque él diga que la sombra es suya.
Desde el principio supe que mi misión era simple: contar lo que él guardó por años, lo que lo hizo temblar sin que nadie lo notara. A él siempre le enseñaron a ser fuerte, pero nunca a ser humano. Yo nací para recordárselo.
Lo vi crecer sin abrazos, aprender a pedir amor sin palabras, perder sueños que dejó apoyados en alguna esquina de la vida. Lo vi esperando señales que nunca llegaron, como quien se sienta frente a un teléfono imaginando un milagro. Lo vi fingir que no importaba, aunque por dentro ardía el miedo a desaparecer de la memoria de los otros.
A veces me mira raro, como si no entendiera por qué sigo aquí. Y la verdad es que yo tampoco lo sé del todo. Tal vez alguien tenía que sostenerlo cuando él ya no podía. Tal vez porque el olvido, ese monstruo silencioso que tanto lo persigue, también me asusta a mí.
Sé lo que él no dice:
* extraña
* quiere
* le duele
Y aunque se esconda detrás de su sonrisa cansada, lo escucho respirar cuando la noche se vuelve pesada y las palabras le explotan por dentro.
Él cree que soy solo un dibujo, pero soy mucho más:
* su versión que no teme sentir
* su parte que no aprendió a callar
* su niño que se negó a desaparecer
Si vine de la nada, es porque en la nada se esconden las verdades que más pesan. Hoy, por fin, me dejo escuchar. No para reemplazarlo, sino para que entienda que no está solo en su propia historia. Que aunque haya pasado la vida escapándose, siempre hubo un lugar donde podía volver: a sí mismo.
Quizá algún día, cuando se canse de cargar con lo que no dijo, me deje hablar también por él. O mejor aún, quizá se anime a decirlo con su propia voz.

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Mi caso estaba en los libros

Recostado en el piso boca abajo en mi habitación, siempre en medias porque mamá ya había pasado la máquina de lustrar después de haber encerado y lustre muebles con la franela naranja por todos los rincones imaginables, buscaba un lugar donde no molestara a nadie. Aquella improbable paz la encontraba justo donde todo había empezado: el piso de mi habitación. Entre libros y enciclopedias, mi mundo cabía en las páginas de LO SÉ TODO.
En esos tiempos soñaba ser Aquiles, un semidiós casi invencible, de pelo rubio igual que el mío. A veces sentía que entraba en esos libros, que podía vivir aventuras épicas llenas de tormentos y glorias inimaginables. Seguramente no era nada original; cientos de chicos hacían lo mismo. El problema era que yo me lo creía.
Con el tiempo, comprendí el engaño de un tal Ulises y su famoso caballo tramposo. Sentí cierto orgullo de haber cambiado, aunque seguía jugando, quizás ahora con otro protagonista. Me sentía más cercano a Héctor: mortal, humano, consciente de que todo tiene un final.
Hoy, ya adulto, sostengo la misma enciclopedia con páginas amarillentas y polvo de años. La observo y sonrío. El niño que fue Aquiles aún habita en mí, con su arrogancia y su tendinitis en el talón. Ulises me legó astucia e inventiva. Pero Héctor… Héctor me enseñó a defender lo mío contra vientos y mareas, a enfrentar la vida con dignidad, aun sabiendo que no soy inmortal.
Ya no vivo para ser un héroe invencible; ahora vivo para vivir con sentido, para reconocer los engaños y abrazar la lucha desigual. Mi ciudadela se llama vida, y aunque falten troyanos, defenderla tiene su gloria.
No se vive para siempre, pero se puede morir con dignidad.

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Nadando en el aire

No sé cuándo empezó, ni cómo ocurre, pero cada noche me escapo de mi cuerpo: un parpadeo lento, una exhalación sin motivo, y el peso desaparece. Entonces asciendo hacia un cielo que no pertenece a este mundo, un cielo lleno de agua suspendida, como si una corriente infinita se hubiera detenido para siempre.
El primer contacto siempre me sorprende. El agua tibia se mezcla con nubes suaves, como algodón húmedo. Las olas se acercan a mí con curiosidad, acariciándome, arrastrando consigo las frustraciones que mi cuerpo conserva, preparándome para algo que no sé si deseo descubrir.
Cuando me sumerjo, cientos de burbujas escapan de mis labios y flotan hacia ninguna parte. Se elevan como si la gravedad hubiera olvidado su deber, girando y cruzándose hasta transformarse en una lluvia invertida. Nadar entre ellas es abrirse paso en un bosque de cristales que desaparecen.
A veces las nubes se vuelven densas, y debo abrirme camino mordiéndolas. Su dulzor se derrite en mi boca y me recuerda aquel algodón de la infancia, aunque nunca logro precisar de qué plaza.
Cada fragmento que muerdo parece contener recuerdos que no son míos, memorias ajenas que se disuelven en mi lengua.
Dos peces me acompañan siempre: el Silencio y el Vacío. Cambien de forma o tamaño, los reconozco. Nadando a mi alrededor, me observan con ojos que no existen. A veces creo que son partes de mí que se escaparon antes que yo.
Aquí no necesito respirar. Cada suspiro me impulsa hacia cualquier dirección, me empuja o me deja flotar, indistinto si yo me muevo o si el mundo gira a mi alrededor. Juego con corrientes invisibles, brisas tímidas que arrastran pensamientos nuevos, nacidos del agua misma.
El tiempo se diluye. Un minuto puede ser una eternidad. Pero siempre llega un instante preciso, cortante como una herida: un destello, un latido, un sonido que corta la oscuridad líquida. Antes de que pueda tocarlo, desaparece.
Abro los ojos.
Estoy en mi cama. Empapado. Exhausto, aunque mi cuerpo no entiende por qué. Las almohadas están retorcidas y húmedas, como si también hubieran nadado desesperadas para alcanzarme.
Mi corazón late con fuerza. Tal vez fui demasiado lejos, o no lo suficiente. Lo único que sé es que mañana, cuando el sueño vuelva a abrir la puerta, volveré a intentar cruzar ese cielo donde el aire es un océano interminable.
Pero un día algo cambio. Regreso y el cielo está enfermo de agua. El aire es pesado, como si guardara un secreto que no quiere soltar. Las nubes tiemblan, como criaturas blancas que luchan por respirar. Las olas raspan mi piel con una paciencia que me molesta. Las burbujas ya no flotan; se congelan y estallan sin ruido.
Los peces —Silencio y Vacío— son ahora más grandes, más hambrientos. Me rodean, moviéndose al compás de mis brazadas. Sus colas rozan mi espalda con un frío que duele. Aquí ya no pertenezco: este lugar ha empezado a reclamarme. Cada suspiro me roba un fragmento de mí mismo.
La brisa que antes jugaba conmigo ahora empuja con intención, llevándome hacia zonas donde el agua se oscurece y las nubes se agrietan. Algo se mueve allá abajo, algo que me conoce demasiado bien.
Una sombra se adelanta, flotando sin mí, y me observa. Sonríe sin boca, con una sonrisa que duele solo imaginar.
Despierto.
Esta vez no estoy sudado: estoy goteando agua fría y salada. Las almohadas están empapadas, como si algo hubiera emergido de ellas antes de que yo abriera los ojos.
No sé cuánto tiempo estuve allí, pero sé que el cielo acuático me acerca un poco más. Y aunque temo lo que pueda encontrar cuando deje de despertar, algo en mí ya no controla la necesidad de regresar.
Mañana no intentaré nadar en el aire.
Mañana, el aire me llamará.
Y yo iré, buscando lo que no se.

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Punto de vista

Me gustan las ventanas los días de frío. El vaporcito que sale de mi boca empaña el vidrio. Hacer un puntito con el dedo y mirarlo todo desde ahí es mucho más lindo que mirarlo todo. Es mi forma de que nadie pueda ver lo que yo estoy viendo. Creo que a veces soy raro; no me gustan las mismas cosas que a otros. Mi forma de ver es distinta. Quizás es la respuesta a cuando los grandes dicen: "es tu punto de vista".
También me gusta leer cuando se corta la luz. Creo que me concentro más. Cuando esto pasa, salgo corriendo a buscar una vela, la enciendo, la pongo de costado y la vuelco en un platito hasta que se pega. Mientras se va derritiendo, viajo a otras épocas en un abrir y cerrar de ojos, viviendo aventuras increíbles que de otra manera no podría vivir.
Siempre que se corta la luz, veo en la oscuridad como todo el mundo se enoja. Yo, mientras tanto, no pienso en otra cosa que en ir a buscar una vela, no para iluminar a los demás que están a los gritos, sino para alumbrar lo que quiero ver; mejor dicho, lo que quiero imaginar cuando leo los cuentos que van tomando forma. Mientras la llama se va moviendo con el solo respirar o el pasar de la hojita de papel, se produce una carrera casi alocada entre lo que leo y la rapidez con que se va derritiendo la vela. Trato de leer más rápido, pero me distrae la extraña forma de caer de la cera derretida. Toma forma como de árbol, cuando antes parecía un lápiz finito.
Mi cara también empieza a deformarse cuando la veo reflejada en una botella que está frente a mí. Me acerco y mi cara se agranda; me alejo y es como si desapareciera. Ese juego nuevo hace que me distraiga y pierda lo que estaba leyendo. Entonces entra mamá, agarra el plato con mi árbol derretido y me manda a la cama. Solo me queda hacerle caso y seguir imaginando a oscuras, porque según su punto de vista no me puedo quedar con la vela encendida en la cama.
Me arropo, cierro los ojos y, en la penumbra, sigo viendo el puntito en el vidrio, la llama danzando en mi imaginación, el árbol de cera transformándose una y otra vez. Y aunque la luz de la vela se haya apagado, dentro de mi cabeza sigue brillando, llevándome a mundos donde solo yo puedo mirar.

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Un nombre

Si alguna vez tuviera que decir un nombre, sería el de mi abuela Lucía. Una figura tan real como un sueño que se desgasta, pero que todavía respira en los rincones de mi memoria.
Era la que me abrigaba el cuerpo y el miedo, la que calentaba la cama con una bolsa de agua caliente como si pudiera impedir que el frío del mundo me alcanzara. La que me escondía bajo su delantal como si pudiera salvarme de algo que ni yo sabía nombrar. Caminaba despacio, arrastrando el tiempo con ella. Y cuando rezaba, su voz venía de un lugar demasiado lejos; un lugar que me hacía temblar.
Me recuerdo en su cama, tapándome los oídos para no escuchar la palabra resucitar. Nunca confié en esa palabra. Tenía un filo extraño, una oscuridad que se deslizaba entre sílabas.
¿Cómo volver de la muerte?
¿A dónde desaparece la gente que uno ama?
Los años siguieron como siguen siempre: indiferentes. Y nadie volvió.
Solo regresaron sombras, fragmentos que aparecen cuando quieren:
un triciclo, un patio de baldosas a cuadros, una parra antigua, una pelota que rebota en algún punto de la memoria.
Vienen y se van sin avisar, como si jugaran conmigo, como si el tiempo fuera un animal que no se deja domesticar.
A veces compro objetos viejos, intentando engañar al vacío. No sé si recupero partes mías o si les presto un lugar para que no mueran del todo.
Pero hay días en los que recordar duele demasiado. Días en los que querría apagarlo todo, quedarme quieto, sin voces, sin imágenes, sin ese insistente retorno de lo que ya no está.
Estar por fin acá, sin que lo de allá me arrastre.
Los recuerdos, esos sí, saben resucitar.
Las personas, no.
Y en esa diferencia tan cruel hay algo que todavía no logro entender.

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La espera

El tiempo de la espera transcurre en pasillos grises, fríos, de pisos dameros, iluminados por luces blancas —demasiado blancas— que parecen inmovilizarlo todo. Aquí, los minutos se arrastran; en estas eternas esperas, nada sucede, nada se mueve, todo queda suspendido en un limbo. La gente alrededor parece anestesiada por su propio dolor. Cada tanto, alguien recibe un impulso eléctrico y se incorpora repentinamente, presa de la ansiedad que lo consume; al rato vuelve a sentarse, atrapado de nuevo, con la cabeza baja, observando los cuadrados del piso como quien asume una derrota inevitable.
Yo también siento esa misma presión. No me atrevo a sentarme; solo observo y espero, como quien llega a un examen sin haber estudiado lo suficiente, deseando que no me llamen, pero queriendo que, si lo hacen, sea rápido. No hay nada peor que enfrentar lo desconocido sin respuestas. Pero… ¿cómo se estudia vivir? ¿Qué materia abarca la experiencia de uno? ¿La historia de los lugares donde estuvo? ¿El lenguaje aprendido? ¿La matemática de lo conseguido?
El tiempo se vuelve denso cuando no se saben las respuestas. La espera me atormenta y parece infinita. Cuando el hombre con guardapolvo blanco abre la puerta y pronuncia mi apellido, las palmas me sudan. No es aquel maestro de ayer, pero el efecto es el mismo. Solo espero pasar otro examen; me conformaría con un cuatro. Y si no… siempre estaría marzo, o algún otro mes, para intentarlo de nuevo.
Respiro hondo. Camino hacia la puerta. Y mientras doy el primer paso, me pregunto si alguna vez sabré realmente la respuesta…

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El secreto de la sopa

Quizás, como cualquier chico, siempre fui reticente a tomar un plato de sopa. Los adultos aseguraban que me ayudaría a crecer, mientras yo, satisfecho con mi tamaño insignificante, encontraba esa teoría completamente discutible. Sin embargo, ellos insistían, y aquello se convirtió en un conflicto diario al que ya me había resignado.
En mi casa reinaba una inquisición culinaria. Mi madre —un personaje digno de una película de la Edad Medio— interpretaba el papel de villana con una naturalidad inquietante. Yo era apenas un actor de reparto, un protagonista menor al que intentaban doblegar con amenazas sobre sus tesoros más preciados: figuritas, soldaditos, pelotas.
Para sobrevivir hacía falta fortaleza mental. Los chinelazos, coscorrones y tirones de oreja eran parte de mi dieta cotidiana. Llegué a imaginar que mi destino era convertirme en un mártir infantil, recordado por mis contemporáneos bajo el lema: “En boca cerrada no entra la sopa”.
Pero, como tantas cosas en la vida, eso nunca ocurrió.
Por suerte, toda historia de acción tiene su héroe, y en la mía ese rol lo cumplía mi abuela Lucía. Ella no imponía castigos ni amenazas: desplegaba ternura. Me secaba las lágrimas, me acomodaba el pelo, me daba un beso y comenzaba a narrar fábulas culinarias que intentaban convencerme, bajo el engaño más dulce, de que los fideos podían cambiar mi destino.
—Los cabellos de ángel tienen tu mismo color —me decía—.
—Si tomás la sopa de letras, vas a leer mejor cuando seas grande.
—Y mirá los pamperitos… son igualitos a esos caracolitos que te gusta buscar en la playa.
A esa edad, ya había considerado seriamente el suicidio. Pero para llevarlo a cabo, debía tragar una cucharada de sopa de fideos munición, y eso sí que no estaba dispuesto a hacerlo. Así pasaban mis inviernos: entre amenazas psicológicas y la insistencia persistente de mi abuela.
Sin embargo, ella poseía un poder extraño que solo se activaba en Mar del Plata. Allí, por motivos misteriosos —o por una habilidad suya para hechizarme— lograba que me convenciera de que la sopa no sabía igual. Todavía recuerdo aquellos platos color crema, marca Rigolleau, que convertían el veneno tibio en un elixir capaz de hacerme merecedor del Premio Nobel de la Paz.
Años después, ya adulto, escuché en una obra de teatro una frase que me atravesó como un déjà vu:
“El agua en vasito verde parece más fresquita.”
Ahí entendí que el engaño no era un invento de mi infancia, sino una vieja tradición humana: cambiar el recipiente para transformar la realidad.
Desde que mi abuela murió, nunca más tomé sopa. Años de resistencia férrea. Y ahora, a mis sesenta y pico,todos insisten en que debo tomar agua, que es buena para la salud. Yo sonrío, bebiendo un vaso de Coca helada, y les digo que sí, que tienen razón… que el color del vaso combina con mis ojos. Pero en mi interior sé que he sido engañado demasiadas veces. Y resisto. Una vez más.
Siento pena por esos niños anónimos que fueron manipulados durante décadas. Algunos dicen que pronto el agua escaseará.
¡No la tomen entonces! —grito, desesperado.
¿Que la Coca-Cola también está hecha a base de agua?
Anda…

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Parada ahí (COME FOSSI UNA BAMBOLA)

Estaba parada ahí, observando, buscando una razón para volver a preguntar, para resucitar en mis recuerdos incómodos como siempre lo hace: preguntas que siempre estoy obligado a pensar antes de poder responder.
Ese día yo también estaba parado ahí, buscando respuestas o, mejor dicho, un poco de silencio para mi cabeza. Traté de respirar profundo, buscando algún aire perdido en el comedor oscuro de mi casa, intentando reponerme de una carrera que nunca había iniciado.
Estaba agitado y no sabía bien por qué. Mientras tanto, cientos de pensamientos revoloteaban sobre mi cabeza a una velocidad inusitada, hasta que uno cayó sobre ella, recordándome una pregunta simple:
—¿Cuál fue el motivo de mi primera mentira?
—¿Por qué tuve que recurrir a ella?
—¿Qué tendría que ocultar que ni yo mismo podía recordar?
Caí rendido en el sillón. No tenía respuestas, o al menos no las recordaba. Un oscuro pensamiento se había estacionado en mi cabeza, seguramente no estaría solo; siempre vienen acompañados de más preguntas, esas que me impiden descansar siquiera un instante.
Cerré los ojos, aunque el silencio me alertaba de que Lucía podría estar cerca.
Ahí estaba ella, observándome como si repasara mis pensamientos, buscando quizás respuestas para sus propias preguntas. De golpe, soltó la primera:
—¿Qué es una mentira?
Intenté hacer como si no la escuchara, pero sabía que no funcionaría. Abrí los ojos. Estaba ahí, en silencio, esperando pacientemente mi respuesta. Me miró con esos ojos tan particulares mientras me alcanzaba a Valentina, como quien organiza un intercambio de conocimientos: respuestas por muñeca, parecía insinuar.
Acepté. Ahora solo necesitaba explicarle. Seguramente no sería sencillo.
—Quizás yo sea tu sueño hecho realidad —me dijo.
Mientras hablaba, no dejaba de mirar hacia arriba, esquivando mi mirada:
—Seguro que tampoco sabes que los sueños no se pueden dominar.
En ese instante, recordé una melodía y no pude evitar sonreír:
"Cuando crees que me ves cruzo la pared, hago chan! Y aparezco a tu lado, quieres ir tras de mí… y yo soy capaz de entrar en tus sueños, de volar por el cielo, caminar sobre el mar y, de pronto, hacerme de carne y huesos para que me puedas acariciar..."
Recordé aquellas estrofas de esa vieja canción. La levanté, haciéndola sentar en mi brazo, diciéndole que la comería como se comen los alfajorcitos de maicena.
—¿Cómo es eso? —me preguntó.
Le respondí mordiéndole suavemente la panza. Ella rió sin parar, hasta que volvió a preguntar:
—¿Qué es una mentira?
Mi respuesta fue otra pregunta:
—¿De dónde vienen los celos?
No entendió. Enojada, me respondió:
—¡No vale, la que no sabe soy yo!
Me arrancó a Valentina de las manos y desapareció.
En ese momento, quise buscar la melodía para volver a escucharla. No la encontré. Resignado, decidí casi por azar poner a sonar a Patty Pravo:
"Tu mi fai girar, tu mi fai girar, come fossi una bambola"
Repetí el estribillo una y otra vez, y allí, justo ahí, sentí que estaba la respuesta. Me di cuenta de que no estaba entendiendo a Lucía: ella no sabía realmente qué era una mentira; y yo, en cambio, no sabía cómo deshacerme de tantas que había tenido que decir a lo largo de mi vida.
Me quedé ahí, sintiendo celos de su inocencia. Quizás esa sea otra historia para contar…

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El secreto de la isla

Era un día como cualquier otro, de esos en los que nada anuncia que todo está por cambiar. Caminaba por la vieja isla del Tigre, la que todos llamaban El Laura, acompañado solo por una rama caída que había encontrado en el sendero. Mientras los mayores pescaban en la orilla del río, yo me internaba en mi propia selva: un mundo de aventuras hecho de árboles enredados, hojas muertas y tesoros imaginarios.
Aquella tarde buscaba, como siempre, alguna botella perdida o una chapita oxidada que pudiera contarme un pedacito del pasado. Soñaba con encontrar un mapa pirata, un cofre enterrado, algo que justificara mis horas de búsqueda. Pero nunca hallaba nada… hasta ese día.
Entre un montón de hojas secas vi un caracol enorme. No parecía pertenecer a ese lugar. Lo toqué primero con la rama, temeroso de una gata peluda o una araña escondida. Después de tantos incidentes con bichos y curaciones dolorosas con alcohol me había vuelto precavido.
Al ver que era inofensivo, lo levanté y lo limpié con mi remera. Lo acerqué al oído y entonces ocurrió lo imposible: escuché el mar.
¿Un caracol de mar en una isla rodeada de ríos? ¿Qué hacía ahí?
Lo escondí cerca de un bote viejo y regresé a la casa de madera donde los mayores me esperaban solo para decirme que comiera. Nadie quería escuchar mis historias; estaban demasiado ocupados con el mate, las cartas, las discusiones que terminaban siempre igual o la pesca de peces tristes sin color. Los adultos, pensé entonces, se aburren de sí mismos.
Apenas terminé de comer, volví corriendo al bote. Me senté, tomé el caracol y lo escuché otra vez. Esta vez no fue solo el ruido del mar: una voz pequeña me contó que lo habían robado de la playa como recuerdo y que luego lo olvidaron allí. También me dijo que una niña, sentada alguna vez en ese bote, había pedido un deseo: que quien encontrara el caracol fuera a rescatarla, y que ella pagaría con un beso.
Fui a contarlo, pero nadie me prestó atención. Los adultos nunca escuchan lo que no entienden. Y así, con el tiempo, la historia quedó dormida en el caracol, perdido quién sabe dónde.
Los años pasaron. Volví muchas veces a la isla, ya más grande, con pasos distintos pero con las mismas preguntas. Siempre buscaba el bote, aunque cada vez estaba más hundido en la tierra, como si quisiera guardarse el secreto. A veces creía escuchar risas en el bosque o ver huellas pequeñas entre la arena, pero nunca encontraba nada.
Hasta una tarde.
El sol caía y el río parecía de vidrio cuando vi algo semienterrado cerca de la orilla. Me acerqué: era el caracol. No donde lo había dejado, no donde podía haber estado… sino donde quería que lo encontrara.
Lo levanté. Lo apoyé en mi oído.
Y la escuché.
—No me olvidaste —dijo la voz, tan fina y cercana que sentí que alguien respiraba dentro del caracol.
—¿Dónde estás? —pregunté.
Pero el caracol guardó silencio, como si ya hubiera dicho lo único que podía decir. Entendí entonces que la niña no era un invento ni un juego infantil: existía, de algún modo que no sabía nombrar.
Desde ese día, cada vez que vuelvo a la isla sigo señales que tal vez solo yo veo: una hoja movida sin viento, una risa que parece salir del agua, una marca diminuta en la arena. El caracol me acompaña en ese camino, como una brújula que no señala norte, sino deseo.
Y aunque aún no la encontré, sé que camina conmigo, escondida entre los árboles, esperándome.
El día que la vea —o me vea ella— quizá termine esta historia.
O quizá empiece otra.

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La puerta de la infancia.

Duermo plácidamente entre almohadas que me abrazan.
Camino entre sueños por pasillos largos con mis piernas cortas. Paredes altas, divididas a la mitad, llenas de pequeños cristalitos verdes prolijamente colocados, que al rozarlos te lastiman las yemas de los dedos y que están ahí desde siempre. Encuentro puertas gigantes, y mis brazos pequeños y flacos apenas llegan a la altura de una manija dura, de la cual mis dedos solo saben colgarse para tratar de abrirlas.
De repente, de la nada, aparecen imágenes de aparadores vacíos que en otros tiempos estuvieron llenos y hoy son simples recuerdos que solo traen nostalgias de aromas que ya no volverán. Macetas que hasta ayer parecían gigantes hoy son casi insignificantes al verlas en alguna que otra casa perdida, preguntándome: “¿Serán estas las que habitaban aquella casa?”
Añoro pisar esas hojas secas que crujían mientras las aplastaba con mi andar lento rumbo al colegio, algún que otro día de otoño. Las distancias que antes me parecían eternas hoy son un simple par de pasos. El tiempo se fue sin siquiera yo saber dónde; hoy mi mente trata de ubicarlo para así poder recuperarlo. Mientras tanto, voy bebiéndome todo el aire que puedo para calmar mi sed al caminar, sabiendo de antemano que es imposible calmarla.
Un olor, un sabor, un ruido, un objeto… cualquiera es imprescindible para continuar esa búsqueda de aquel chico que alguna vez fui.
Hubo días en que creí encontrar pistas de este misterio; para algunos quizás sea raro o demasiado tarde. Tal vez sea así…
Pero la búsqueda debe continuar, sin brújulas, estrellas o carteles que me guíen —ya que nunca supe interpretarlos bien—. Solo puedo agregar que en algún lugar está esa otra puerta.
“Lo sé”, lo presiento, ahora que ya no soy un niño y que puedo abrirlas sin tanto esfuerzo…

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Secretaría

Otra vez estoy parado aquí, esperando mi tiempo con la esperanza del olvidado. Mis ojos hacen el esfuerzo de no dejarse tentar por una melodía que solo me habla de esperas interminables.
Cuento escalones de escaleras inmensas que me transportan a otros sitios sin moverme de este lugar: la famosa secretaría, esa que casi podría decir que fue mi segundo hogar.
Tiempos interminables preguntándome por qué sigo parado en este viejo patio, rodeado de guardapolvos blancos que siempre preguntan lo mismo:
—¿Usted otra vez acá?
La mirada hacia el piso les da la respuesta. Mi boca asustada no necesita empeorar las cosas. Pasé gran parte de mi escolaridad parado fuera de las aulas sin saber el porqué. Tal vez era la inocencia de no poder contener la risa, o quizás la tarea olvidada. Podría poner mil excusas, pero casi siempre estaba en otro lugar, uno más divertido, al menos para mí.
En los boletines, mis maestros siempre escribían lo mismo: tienes que esforzarte más y prestar atención.
Yo me esforzaba, pero mi atención estaba en otro lado. Tal vez pensando en el equipo que había que armar en el recreo para jugar un fulbito. No me importaba cuál era el desierto más grande del mundo ni dónde estaban los picos más elevados de América; en ese entonces, mis ángulos geométricos eran los córners.
Mis viejos y mis maestros pensaban una sola cosa y, hasta en eso, se parecían mucho: no me veían.
Yo, en cambio, pensaba en cuatro cosas básicas que terminaron formándome como persona: mis amigos, la pelota, las figuritas y mis soldaditos.
Mis amigos me enseñaron los valores de la amistad verdadera. Me mostraron cómo animarse a hablarle a alguna chica con una frase simple y definitiva:
—Andá, no seas cagón. ¿Qué te puede pasar? El no ya lo tenés.
También me enseñaron códigos casi mafiosos, heredados de los más grandes: ir siempre de frente y algunas cosas más que no se aprenden en los libros.
La pelota me alejó de las malas compañías. Las figuritas me enseñaron geografía, historia, naturaleza y otras picardías, como aprender matemáticas intercambiando una difícil por pilones de repetidas que hacían crecer mi economía de manera simple.
Los soldaditos, en cambio, me enseñaron el arte de la guerra, la táctica, la obsesión por saber. Me llevaron a la historia, quizás más de lo recomendable para un chico de esa edad que todo lo quería entender rápido. Empecé a leer todo lo que caía en mis manos y, sin darme cuenta, me compré un problema: ya no podía evitar hacer preguntas, sobre todo cuando del otro lado no había respuestas con algo de lógica.
Dejo para el final a mis padres. Me dieron lo que pudieron, que no es poco. Me enseñaron a ser buena gente y, si nunca me dijeron un te quiero, aprendí a entenderlos. Tampoco fui un chico sencillo ni dócil que digamos.

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Nunca dormí sin imaginar” –

Desde niño guardé sueños en pequeñas figuras, en soldados pintados con esmaltes robados y caramelos no comidos. Hoy, después de años de tropiezos, errores y noches sin dormir, sostengo en mis manos aquello que siempre imaginé. Y descubro que nunca es tarde para abrazar lo que el corazón siempre supo que podía ser.
Después de años de noches eternas y de silencios que se estiraban como sombras, decidí dejar de esperar. No matar a nadie, y en cambio, empezar a construir mis propios sueños, esos que se escondían desde niño entre los pliegues de mi imaginación.

Cuando era pequeño, mis soldados marchaban sobre esmaltes de uñas robados y sobre vueltos de caramelos que nunca comía. En tardes infinitas, entre pelotas, figuritas y risas calladas, ellos me acompañaban en mundos que solo yo podía ver. ¿Por qué no continuar esa aventura ahora, en este tiempo que por fin me pertenece?
El tiempo pasó, silencioso y escurridizo, pero los sueños permanecieron, escondidos en pinceles, en arcilla , en muñecos que aprendían a moverse con mis manos, en escenas que susurraban historias. Dibujos, canciones, pequeñas narraciones… intentos de decir lo que mis labios nunca se atrevieron a pronunciar.
Y siempre, en la quietud de la noche, escuchaba un susurro:
—Debe haber una salida a este caos que no te deja dormir.
—Sigue intentándolo —respondía mi propio corazón.
Entonces comprendí que podía trazar mi propio camino. No dependería de importaciones, ni de memorias distraídas, ni de esperas que alargaban mi paciencia hasta el límite.
No fue fácil. Escáneres que traicionaban mis planes, computadoras que se rendían antes que yo, máquinas que necesitaban tiempo para aprenderme. Productos tóxicos, guantes, desconocimiento… y el miedo persistente a fracasar de nuevo. Pero la perseverancia abrió un hilo de luz entre la oscuridad, y comencé a seguirlo.
Hasta que un día la magia se hizo visible: verlo allí, en mis manos, diminuto como una moneda de un peso, real, tangible, mío. Un sueño de niño transformado en materia, en aire, en forma. Pensé: quizás es tarde… pero, ¿qué importa? Nunca es tarde para abrazar los sueños.
Pronto dejaré de lado la timidez y mostraré mi resultado. Esto apenas comienza. Soy un hombre que no se rinde, porque los sueños no están hechos para esperar: están hechos para tocarse, para vivirlos, para convertirlos en realidad.
Y ahora sé que todo aquel niño que pintaba soldados con esmaltes robados estaba allí, conmigo, sosteniendo mi mano, recordándome que los mundos más pequeños pueden contener la magia más grande.

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Los Mandados

Lo que voy a contarles es mi técnica para sacar a mi mamá de sus cabales, para lo cual no se necesitaba mucho ingenio; solo era cuestión de encontrar el momento indicado. Mi mamá era una persona de un carácter bastante difícil (acá cabe aclarar que era buena), pero no tenía paciencia. Todo lo que pedía siempre estaba dividido en dos o tres etapas. Por ejemplo, los mandados: los mandados, como todos sabemos, son una forma de esclavitud infantil, nunca tratada en ninguna de esas charlas importantes que te muestran en la tele. Se reducían a este diálogo: anda a la verdulería, comprá tres kilos de papas, un pedazo de zapallo y la famosa verdurita.
* (La verdurita consistía en un puerro, una zanahoria, cebolla de verdeo y el famoso perejil —que para ese entonces resultaba ser siempre yo—. El verdulero, hábil delincuente si los hay, siempre me ponía muy poco perejil en la famosa "verdurita", cosa que, al parecer, enloquecía a mi mamá. Pues, cuando yo llegaba arrastrando la bolsa —que para mí era arrastrar a un cowboy herido de muerte durante tres cuadras—, antes de llegar a casa, me detenía en el kiosco para comprar un sobre de figuritas, rezar para que me saliera algún premio (siempre sin suerte) y un chicle Yun Yun, todo esto hecho con el vuelto restante de las papas; si los dedos no me fallaban en las cuentas comprando dos kilos y medio, me tenía que alcanzar. Solo quedaba llegar a casa, dejar la bolsa rápido e irme.)
La aduana: mi mamá, una especie de policía secreta pasada a retiro, estaba esperando el delito antes de que ocurriera. Tenía un olfato propio de perro de aeropuerto de películas de cine; nunca se le escapaba nada. Casi siempre, antes de apoyar la bolsa, me agarraba y me decía: "¡Abrí la boca! No te habrás tragado el chicle, ¿no?" (Había una teoría, que hoy creo que impuso ella, de que si te tragabas un chicle, te morías). Yo, para ese entonces, tendría que haberme muerto mucho antes de empezar a hacer los mandados.
Le daba el vuelto y me trataba de ir... Entonces ocurría lo peor: cuando abría el diario donde venía la verdurita, descubría la cantidad de perejil que el verdulero había puesto. Esa mujer ya no era mi mamá; se convertía en una especie de asesina de telenovela. No había nada que pudiera detenerla: empezaba a gritar en contra del famoso verdulero hasta que volvía en sí y me decía: "¡Vas de nuevo y le pedís más perejil!" (YO, EL PEREJIL). Abría la mano reclamando más plata; solo recibía un bife en la parte de atrás de la cabeza y el alarido de: "¡TE LO TIENE QUE REGALAR!"
Derrotado, iniciaba el viaje hacia la vergüenza, mientras el odiado verdulero me preguntaba: "¿Ahora qué te olvidaste?" Yo ya, para ese entonces, empezaba a ver con mucho agrado un especie de serrucho curvo que él tenía para cortar zapallo, parecido a las espadas de Sandokan de los libros de Salgari. Ponía mi mejor cara de lástima y le decía: "Dice mi mamá si por favor me puede dar un poco más de perejil". Muy amablemente me daba un cacho envuelto en el diario y me decía: "Anda a llevárselo rápido, que te va a matar". Yo, para esto, ya pensaba que me lo hacían a propósito.
Entonces volvía y le decía a mi mamá: "Me dijo que la próxima vez vayas vos". Entonces ocurría algo insólito: me decía, "¿Compraste el pan?" Yo, ya para esto, no sabía qué decir, pues no me lo había pedido. Esa mujer —mi mamá— no tenía memoria; siempre pedía las cosas sin pedirlas, era una especie de fenómeno que, por medio de telepatía (palabra que había leído que significaba una forma de comunicarse sin hablar, que al parecer había adquirido), no dejaba de reclamarme cosas. Resultado: otro bife atrás de la nuca diciéndome: "¡En qué estás pensando cuando te hablo!" (Yo, en lo que pensaba, era en el bife que me daba, sin saber bien por qué). Yo sabía que no había pedido otra cosa; si lo hubiera hecho, yo tendría otro paquete de figuritas y ella un poco menos que un kilo y medio de miñones.
El resultado final: casi siempre terminaba igual: ella, a los gritos como toda madre, y yo, contestando a una distancia prudencial algo que le molestaba mucho: "¡Siempre estás pensando en esa EVITA, que no sé por qué no se puede ni nombrar en esta casa, decile a ella que haga los mandados...!" Luego huía corriendo rumbo a la puerta, esquivando la chancleta que volaba mientras, de fondo, oía: "¡Ya vas a ver cuando venga tu padre!"

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Aquel mar

Estaba a la deriva de mi propia vida, remando contra corrientes de recuerdos perdidos. Cada uno azotaba mi pequeña embarcación, amenazando con romperla. Ese océano de memorias presagiaba mi naufragio, y mis brazos cansados luchaban por alejarme de los remolinos que me querían hundir en el mar de las lágrimas.
Ya conocía su existencia. Muchas veces encallé en aquel arrecife, pero siempre logré sobrevivir. Solo necesitaba que la marea cambiara; si lo hacía en el instante preciso, podría salvarme.
La espera era lo más difícil. Los recuerdos se abalanzaban sobre mí, filtrándose por todas partes y multiplicando la tristeza hasta inundarlo todo. Debía resistir la tempestad. Otras veces lo había logrado. Solo era cuestión de tiempo. Primero vendría la tensa calma, y luego alguna corriente me arrastraría hacia playas solitarias de arenas blancas, donde mis memorias y yo podríamos reposar en un sueño profundo.
Pequeñas olas de mis miserias rozaban mis pies, intentando despertarme. Pero yo sabía que aún podía mantenerme a flote.
Mañana será otro día.
Y cuando las aguas se calmen, me adentraré en aquel Mar de dudas, cuyas profundidades, oscuras y misteriosas, quizás me enseñen a navegar mejor entre las tormentas de mi alma.

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Árboles de dos colores

Nací en un barrio de casas bajas, pegadas unas a otras, con vecinos que ya estaban cuando yo vine a este mundo.
De árboles pintados hasta la mitad con pintura blanca —que me decían que era por las hormigas—, de heladeros que pasaban en bicicleta, con gritos casi del más allá llamándome sin siquiera saber mi nombre, haciéndome dejar todo juego por más interesante que fuera para salir corriendo a agarrarme del batón de la abuela, rogando una simple moneda para acallar ese grito sagrado que decía:
“¡HELADERO! ¡HAY PALITO, CASATA, BOMBÓN, HELADO…!”
La cabeza metida en la caja de telgopor, sin saber bien cuál elegir, quedarme siempre con el mismo: “uno de vainilla bañado en chocolate”. No sé bien por qué, estos siempre se desarmaban justo a la mitad, con el consiguiente resultado: parte del chocolate irremediablemente iba a parar al piso.
—¡Deja que te lo arreglo yo! —gritaba mi hermano, emparejándomelo.
El llanto posterior al notar el faltante, el ir corriendo a contárselo a alguien para que se haga justicia y recibir esta respuesta:
—Si no lo comes rápido, siempre se te va a caer.
Con el tiempo descubrí:
Que los helados tienen que ser de agua, son más duros y no se desarman tanto.
Que los árboles se pintaban hasta la mitad con pintura blanca a la cal y que el motivo se llamaba “poliomielitis”.
La inexistencia de los Reyes (que también resultó un golpe duro, pues me resistía a creer que no fuesen verdad).
Mi teoría era: si no existen, ¿cómo están en el pesebre? Y, ¿por qué entonces sí existe el niño Jesús?
La cabeza de los mayores moviéndose en forma de “no” y más mentiras piadosas que los grandes usaban en contra de mis ilusiones.
El tiempo fue pasando, las mentiras siguieron dejándome a la deriva, tratando siempre de descifrar quién decía toda la verdad.
Resultado: ¡nadie! Así de sencillo…
Entonces aprendí a convivir de esa manera y el resultado es esto que soy hoy: alguien lleno de dudas que siempre se pregunta lo mismo:
—¿Me lo estarán diciendo de verdad?
Lo cual resulta un interrogante permanente.
¿Cuánto estaría dispuesto a dar uno para volver a esos tiempos de árboles de dos colores…?

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Instrucciones para secarse rápido

Colgado, como secándome al sol después de haber sido rescatado de algún naufragio pasado.
Sin ni siquiera saber cuál fue el verdadero nombre de aquel barco que me mantuvo a flote tanto tiempo.
Aquella tormenta que me arrastró hasta aquí fue tan grande que todavía siento los dolores en mi cuerpo humedecido, repleto de historias mojadas que todavía quedan en mi memoria.
¿Quién decidió que uno pueda estar suspendido a una vida, solo sostenido por algunos débiles broches que quizás den cierta esperanza cuando el viento traiga malas noticias a esta cuerda que hoy me sostiene?
¿Hasta cuándo estaré colgado, pendiente de los caprichos de algunos marineros que ni conozco?
¿Me secaré pronto?
¿Esta soga que sostiene mi cuerpo mojado podrá resistir mucho más, o se cortará de repente?
¿Qué posibilidades tendré si uno de estos broches llegara a soltarse?
¿Resistiría otra tormenta como la anterior?
“No debo pensar en estas cosas”, dicen muchos, pero cuando sabés que tu vida depende de un simple hilo, te suelen entrar muchas dudas. El “para qué” es una de ellas.
Es en ese preciso momento cuando más te apurás. No te podés dar el lujo de esperar a que el sol salga para secarte.
Quizás uno tenga que arriesgarse de más, aprender a descolgarse solo, aunque estés empapado de malas noticias.
Quizás, corriendo, te seques más rápido y listo pero a veces el viento cambia sin pedir permiso, y uno se da cuenta de que no siempre se trata de secarse, sino de entender qué parte de la humedad todavía te pertenece. Porque hay gotas que no se evaporan con el sol, ni con el apuro, ni con las órdenes de ningún marinero que pase silbando sin mirarte.
Quizás el secreto esté en dejar de luchar contra el leve tironeo de la soga, y aprender a balancearse con ella, como si cada sacudida fuese un recordatorio de que aún seguís ahí, aferrado a algo tan frágil como la esperanza misma. Y mientras el viento te mueve, te preguntás si realmente fuiste rescatado o simplemente arrojado a otra deriva más silenciosa.
A lo mejor secarse no es cuestión de tiempo, sino de voluntad. De reconocer que uno no es solo el cuerpo mojado que cuelga, sino también el recuerdo del naufragio, el crujido del barco cuyo nombre ya olvidaste, y la brújula rota que alguna vez te indicó un rumbo.
Y si el broche llegara a soltarse, tal vez no sería el fin, sino el comienzo de otra forma de flotar. Porque incluso una caída puede convertirse en salvavidas cuando ya no tenés miedo de mojarte otra vez.
Tal vez correr no sea necesario. Tal vez —y solo tal vez— baste con dejar que el viento haga lo suyo, y que el sol, aunque tarde, encuentre la parte exacta de tu piel donde todavía queda espacio para un nuevo calor…

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“Nuestro secreto más preciado”( mi primera vez)

Seguramente todos recordamos cómo fue nuestra primera vez. Muchas veces mentimos o exageramos lo sucedido, pero pocas veces decimos la verdad, al menos eso creo.
Yo contaré la mía. Estaba muy enamorado de alguien y los acontecimientos se dieron de una manera casi natural. Solo mirarnos decía más que cualquier palabra. Como cualquier adolescente, hacía creer a mi amada que lo sabía todo, cuando en realidad la única certeza que tenía era algún intento fallido anterior o alguna charla con amigos.
A decir verdad, estaba lleno de miedos y preguntas. No sabía realmente cómo decírselo a ella. Quizá aquellos besos apasionados en aquel pasillo interminable fueron la excusa que necesitábamos. La puerta de aquella casa se convirtió en testigo de nuestra pasión. Aquella mentira inevitable a sus padres era, para nosotros, el peor de nuestros pecados, y así lo vivíamos.
Pero, ¿cómo olvidar aquel cuerpo desnudo visto por primera vez? ¿Cómo describir la sensación de estar juntos en la misma cama? Lo que pasó después no tiene sentido contarlo; es parte de nuestro secreto.
Ese secreto fue difícil de guardar ante el interrogatorio diario de aquellos amigos de la infancia. Hoy, muchos años después, me siento orgulloso de haberlo protegido. Seguramente algunos sospechaban algo, pero nunca salió de mi boca una sola palabra. Quizá ese fue el secreto más guardado de todos: nuestra primera vez en el amor.

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Viviendo en la Luna

Estaba ahí, entre los pliegues de un día cualquiera, aburrido, pegado como una hoja húmeda de un cuento viejo. De esos que leía de niño, donde era más fácil viajar a la luna que aprender la tabla del siete, donde la penitencia se curaba pegándole a la almohada hasta quedarte dormido por cansancio y bronca.
Pasé buena parte de esos días con alegrías y tristezas, pero bien podría decir que tuve una infancia feliz: repleta de inocencias, de ideas extrañas, quizás demasiadas para un chico de esa edad. Soñaba que el mundo que vería más adelante, cuando fuera grande, sería tal como lo había imaginado.
El tiempo pasó tan rápido que lo que soñé sucedió antes de que pudiera detenerme siquiera un instante a disfrutarlo. El hombre finalmente llegó a la luna. Recuerdo verlo por televisión y desilusionarme: los marcianos no aparecieron. Todos se quedaron fascinados por un tal Neil Armstrong, que la pisaba y después se alejaba saltando como si jugara a la rayuela, para terminar clavando una bandera que no se movía.
Mientras tanto, yo solo esperaba ver un marciano. Y de ser posible, de color verde, con un frasco transparente en la cabeza, como en las figuritas de Marte ataca. En mi casa, todos estaban amontonados frente al viejo televisor de madera. Un silencio raro, como esos de siestas en casa de tíos o abuelas, cualquier día después de comer. Nada se movía, nadie hablaba, hasta que se me ocurrió preguntar:
—¿Y ahora qué pasa?
—Pasa que te vas a jugar a tu pieza —me dijeron.
—¿Por qué, si no dije nada?
—¡Porque sí! ¡Porque no te podés quedar callado!
Me fui enojado, arrastrando los pies, golpeando mi pobre almohada como siempre, preguntándome miles de cosas: ¿dónde estarían los marcianos? ¿Cómo volverían los astronautas si dejaron el motor del cohete olvidado en el piso? Preguntas que nadie respondió, pues no me dejaron hacerlas.
Hoy, cuando leo algún informe dudando de la llegada del hombre a la luna, o me topo con otros interrogantes del universo, pienso: a veces uno tendría que prestar un poco más de atención a lo que puede preguntar un chico, ¿no? Mi vida está llena de preguntas sin respuestas. Si ahora mismo les preguntara, sin querer queriendo, por ejemplo: ¿creen que hay vida o marcianos en otros planetas?, probablemente no sabrían qué responderme.
Pero ¿saben qué? No te voy a mandar a tu pieza. Quédate tranquilo, yo te entiendo.

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Países no descubiertos

Cada mañana, al salir de casa, camino torpemente sobre el cordón de la vereda. Intento mantener el equilibrio, igual que cuando era chico, pero ahora solo aguanto dos o tres pasos antes de que el miedo a resbalar me gane. Nadie lo nota, pero es un pequeño ritual que repito sin querer, como si mi cuerpo recordara algo que mi memoria tarda en alcanzar.
Mucho antes —parece que en otra vida— podía recorrerlo de punta a punta sin dudar. Bastaba pisar el borde angosto para que el mundo alrededor desapareciera. En mi recuerdo, sigo viendo al niño que fui, corriendo sobre el cordón con una seguridad que hoy me falta, jugando a no caer sobre el agua oscura de la zanja, que después de cada tormenta se convertía en un río enorme y peligroso.
O eso creía yo.
Con el paso de los años, cuando vuelvo a esa imagen, siempre aparece el mismo deseo desesperado que me dominaba en los días de lluvia: conseguir una hoja de papel. No cualquier hoja. De cuaderno, de carpeta, de revista olvidada… Cualquier cosa menos el diario, que se hundía en segundos sin darme tiempo a explorar mis mundos.
Mis expediciones dependían de una coincidencia casi mágica: que lloviera y que yo tuviera una hoja para construir un barco. Nada más. Nada menos. Por eso me volví un ladrón profesional de hojas de carpeta. Un ladrón inocente, pero ladrón al fin.
Mis hermanos guardaban celosamente ese tesoro. Pedirles una hoja implicaba rogar dos horas y pelear tres. Y siempre, siempre, cuando al fin accedían, el cielo estaba seco como un castigo. Entonces me tocaba planear mis robos con la precisión de un experto.
La escena se repetía. Mis hermanos dejaban sus útiles tirados, mi mamá empezaba a gritar que nada estaba donde debía, y yo —que tampoco sabía dónde debía estar nada— entraba en acción.
—Mamá, ¿necesitás que te ayude? —decía con mi mejor voz de santo.
Ella me miraba con una mezcla de sospecha y costumbre. Yo levantaba los hombros, fingía inocencia y recogía los útiles como si hiciera un gran favor. En ese gesto debía mantener el equilibrio moral: parecer un buen hijo mientras buscaba, entre cuadernos y carpetas, mis futuras embarcaciones.
Cuando lograba sacar dos hojas sin que nadie lo advirtiera, sentía el triunfo absoluto. Ahora solo faltaba que lloviera y que yo recordara el maldito pliegue final, ese que siempre olvidaba y que arruinaba mis barcos. La lluvia, generosa esa tarde, empezó justo cuando mis manos ya estaban llenas de frustración. Entonces recurrí a mi último recurso: mi hermano mayor.
Lo encontré y le pedí que me hiciera el barco. Él vio las hojas, me miró, y sin mediar palabra descargó sobre mí toda clase de llaves y golpes aprendidos en la televisión. Aguanté como pude y, entre quejidos, inventé que las hojas eran de nuestra hermana. Él, satisfecho con su justicia personal, me armó no uno, sino dos barcos. Yo me alejé con la espalda ardiendo y los dedos cruzados.
Con los barcos listos, salí corriendo hacia la tormenta. Busqué una rama caída para empujar las naves si chocaban con algo. Me agaché junto al cordón, puse el primer barco sobre la corriente y eché a correr a su lado. El agua lo llevaba veloz hasta la esquina, donde la boca negra de la alcantarilla lo devoraba sin piedad, lanzándolo hacia mundos que yo no podía conocer. El segundo barco tuvo el mismo destino glorioso.
Volvía empapado, con frío, derrotado y victorioso al mismo tiempo. Había enviado dos exploradores a países no descubiertos. No necesitaba ver dónde iban; me bastaba saber que iban a algún lado.
Hoy, ya lejos de aquellos días, sigo caminando por el cordón con torpeza. Miro la misma zanja —más limpia, más triste— y pienso que ya no queda nada de aquellos ríos furiosos.
Y sin embargo, cada tanto, me sorprendo preguntándome:
¿Dónde estarán todos esos barcos que mandé a navegar?
Quizás sigan allá afuera, flotando hacia lugares que solo un chico podía imaginar. O tal vez —prefiero creerlo— se fueron juntos, como una tripulación fiel, a explorar para siempre los países que nadie descubrió todavía.

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El tren de las verdades

Jugando inocentemente, como quien juega con su vida, paseo por ella sin detenerme un segundo a pensar qué será de mí.
¿Qué ocurriría si todo esto que está pasando fuera tan solo un mal sueño?
Despierto cada mañana cansado de estar cansado, agradecido de haber abierto los ojos y con la sensación de tratar de levantar un acolchado que pesa más de mil kilos de recuerdos. Cuando, por fin, logro sacudirlos, siento un alivio momentáneo: un respiro profundo. Pero los pies sobre el piso helado me devuelven enseguida a la realidad de un nuevo día, lleno de sueños, repleto de ideas nuevas… o tal vez viejas, caídas de aquello que antes me abrigaba.
Lo primero que vino ese día a mi memoria fue un juego del colegio: una especie de tren repleto de nenes y nenas que debía pasar, indefectiblemente, por un túnel hecho de pequeños brazos. Y, cuando alguno quedaba atrapado, un coro repetía una adivinanza:
“Pasará, pasará, pero el último quedará.”
Para salir de aquel pequeño conjuro había que responder una pregunta; casi siempre una verdad absoluta disfrazada de juego. Por ejemplo: “¿Es verdad que te gustaría darle un beso a…?”
La mirada bajaba, la vergüenza admitía el hecho y, entonces, los brazos se levantaban para dejar seguir el juego. Pero ya no era lo mismo: uno había dejado a la vista su secreto, y ahora todos lo sabían.
¡Cuánta verdad con tan poca experiencia!
¿Qué fue de mi inocencia?
¿Qué pasó para que empezara a mentirme?
¿Por qué será que uno pierde el tren de las verdades?
– El regreso del tren
Quizás fue ese recuerdo —tan nítido, tan inoportuno— el que me obligó a detener la marcha aquella mañana. No sabía si era nostalgia o advertencia, pero algo en mí susurraba que, desde hace años, venía esquivando túneles invisibles, fabricados ya no por pequeños brazos, sino por mis propios miedos.
El día siguió su curso como un vagón viejo que avanza a tirones. Hice lo de siempre: un vaso de pomelo, rutina, silencio. Pero algo se había movido. Una pregunta, enterrada desde hacía décadas, volvió a golpear la puerta de mi conciencia:
¿Qué verdad es la que estoy evitando ahora?
Y ahí lo entendí.
De niño, decir la verdad tenía consecuencias simples: una risa, un sonrojo, un secreto revelado entre compañeros.
Pero de adulto… las verdades pesan más; duelen más; exigen más.
Es más fácil mentirse, mirar para otro lado, dejar que el tren siga sin uno.
Sin embargo, ese día sentí un temblor en el pecho. Como si un antiguo silbato hubiera vuelto a sonar dentro mío. Me detuve. Respiré. Y, por primera vez en mucho tiempo, me animé a formular aquello que me negaba:
“Es verdad que… ya no soy quien dije que sería.”
Fue una frase breve, casi un murmullo. Pero al decirla, sentí que algo se rompía; no en mí, sino en la coraza que durante años me había mantenido inmóvil.
Y, aunque no hubo brazos levantándose para liberarme, sí apareció un alivio parecido al de aquel juego: una puerta que se abre, un pasaje que vuelve a ser transitado.
Ese día descubrí que el tren de las verdades nunca se pierde por completo. Siempre vuelve a pasar. La pregunta es si uno se atreve a correr hacia él, aunque sea jadeando, aunque llegue tarde, aunque ya no tenga la inocencia de antes.
Quizás —y apenas lo intuyo— todavía quede un asiento vacío esperándome.
Quizás la verdadera adultez consista en eso: en aprender a decir la verdad sin que nadie nos obligue con una adivinanza.
Y, mientras pensaba en todo esto, escuché dentro de mí una voz, tenue pero firme, repitiendo el viejo conjuro:
“Pasará, pasará… ¿y esta vez, quedarás?”
– El túnel que construyo yo
Esa noche, después de cargar todo el día con esa verdad recién nacida, me encontré sentado frente a una mesa que hacía tiempo evitaba. Una mesa sencilla, de madera que alguna vez había pintado, pero que para mí se había vuelto un campo de batalla. La había convertido en un depósito de sueños, silencios y decisiones postergadas. Yo mismo había levantado un túnel alrededor de ella, más estrecho que los brazos de mis compañeros de infancia, pero infinitamente más difícil de atravesar.
Me quedé mirándola como quien observa un espejo.
Porque en ese pedazo de madera estaban todas las cosas que no me animaba a decir: las llamadas sin hacer, las palabras no pronunciadas, las verdades guardadas hasta el desgaste.
Ahí, sentado, me di cuenta de que el tren de las verdades no siempre llega con un anuncio grandioso; a veces se presenta así, en un silencio absoluto, esperando que uno haga el primer gesto.
Respiré.
Abrí una caja repleta de fotos viejas que llevaba meses sin tocar.
No era importante lo que contenía —ni siquiera venía al caso—, pero simbolizaba algo mayor: la acción de enfrentar algo que ya no quería seguir ocultando.
Mientras lo hacía, recordé con precisión quirúrgica lo que se sentía quedar atrapado en aquel túnel del colegio.
No era angustia: era vergüenza.
Esa mezcla extraña entre miedo y deseo, entre querer avanzar y temer ser descubierto.
Me sorprendió comprender que, de adulto, la vergüenza es más silenciosa, más elegante, más traicionera. Ya no baja la mirada: se esconde detrás de excusas impecables, responsabilidades urgentes y un hábito perfecto de no sentir.
Pero esa noche, cuando empecé a ordenar las fotos, tuve una certeza nueva:
La vergüenza no desaparece cuando decimos la verdad; pero la verdad la vuelve más liviana.
Mi mesa dejó de parecer un campo de batalla.
Era solo una mesa.
Y tal vez —solo tal vez— un comienzo.
Terminé de ordenar, apagué la luz y, antes de levantarme, escuché un eco suave, como una voz que venía de muy lejos:
“Pasará, pasará… y el que se atreva, cruzará.”
20 – Cuando el tren vuelve a silbar
Al acostarme pensé que el día había terminado ahí, en esa mesa recién despejada. Pero no. El silencio de la noche es un territorio que no perdona distracciones, y en cuanto apoyé la cabeza en la almohada apareció una imagen que no había buscado: un tren detenido en medio de un andén vacío.
No era el tren de mi infancia ni el de mis recuerdos.
Era este.
El de ahora.
El de las verdades que todavía no digo, de los miedos que siguen sentados conmigo en la oscuridad.
Me vi parado frente a la puerta abierta de uno de los vagones. Y, por primera vez, entendí algo sencillo, tan obvio que me había costado años descubrirlo:
El tren no viene a buscarme.
Soy yo quien tiene que subir.
No hay brazos que formen un túnel ni compañeros esperando mi respuesta.
Solo yo, decidiendo si avanzo o si sigo mintiéndome un poco más.
Respiré hondo. Sentí el temblor familiar —ese que mezcla duda y coraje— subir desde el pecho hasta la garganta. Y entonces pasó: no una revelación, no un cambio de vida, no un milagro. Apenas un paso. Un paso hacia adelante.
En mi imagen, el tren comenzó a moverse lentamente. No me alejaba de nada ni me llevaba a ningún lugar concreto. Solo me recordaba que estaba vivo. Que todavía podía elegir.
Abrí los ojos. Era de madrugada. No había trenes ni túneles. Solo una habitación en penumbra y el eco suave de una frase que ya no sonaba como un conjuro, sino como una invitación:
“Pasará, pasará… y esta vez, si querés, no quedarás.”
Me incorporé, todavía somnoliento, con una calma nueva —casi imperceptible, pero firme—. Y supe, sin necesidad de decirlo en voz alta, que había dado el primer paso de muchos. Que la verdad, por pequeña que fuera, había empezado a abrir espacio dentro de mí.
Y que, al final, después de tanto tiempo evitando túneles, el único que importaba era el que yo decidiera cruzar.

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A través de la ventana

A través de la ventana veo caer la lluvia ininterrumpidamente. Las gotas salpican el vidrio como si cada una fuera un fragmento de pensamiento que, al estrellarse, rozara mi rostro sin tocarlo, como si yo fuera un fantasma al que el agua atraviesa sin anunciar su paso. Viajo con la mente sin moverme del lugar.
Por un instante presiento que algo va a ocurrir, aunque no sé por qué. De repente, un pequeño tironcito me saca de mis pensamientos. Inclino la cabeza, pero no veo a nadie. Vuelvo a mirar la lluvia, intentando unir ideas que se dispersan sin rumbo, mientras cada gota dibuja nuevas imágenes sobre el vidrio.
Doy un paso hacia atrás con la intención de irme, cuando alcanzo a ver dos zapatitos escondidos detrás de una de las cortinas de terciopelo negro del comedor.
Ahí está: Lucía, paradita, mirándome como si tuviera miedo de acercarse. Agacha la cabeza con timidez y estira su pequeña muñeca Valentina, como proponiendo un pacto silencioso: vos me alzás, yo te doy mi muñeca. Acepto de buena gana.
Apenas la tengo en brazos, me pide nuevamente a Valentina, rompiendo ese acuerdo de miradas cómplices que acabábamos de sellar. Se la acerco a su cachetito, como si hiciera mucho que no la viera. Entonces me pregunta:
—¿Por qué cae el agua de la lluvia?
Lucía tiene la particularidad de tener preguntas para todo. Le invento una historia, de esas que le gustan, buscando una respuesta que pueda entender:
—La lluvia cae cuando el cielo está triste o enojado por algo que le pasa —le digo, sin pensar demasiado.
Sin que nada hubiera cambiado, me pide que la baje y desaparece con la misma rapidez con la que había aparecido. Me quedo pensando en su reacción, sin comprenderla del todo… hasta el día siguiente.
La encuentro jugando en un rincón apartado, tomando un té imaginario con su muñeca y su inseparable libro de secretos. Me acerco a traición para darle un beso, sabiendo que no le gusta interrumpir sus rituales. Entonces la escucho hablar y me quedo quieto, sorprendido.
—¡Tenés que portarte bien, Valentina! —le dice—. Por tu culpa el cielo se puso triste y se enojó. No me gusta cuando cae tanta agua. Él se pone raro… se queda mirando por la ventana y no tiene ganas de hablarme. Es como si no estuviera acá…
Esa noche casi no dormí. La frase de Lucía me quedó vibrando en el pecho, como si hubiera señalado algo que yo mismo había ignorado durante demasiado tiempo.
Es como si no estuviera acá…
A la mañana siguiente la lluvia había cesado, pero las nubes seguían colgando bajas, densas, como si vigilaran mis pensamientos. Me encontré de nuevo frente a la ventana sin proponérmelo, mirando el afuera húmedo, las hojas pesadas en la vereda, el cielo a medio camino entre la calma y el llanto.
Detrás de mí escuché pasos muy suaves, casi un rozar de medias contra el piso.
—¿Otra vez mirando el cielo triste? —preguntó Lucía, sosteniendo a Valentina por un brazo, como si la trajera a declarar.
Me sorprendió la firmeza de su mirada. Había una mezcla de preocupación y responsabilidad, como si ella y su muñeca fueran culpables de un misterio que aún no entendían del todo.
—Hoy no está triste —le respondí, obligando a mi voz a sonar más liviana—. Solo está pensando.
La frase pareció tranquilizarla, y aun así se quedó parada a mi lado, mirándome de reojo.
—¿Y vos? —preguntó—. ¿También estás pensando?
No supe qué contestar. Los niños tienen esa habilidad de abrir puertas que uno creía bien cerradas.
—Un poco —admití—. A veces uno piensa demasiado sin darse cuenta.
Ella acomodó a Valentina contra su pecho, como si quisiera protegerla del peso de mis silencios.
—A mí no me gusta cuando te quedás quietito —dijo—. Parece que te vas.
Esa frase me atravesó más que cualquier lluvia.
Me agaché para quedar a su altura.
—No me voy —le aseguré—. A veces me quedo muy quieto para escuchar mejor lo que siento. Pero sigo acá.
Lucía me estudió unos segundos, como si intentara decidir si esa explicación era suficiente.
Finalmente, extendió su mano pequeña, tibia, confiada.
—Entonces vení. —Tiró de mí con la suavidad de quien sabe que puede—. Vamos a jugar. Así no te vas a ningún lado.
Me dejé guiar. Su mundo era pequeño pero inmenso: dos tazas de plástico, una alfombra que hacía de pasto, un tomo desgastado que servía de mesa. Mientras vertía té imaginario, Lucía hablaba con Valentina de cosas que no alcanzaba a entender del todo: cielos que cambian de humor, casas que respiran, personas que a veces se apagan un ratito y vuelven después.
Yo escuchaba en silencio.
En un momento se detuvo, levantó su taza vacía y me miró seria:
—¿Sabés qué? —dijo—. Capaz que el cielo llora para que lo abracen.
No pude evitar sonreír.
—¿Y quién abraza al cielo? —pregunté.
Lucía lo pensó. Miró por la ventana, como si buscara una respuesta escondida en alguna nube.
—Todos —dijo—. Pero solo si no están tristes.
Después siguió jugando como si nada.
Yo, en cambio, me quedé un rato sosteniendo su frase, sintiendo algo abrirse lentamente adentro mío, como una ventana empañada que alguien limpia por dentro.

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Quién me creerá…

Estoy acostado, contando las olas de un mar imaginario, viendo personajes que aparecen en mí como por arte de magia. Mi mente los retiene sin ninguna explicación lógica, y a partir de esa aparición mis pensamientos se unen, más tarde, con mis manos en la tarea de dar vida a esa nueva idea. Siempre ocurre de la misma manera.
Lo primero que veo son caras de niñas pequeñas. Luego imagino sus ropas, sus colores, incluso la textura. Después, su personalidad. La historia previa llega sola, como queriendo completarlas, aunque quizá a nadie le importe. Son como hijas rebeldes que cada tanto me cuestionan. Me preguntan a qué vinieron, si no van a poder valerse por sí mismas.
Cuando eso pasa, intento explicarles que son desprendimientos míos; que yo no sería nada si ellas no aparecieran en mi mente como siempre lo hacen. Es un gran juego donde nadie sabe quién creó a quién, ni por qué fue creado… o mejor dicho, para qué.
Cuando alguien me pregunta: “¿Y vos qué hacés?”, por dentro río. Tendría mucho para contarles, pero siento que dirían que estoy completamente loco… y quizás sea cierto. “Nada, no hago nada”, contesto. Aunque, por otro lado, me encantaría decirles: creo vidas para mí.
Todas mis cosas tienen vida: un pasado, un presente y un futuro. Incluso las inanimadas. Como por ejemplo esto que paso a contarles: si un día estoy comiendo una ensalada de papas con arvejas y, al llevarme un bocado a la boca, una o varias arvejas caen del tenedor al plato, automáticamente vuelvo a recogerlas, tratando de ubicar la que cayó primero. Esa tiene prioridad. Suelo pensar que, si la elegí primero, por alguna razón tuvo que ser.
No me importa si alguien me mira. Así funciono. Soy un mecánico que cada día reconstruye su propia historia y, por consiguiente, la de todos mis personajes. Tengo rutinas propias de un roedor; la única diferencia es la rueda en la que corro, que tal vez sea distinta porque se alimenta de tiempo… y el tiempo se va agotando.
Entonces me doy cuenta de que no tengo que explicar a nadie qué hago o qué dejo de hacer. Cierro los ojos y vuelvo a contar olas imaginarias. Es mucho más sano que decir a qué me dedico. Eso me cansa. Me hace perder la cuenta de las olas.

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Nos une lo que no se olvida

Tendría que escribirte una carta como las de antes, manuscrita, de puño y letra, en ese papel especial que guardaba el olor del tiempo. Con estampillas que decían vía aérea, con ese perfume a distancia y nostalgia. Me gustaría que la recibas en tu buzón o, si tengo algo de suerte, que te la encuentres ahí, debajo de la puerta, esperándote como una factura a vencer. En fin, parece que hoy estoy como un barco viejo, oxidado, encallado en un tiempo que ya pasó. Pero así soy, y ahí me quedaré, porque es donde me siento más cómodo.
Ahora mismo te escribo desde mi tablet, negándome a hacerlo desde el maldito celular. Ya mi vista no es lo que era, y mis dedos han perdido la destreza que algunos parecen tener tan fácil en estos tiempos. Tal vez me esté poniendo viejo; siento que camino más lento que antes. No sé cuándo pasó todo esto… pero pasó.
He perdido las ganas, pocas cosas me entusiasman, y el cuerpo anda cansado. Aun así, sigo para adelante; todavía me quedan los sueños, y las ganas de vivir.
No sé a vos, pero a mí las horas se me escapan —corren demasiado rápido para mi gusto. El único bálsamo que me queda son los lunes de fulbito, donde trato de gambetear como puedo: la cabeza sigue funcionando rápido y bien, pero las piernas… las piernas no escuchan un carajo.
A veces pienso en vos, en cómo estarás, si también te pasa lo mismo… si el tiempo te pesa o te abraza. Hay días en que me gustaría que pudiéramos sentarnos en la vereda, con una coca o una cerveza tibia, y hablar de cualquier pavada, como antes. Sin apuro, sin pantallas, sin tener que mirar la hora.
Porque viste que ahora todo es urgente, todo pasa volando, todo se olvida enseguida. Antes no. Antes las cosas duraban más —las charlas, los abrazos, incluso los silencios.
A veces miro el cielo y me gusta imaginar que de alguna manera seguimos conectados, aunque estemos lejos, cada uno en su orilla. Que de tanto en tanto nuestros pensamientos se cruzan, como dos trenes que se saludan en la noche.
Yo sigo acá, amigo. Un poco más arrugado, un poco más lento, pero con el corazón latiendo con la misma fuerza de siempre.
Y mientras me quede aire, voy a seguir pateando la vida, aunque las piernas no escuchen, aunque el cuerpo se queje.
Te mando un abrazo de esos largos, de los que no se sueltan enseguida.
Ojalá un día de estos nos crucemos de nuevo, y podamos brindar por todo lo que fue, y por todo lo que aún queda por vivir.

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Aquel partido en Parque Patricios

A veces creo que sigo caminando hacia aquel Parque Patricios,
como si el tiempo pudiera doblarse
y dejarme volver a esa tarde donde todo empezaba sin que yo lo supiera.
El lugar no era mío, ni frecuente,
pero esa tarde brillaba distinto,
como si alguien —no sé quién— hubiera pactado un pequeño destino
entre la pelota, el sol y un vestido celeste.
Yo venía de perderme un cumpleaños de quince que terminó marcando mi vida,
donde un tal Jorge —ese que llegaba desde Boedo montado en una moto que no pertenecía a mi barrio—
merodeaba la puerta de la chica más bella de todas las tardes.
Ella, la del vestido celeste,
la que no necesitaba moverse para que yo quisiera ir hacia ella.
Por ese entonces yo era un desastre,
inquieto, revoltoso, una especie de mosca insistente chocando contra los manteles de plástico del barrio.
Los campeonatos callejeros eran mi escenario, y las travesuras mi idioma natural.
El padre de ella me miraba desde la rotisería de un tal Labruna como quien observa a un pibe demasiado complicado para acercarse a su casa.
Pero esa tarde en el parque todo se ordenó distinto.
Primero jugaron los mayores,
o los que nosotros creíamos mayores:
solo unos años nos separaban,
pero nosotros vivíamos la adolescencia como un abismo.
Ellos empataron, creo.
Y entonces nos tocó a nosotros.
Jorge enfrente, yo con mi cuerpo flaco
—tan flaco que ya me llamaban así: La Flaca.
Un apodo nacido de no sé qué:
la voz, el cuerpo, o quizá mi manera de andar me había condenado a ese sobrenombre.
Recuerdo que me temblaban las manos antes de empezar, como siempre,
pero bastó tocar la vieja pelota de cuero
para que todo en mí encontrara un centro.
Lo supe:
ese era mi partido.
Ese.
Ahí.
No importó el resultado,
ni las patadas que esquivé como si fueran viento.
Yo jugaba para un par de ojos marrones,
para la posibilidad secreta de que ella me estuviera mirando.
Y cuando el partido terminó,
nos dimos la mano sin ganas
y nos dejamos caer sobre el pasto,
todos juntos, varones y chicas,
como si volviéramos de una pequeña peregrinación sin santos ni rezos.
En mi cabeza solo sonaba una frase:
jugué bien, ya está.
La moto dejó de aparecer en mi barrio,
y ella, la del vestido celeste,
me eligió a mí a pesar de sus hermanos,
a pesar de su padre, a pesar de que yo todavía era casi un niño.
Después vino lo demás:
su familia que pasó a ser la mía,
el amor de los hermanos a pesar de los celos, las tareas repasadas, las series en blanco y negro que eran excusa,
los besos que parecían no acabarse nunca
y los llamados de su madre cerrando los días con un simple:
“Bueno… adentro, que es tarde.”
Ella me regaló una foto.
Mi madre la guardó como un tesoro
en una lata de alfajores Havanna.
Hoy mi madre ya no está,
y aquella foto se perdió con tantas otras cosas que la vida se llevó sin pedir permiso.
Pero la memoria —esa sí que es terca—
sigue abriendo la lata cada vez que cierro los ojos.
Y ahí está ella,
en su vestido celeste,
mirándome jugar un partido que nunca se va a terminar.

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Mangas Rojas.

Recuerdo que mis tropas de soldaditos de plástico habían acampado cerca de aquella colina llamada “Almohada Babeada”. Las carretas formaban casi un círculo perfecto y mis camaradas descansaban cerca del fuego; solo un vigía estaba de guardia, atento a cualquier movimiento que alterara la tranquilidad de la noche.
Los personajes de la historia empezaban a aparecer después de ver aquella serie de televisión en blanco y negro en aquel viejo televisor de madera: aquel rancho llamado “El Gran Chaparral”, donde el Sr. Cannon manejaba las tierras infectadas de pieles rojas, acompañado únicamente de su esposa Linda, su hijo Blue, su hermano Bob y el simpático Manolito, hijo de don Montoya, dueño del otro rancho importante de la zona.
Aquellos indios, pieles rojas, estaban comandados por su jefe Mangas Rojas, hermano de sangre de su jefe Cochís, un indio renegado que siempre emboscaba mis caravanas de suministros.
Aquella tarde, mientras el fuego del campamento se apagaba lentamente y mis soldados de plástico dormían en silencio, algo extraño sucedió. El televisor de madera, que siempre mostraba la serie en blanco y negro, empezó a emitir un zumbido raro que hacía vibrar el suelo bajo mis pies.
De repente, una figura emergió de la pantalla: era Blue, el hijo del Sr. Cannon, pero más grande, como si hubiera saltado al mundo real. Le siguieron Linda, Bob y hasta Manolito, moviéndose con la misma gracia que tenían en la serie. Mis soldados de plástico los miraban como si supieran que, por primera vez, la fantasía y la realidad se encontraban cara a cara.
—¡Comandante! —dijo Blue, señalando la colina—. Necesitamos tu ayuda. Cochís y su banda han decidido atacar el rancho esta noche, y solos no podemos detenerlos.
Yo, con mi voz de general, organicé a mis tropas. Colocamos barricadas improvisadas, escondimos suministros y diseñamos emboscadas estratégicas usando las carretas y piedras de peceras como defensas. Los personajes de la serie aprendieron rápido: Linda cuidaba de los refuerzos, Bob corría entre los caballos y Manolito era nuestro explorador, listo para aparecer detrás de Cochís con maniobras sorpresa.
Cuando la noche llegó, solo se escuchaba el retumbar de los tambores de guerra. Cochís y su banda avanzaban sigilosamente, arrastrándose entre la maleza. Pero esta vez no era solo un juego: los soldados de plástico luchaban junto a los personajes de la televisión, y cada emboscada se volvía más emocionante que cualquier cosa que hubiera imaginado. Las flechas de Cochís caían y herían a los soldados que defendían su posición; los caballos relinchaban y las carretas giraban formando líneas defensivas como en un ejército real.
Al amanecer, la batalla terminó. Cochís retrocedió, derrotado por un ejército que combinaba imaginación y realidad. Exhausto, pero orgulloso, observé a mis soldados y a los personajes de la serie: aunque vinieran de mundos distintos, juntos habían logrado proteger el rancho.
Desde ese día, cada tarde frente al televisor ya no era solo un momento de ver aventuras en blanco y negro. Era un portal hacia un mundo donde los juguetes podían ser héroes, los personajes de la televisión podían caminar entre nosotros y cualquier niño podía convertirse en comandante de su propio ejército épico.

Esa tarde, mientras aún celebrábamos nuestra victoria, una sombra se deslizó sobre el rancho. Un relincho desesperado anunció lo que nadie quería creer: Mangas Rojas, el hermano de Cochís, había irrumpido sin aviso y, con astucia y rapidez, había raptado a Linda, la mujer del Jefe Cannon.
El pánico se sintió instantáneo entre nuestros soldados de plástico y los personajes de la serie. Blue gritó:
—¡No podemos dejar que se la lleven!
El Sr. Montoya, padre de Linda, apareció en la colina con su característico sombrero polvoriento y un brillo decidido en los ojos. Aunque los años lo habían hecho menos ágil, su mirada mostraba que no se dejaría vencer y menos si su hija era raptada por aquel asesino.
—Jefe Cannon —dijo con voz firme—. No vamos a permitir que se la lleven. Vamos a rescatarla.
Nos reunimos rápidamente y diseñamos un plan: yo lideraría la retaguardia con los soldados de plástico, asegurando que ningún aliado quedara expuesto; Blue y Bob serían el frente rápido, moviéndose entre los arbustos y rocas; Manolito y yo nos encargaríamos de seguir las pistas de Mangas Rojas y encontrar dónde había escondido a Linda; y el Sr. Montoya, con su experiencia, nos guiaría hacia el corazón del territorio enemigo.
La noche cayó como un manto oscuro y silencioso. El viento traía consigo risas y olor a alcohol; estábamos muy cerca del campamento enemigo. La sombra de lo que parecía ser Mangas Rojas desaparecía entre los árboles. Cada paso que dábamos era un riesgo, pero la determinación nos empujaba hacia adelante.
Finalmente, llegamos cerca de l colina donde Mangas Rojas había construido un improvisado campamento. Linda estaba allí, amordazada y atada a un árbol cerca de la carpa del gran jefe, su mirada perdida y sus ropas rasgadas nos inspiró aún más valor. Antes de que pudiéramos actuar, Mangas Rojas apareció entre las sombras, ebrio y con gritos amenazantes:
—¡Jefe Cannon! ¿De verdad crees que podrás rescatarla?
Pero no estábamos solos. Los soldados de plástico, que hasta ese momento habían permanecido vigilantes, avanzaron en formación, empuñando sus rifles y pistolas. Blue y Bob se movieron con rapidez, rodeando al enemigo. Y entonces, con un rugido inesperado, el Sr. Montoya se lanzó sobre Mangas Rojas, demostrando que la experiencia también es un arma poderosa.
Entre maniobras audaces, saltos precisos y la coordinación perfecta entre realidad y fantasía, logramos liberar a Linda. Mangas Rojas, desconcertado y superado, desapareció entre las rocas, jurando que volvería.
Linda, agradecida, abrazó a su padre y luego a su esposo, el Jefe Cannon. El rancho estaba a salvo una vez más, y todos comprendimos que la verdadera fuerza no solo estaba en las armas ni en la estrategia, sino en la valentía, la lealtad y el trabajo en equipo, sin importar de qué mundo vinieras.

No pasó mucho tiempo antes de que la paz del rancho se viera amenazada de nuevo. Mangas Rojas, humillado por nuestro rescate de Linda, no había olvidado la derrota. Esta vez traía consigo un ejército… de indios de plástico con sus caras pintadas para la guerra. Cada uno, meticulosamente alineado, arcos, flechas, hachas y lanzas diminutas repletas de plumas de colores, todos parecían tan decididos como él a sembrar el caos en nuestro rancho.
Esa madrugada, mientras la niebla cubría los campos, escuchamos el sonido de pequeños tambores y el crujido de hojas secas. Blue fue el primero en alertarnos:
—¡Comandante! ¡Los indios de plástico están acercándose por el oeste!
Rápidamente, retomamos nuestras posiciones. Esta vez, la estrategia debía ser diferente: los soldados de plástico se iban a enfrentar a un ejército de indios parecidos, pero dispuestos a todo. Necesitábamos ingenio y astucia.
Yo organicé a los personajes:
* Linda se encargaba de los suministros, nos proveía leche chocolatada y alguna que otra galletita.
* Bob se convirtió en el explorador nocturno, moviéndose entre sombras y preparando trampas improvisadas con hilos y ruedas de carreta.
* Manolito se convirtió en la sorpresa: saltando entre las filas enemigas para desorientar al ejército de plástico.
* El Sr. Montoya nos enseñó un viejo truco: usar el reflejo de la luna para poder vernos y así confundir al enemigo.
Cuando Mangas Rojas y sus indios de plástico atacaron, encontraron un rancho vacío. La sorpresa fue total: estábamos preparados. Las flechas de los juguetes enemigos se desviaban contra piedras estratégicamente colocadas, y las emboscadas improvisadas atrapaban a los que intentaban rodearnos. Cada movimiento de Mangas Rojas era contrarrestado por nuestras defensas; los soldados de plástico y los personajes de televisión estaban en todos lados.
En el clímax de la batalla, Mangas Rojas, enfurecido, se lanzó hacia Linda, intentando usarla como señuelo. Pero entonces, en un movimiento inesperado, los soldados de plástico se unieron como una muralla viva, empujando hacia atrás al enemigo. Manolito apareció desde la retaguardia, haciendo que Mangas Rojas tropezara con un pequeño carro lleno de piedras. Finalmente, con un salto heroico, el Sr. Montoya derribó al jefe enemigo, mientras Blue liberaba a los indios de plástico leales, que se habían cansado de seguir a Mangas Rojas por miedo.
Al amanecer, la batalla terminó de nuevo. Mangas Rojas, derrotado y sin ejército, desapareció entre las piedras de aquella colina, jurando que volvería con un plan aún más astuto. Pero por ahora, el rancho permanecía seguro, protegido por la mezcla única de imaginación, valor y ejércitos que cruzaban los límites de lo real y lo fantástico.

Mientras tanto, Mangas Rojas, escondido en la cueva, observaba el valle desde la entrada. Su mirada roja brillaba con odio contenido, y mientras recolectaba juguetes viejos, se reía para sí mismo. Cada figura rota, cada soldado olvidado, cada muñeco polvoriento se unía a su ejército, y bajo su mando aquellos juguetes cobraban un extraño poder.
Luego llegaron los luchadores malos del ring, gigantescos y ruidosos, con máscaras y músculos exagerados. Su fuerza combinada con la astucia de Mangas Rojas era aterradora. Cada paso que daba el nuevo ejército hacía temblar la colina, y los rumores del valle hablaban de un ejército imposible que estaba a punto de lanzarse contra el rancho.
Pero del otro lado, los héroes del rancho no estaban dormidos. El Comandante y su ejército de juguetes entrenaban nuevas tácticas, y los personajes de televisión compartían historias de estrategias pasadas. Linda ya no solo cuidaba suministros, sino que también ideaba planes de contingencia; Manolito y Bob exploraban los alrededores, buscando pistas del movimiento de Mangas Rojas; y el Sr. Montoya recordaba cada vieja defensa aprendida en su juventud.
El choque era inevitable. Dos mundos de fantasía y valor estaban a punto de enfrentarse, y la historia del rancho estaba a punto de alcanzar un nuevo nivel de épica. Cada juguete, cada figura, cada héroe tendría que demostrar que la imaginación, la lealtad y la valentía podían superar incluso a un ejército construido con odio y rencor.

El amanecer se levantó con un cielo gris y nublado. En la cima de la colina babeada, el Comandante miraba el horizonte: allí, los juguetes descartados y las sombras imponentes de los luchadores malos del ring se acercaban lentamente, formando un ejército más extraño y peligroso que cualquiera que hubiéramos enfrentado.
—¡Comandante! —gritó Blue—. ¡Están avanzando!
Rápidamente, organizamos nuestras defensas. Esta vez, cada sección del rancho tenía un papel especial:
* Linda se encargaría de los suministros y la cura de los heridos.
* Bob, experto en sigilo, se movía entre la maleza dejando trampas entre las ruedas de las carretas y la maleza para demorar a los luchadores malos.
* Manolito, como siempre audaz, saltaba entre filas enemigas, haciendo que los juguetes y los luchadores tropezaran unos con otros.
* El Sr. Montoya, con calma y experiencia, coordinaba el flanco derecho y dirigía a los soldados de plástico en formaciones que confundían al enemigo.
Cuando Mangas Rojas lanzó su primer ataque, fue un caos controlado: los luchadores malos intentaban romper las barreras, pero se encontraban con muros de carretas, soldados de plástico que se agrupaban como si fueran una sola muralla y trampas estratégicamente colocadas. Los juguetes descartados, aunque numerosos, eran torpes y se estrellaban entre sí, creando momentos de desconcierto que nuestros héroes aprovechaban al máximo.
—¡Ahora! —grité—. ¡Todos a la ofensiva!
Blue y Bob cargaron con rapidez, atacando por los flancos, mientras Manolito saltaba desde los arbustos, derribando a los luchadores malos uno por uno. Linda corría raudamente, curando a todos nuestros heridos.
Mangas Rojas, furioso, trataba de coordinar a su ejército, pero cada maniobra era anticipada por la combinación de estrategia y creatividad de nuestro grupo. Finalmente, en un movimiento arriesgado, el Sr. Montoya trepó a una roca y, con un salto ágil, derribó la lanza de Mangas Rojas, simbolizando la derrota de su ejército.
Los luchadores malos, confundidos y golpeados por su propio ejército, se retiraron hacia la colina, mientras los juguetes descartados se dispersaban; algunos incluso uniéndose a nuestros soldados, reencontrándose después de un tiempo. Al fin y al cabo, todos dormían en la misma caja la de dulce de membrillo.

Al caer la noche, el rancho permanecía a salvo. Exhaustos pero felices, nos sentamos junto al fuego. Los personajes de televisión reían, los soldados de plástico se acomodaban en filas perfectas y los juguetes olvidados que habían participado en la batalla celebraban su nueva amistad y lugar en el mundo.
Esa noche comprendimos algo importante: incluso frente a un enemigo construido de odio, astucia y fuerza bruta, la imaginación, la valentía y la colaboración podían superar cualquier amenaza y convertir a los más pequeños y olvidados en héroes inesperados.

Después de su derrota, Mangas Rojas se retiró a la cueva secreta en la colina. Allí, entre sombras y polvo, empezó a trazar su venganza definitiva. No se trataba solo de juguetes descartados ni de luchadores malos; necesitaba algo que combinara miedo, sorpresa y astucia.
Entre piezas rotas de trenes, bloques de Lego, muñecos olvidados y figuras de acción dispersas, comenzó a organizar un ejército que nadie podría imaginar.
Mangas Rojas se paseaba entre sus filas, señalando con su dedo rojo:
—Esta vez no habrá escapatoria. Esta vez, el rancho caerá bajo mi poder… y todos recordarán que Mangas Rojas nunca se rinde, iremos por sus cueros cabelludos!
Mientras tanto, los héroes del rancho habían comenzado a notar señales: pequeños destellos de movimiento en la colina, ruidos extraños en la noche y juguetes desconocidos en los alrededores. El Comandante reunió a su ejército:
—Escuchen todos. Esta vez no podemos subestimarlo. Mangas Rojas planea algo enorme. Necesitamos ingenio, valentía y coordinación más que nunca.
Linda revisó suministros y preparó estrategias defensivas: barricadas con cajas de fósforos y algunas rutas de escape para los soldados de plástico. Manolito y Bob exploraron los alrededores, estudiando cada arbusto y cada sombra, anticipando emboscadas. El Sr. Montoya enseñó un viejo truco de su juventud:
—A veces, el enemigo más fuerte es el que menos esperas. La sorpresa es tu mejor arma.
Blue, fiel y valiente, lideró simulacros de ataque rápido, entrenando a los héroes y soldados para reaccionar con precisión ante cualquier movimiento enemigo.
Mientras la noche se acercaba, Mangas Rojas observaba desde su cueva, calculando cada detalle de su ataque final: el terreno, la luna, las sombras, el ruido… y la oportunidad de vengarse del rancho que una y otra vez lo había derrotado.
El choque final estaba a punto de comenzar. Esta no sería solo una batalla de juguetes y héroes de televisión: sería un enfrentamiento donde la creatividad, la valentía y la astucia decidirían el destino del rancho… y quizás, para siempre, el lugar de Mangas Rojas en la historia de esta épica fantasía.

La noche estaba oscura, con la luna apenas iluminando el campo del rancho. Desde la colina, los héroes podían ver movimientos extraños: sombras rojas que se deslizaban, destellos metálicos de juguetes inventados, formas gigantescas de peluches que parecían monstruos. El aire olía a aventura y a peligro.
—¡Comandante! —gritó Blue—. ¡Ahí vienen!
Rápidamente, cada héroe tomó su posición:
* Linda, con ingenio y calma, activó su hospital de campaña y organizó los suministros: una galletita y un sorbo de leche para cada uno; había que racionar la merienda.
* Manolito y Bob se movieron entre los arbustos, preparando trampas con sogas y ruedas para atrapar a los juguetes mecánicos defectuosos, que se movían de manera impredecible.
* El Sr. Montoya dirigía a los soldados de plástico, creando formaciones que confundían a las sombras humanas, haciendo que se atacaran entre sí.
* Yo, como Comandante, coordinaba la defensa general, asegurándome de que cada ataque enemigo fuera anticipado y contrarrestado.
Mangas Rojas lanzó su primer ataque: los gigantescos peluches avanzaban torpemente, haciendo que los soldados de plástico se replegaran momentáneamente. Pero entonces, un ingenioso sistema de defensa se puso en práctica, una descarga de banditas elásticas, dirigido por Manolito, los detuvo y los hizo caer sobre las propias filas enemigas.
Los juguetes defectuosos comenzaron a moverse de manera caótica, creando confusión; los pequeños bloques de plástico quedaron indefensos. Fue ahí que Bob, con sigilo, aprovechó la situación y los redirigió hacia el flanco izquierdo, donde Linda y los soldados de plástico los recibieron con una lluvia de proyectiles improvisados.
Las sombras humanas intentaban infiltrarse en el rancho, pero el Sr. Montoya y Blue habían preparado trampas de barro y redes que atrapaban a los intrusos, dejándolos incapacitados temporalmente. Cada maniobra de Mangas Rojas era anticipada y neutralizada por la combinación de estrategia, ingenio y valentía de nuestro ejército mixto.
Finalmente, tras horas de lucha, Mangas Rojas quedó atrapado en un círculo de soldados de plástico y juguetes heroicos. Exhausto, derrotado y sin opciones, cayó de rodillas, jurando que algún día regresaría.
El rancho estaba a salvo una vez más, y los héroes celebraron su victoria: los soldados de plástico se alinearon en perfecta formación, los personajes de televisión sonreían con orgullo y los juguetes olvidados encontraron su lugar entre los defensores del rancho.
Esa noche, alrededor del fuego, comprendimos que la verdadera fuerza no residía en la cantidad de soldados, ni en la fuerza bruta de los enemigos, sino en la imaginación, el trabajo en equipo y la valentía de cada héroe, sin importar de qué mundo viniera, fin.

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La Mujer Zapallito

El relato que leerán no es más que la leyenda de la Mujer Zapallito, un ser casi despiadado que, a partir de cierta hora, se transformaba en un monstruo capaz de abrirle la boca a un cocodrilo dormido.
Alrededor del mediodía, esta mujer cambiaba casi siempre su personalidad. Todo comenzaba cuando descolgaba mi capa, que ella dejaba detrás de la puerta de la cocina todos los días, incluso los domingos, para luego usarla… del lado equivocado.
Yo solía ponerme la capa en la espalda para poder volar o luchar como los romanos de las películas de los sábados en televisión. Ella, en cambio, la usaba por delante, para no ensuciarse el vestido, y le llamaba “delantal”.
(Acá vale aclarar que, algunos días, decía: “¿Qué estuviste haciendo en el colegio que está todo el delantal sucio?”)
Mientras tanto, yo me preguntaba: ¿delantal, capa, guardapolvo? ¡Demasiados nombres que solo me sumaban más confusión!
¿Cómo es que tiene un solo guante gigante para abrir un horno?
¿Quién es realmente esta mujer?
¿Por qué quiere que coma todo el tiempo?
El día empezaba viéndola lavar unas bolas verdes llamadas zapallitos, que, al contacto con el agua hirviendo, largaban un olor inconfundible: el olor a la penitencia.
Todo se desarrollaba de manera tranquila: ayudar a poner la mesa, acomodar las benditas servilletas, traer el vino, la soda… y, dentro de lo posible, intentar escapar.
Luego de cada intento fallido, me encontraba frente a frente con la villana de esta historia, que empezaba a torturarme. Primero, con la palabra:
—¡Come! —repetía, insistentemente—. No te levantas de ahí hasta que no te comas todo.
Nunca entendí bien qué significaba “todo” en boca de ella. Pero ante eso, yo usaba mi inquebrantable voluntad de superhéroe y resistía todas las torturas imaginadas: palmadas en las piernas, tirón de orejas, correctivo en la nuca… y la peor de todas, la apretada de cara para abrir la boca.
Luego venía la cuchara, repleta de una sustancia medio amarillenta, que debilitaba mi resistencia como si fuese KRYPTONITA.
La Mujer Zapallito era mi debilidad. Nunca pude vencerla.
Con el paso de los años, esas cosas verdes siguieron causándome problemas. Ya de más grande, empezaron a aparecer rellenas de carne picada y bañadas con una especie de salsa… ¿blanca?
—¡Desde cuándo una salsa es blanca! —grité.
La respuesta: otro triunfo de la Mujer Z, pues me venció poniéndomelos… de sombrero.
Hoy, ya mucho más grande, recuerdo con nostalgia a esa súper mujer, porque me quedé sin rival. Cuando paso por una verdulería y veo cómo siguen existiendo esas bolas verdes, solo puedo pensar que la vida es injusta: ¿cómo pudieron sobrevivir estas bolas horribles y mi madre no?
La debilidad de la Mujer Zapallito resultó ser una palabra que descubrí ahora que ya no está: “Bebe” (así le decía ella a mi padre). A él le agradaba comer esas cosas raras y verdes.
¿Mi debilidad, se preguntarán?
Creo que es que extraño esos tiempos pasados.
¿Si tengo enemigos?
Por supuesto que sí: son de color verde y tienen una forma medio rara…

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La anarquía de los bombones

Alguien puede decirme quién decide qué lleva un bombón en su interior?
¿Por qué debemos enfrentarnos al misterio de su contenido, como si la sorpresa fuera parte obligatoria del ritual?
¿Es justo morder algo elegido por la vista para luego descubrir, con la boca, que no era lo que esperábamos?
Estas preguntas —y otras cientos igual de inquietas— rondan por mi cabeza asustada.
Me pregunto si aquel viejo piropo que solíamos dedicarle a una hermosa mujer tendrá algo que ver con este enigma.
Quizás, cuando decíamos: “Adiós, bombón… cómo me gustaría desenvolverte y que te derritas en mi boca”, no imaginábamos que el resultado podía ser el mismo que con una delicia mal elegida: un mordisco errado, seguido de un rechazo silencioso, casi cruel.
¿Tendrá esto relación con el origen mismo de la humanidad?
¿Con aquel primer pecado de haber mordido algo sin saber qué contenía?
Quién lo sabe, ¿no?
Ahora bien, después de haber “mordido” a alguna que otra mujere, puedo decir que todas guardan un secreto dentro.
Y quizá sea precisamente eso lo que las hace tan irresistibles a nuestra vista: su misterio, su interior inesperado.
Por eso, amigos, cuidado con las tentaciones: a veces pueden dejar un mal sabor de boca.

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Me sobran los jueves

Otro año que pasó, como si fuera un almanaque antiguo clavado en la pared de alguna dependencia pública olvidada. Cada persona que pasó cerca me arrancó un día sin que yo me diera cuenta. Al final del año me encuentro delgado de tantos tirones, de tantos días arrancados quién sabe por quién. El cansancio de estar colgado, casi olvidado, detrás de una puerta que solo se abre para averiguar qué fecha es… o cuándo cobramos.
La única esperanza que me queda es desear un año nuevo con menos rojos en los números y menos fechas marcadas para recordar. Sueño con que alguna vez llegue sin los jueves, que muchos no entenderán.
¿Para qué son los jueves?, me pregunto insistentemente.
No creo que alguien tenga respuesta para una pregunta tan sencilla. Seguramente dirán: “es un día como cualquier otro, no veo la diferencia”.
Ahí está mi problema.
De tanto estar colgado detrás de una puerta, esperando que me arranquen otro pedazo de vida, me di cuenta de que me sobran los jueves. Trato de hacer memoria, de recordar qué hice el jueves anterior, y el resultado siempre es el mismo: no lo recuerdo.
Para muchos será una tontería, pero a mí me preocupa. Es un lugar que no conozco; no recuerdo haber estado nunca en un jueves.
Si alguien lee esto y sabe qué hacer al respecto, le agradecería su conocimiento. Estaría casi dispuesto a compartir un jueves, solo para saber de qué se trata.

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Niebla

Te imagino caminando solo, como casi siempre. No recuerdo haberte visto acompañado. A veces te sueño y me pregunto qué más pude haber hecho para que no te sintieras tan solo, qué palabra, qué gesto, qué abrazo faltó.
Te veo entre la niebla, avanzando sobre calles húmedas e interminables, y me duele pensar: ¿por qué vos? Me gusta creer que buscas a alguien que camine a tu lado en ese camino infinito.
Te extraño. Es raro escribirlo, porque parece que en cualquier momento vas a aparecer. Cada día, cada hora, cada minuto, si veo a alguien con la cabeza rapada, mi mirada vuela hacia él, buscando verte. Es un tic que no puedo controlar, un hábito de corazón.
Deseo verte. No controlo los tiempos, pero sé que nos encontraremos. Y cuando eso pase, no habrá reproches. Solo quiero abrazarte, sentirte cerca, y darte un beso que guarde todo lo que no pude decir.
El tiempo, la edad, la vida misma… nos alejaron del lugar donde compartíamos risas, tristezas y secretos que solo los hermanos entienden. El tiempo pasa demasiado rápido, y muchas veces no nos damos cuenta de lo que perdemos en su paso.
Quizás nos perdimos, pero prometo buscarte. Bien sabés que lo que prometo, lo cumplo. Te mando un beso y te quiero, hermano. Lamento no habértelo dicho este último tiempo, pero la rabia me nublaba… Casi siempre estoy enojado, y ahora entiendo que es la injusticia de la vida contra los buenos. Cada error que cometemos, pagamos las deudas que otros, disfrazados de “muy buenos”, dejan atrás.
Aun así, te buscaré. Te esperaré. Porque los hermanos que se quieren de verdad, no se pierden del todo.

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Estado ausente

Lucía es una nena especial; no me cansaré de repetirlo. Su singularidad va mucho más allá de la forma de caminar, tan particular que no puedo ni quiero corregir, o de sus preguntas temidas. Es especial por la manera en que detecta mi estado de ánimo, incluso antes de que yo mismo lo reconozca.
Suele sentarse cerca mío, en silencio, como si respetara la distancia sin darse cuenta de si estoy presente o no. La observo de reojo, con ternura, intentando adivinar qué pasará por su cabecita. La veo esforzándose por escribir algo que aún no sabe, trazando garabatos en su cuaderno de secretos. De pronto, algo despierta mi curiosidad y logra sacarme de mi encierro. Entonces, surge mi pregunta:
—¿Qué escribís, Lucía?
—Nada —responde, con un dejo de enojo.
—No sé las letras todavía, son dibujitos.
Insisto, suave:
—Contame entonces, ¿qué dibujás?
—Te dibujo a vos —dice, casi enojada, y gira su cuaderno para mostrarme algo apenas reconocible.
—¿Ese soy yo?
—Sí, claro —responde, moviendo los hombros como diciendo: “¿cómo no te diste cuenta antes?”
Al mirar de nuevo, solo veo un círculo a medio terminar.
—¿Esta es mi cabeza o mi cara?
Me observa, muerde su labio inferior como si estuviera enfadada, y responde con firmeza:
—¡Esa es tu cara! ¿No te diste cuenta?
Me quedo un instante contemplando ese círculo vacío y pienso si todos los que me rodean me verán así. Quizá es hora de completar mi círculo; no debo demorarlo más. Así sabrán quién soy realmente.
Me acerco a Lucía y a su muñeca, tomo su cuaderno y, con lápiz negro, completo el círculo dibujando una sonrisa. Al final, escribo una letra: la “A”.
Me observa atentamente mientras se recuesta sobre mi pierna, me entrega su muñeca y pregunta:
—¿Qué es eso?
—Una letra —respondo.
—¿Para qué sirve?
Pienso un instante y digo:
—Sirve para escribir lo que a veces no nos animamos a decir.
—Qué raro —murmura—, una letra que habla…

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Promesa y cristalitos verdes.

Me quedo quietecita, sentada junto a la pared, como una nena buena que espera lo imposible:
la promesa que no llegó,
el regalo pedido,
la desilusión envuelta en silencio.
Pateo la puerta vieja de casa y las lágrimas me arden.
Rabia por lo que no tengo, por lo que se rompe sin romperse.
Mi corazón cae en pedacitos sobre el piso;
guardo uno con cuidado furioso
y lo escondo en su zapato,
el mismo que lustré con pomada negra,
para que lo sienta al caminar,
para que no olvide.
Me voy arrastrando los pies.
Las lágrimas se desprenden solas,
como si mis ojos ya no supieran guardarlas.
Camino por una vereda húmeda, saltando baldosas,
mis dedos rozan las paredes,
me detengo en una llena de pequeños cristalitos verdes que me hacen cosquillas.
Juego con mi sombra como si fuera mi mejor amiga, hasta llegar otra vez a la vidriera:
ahí donde lo que deseo
sigue esperándome
bajo aquella lluvia que moja hasta el pensamiento.
Es tarde, y aun así no quiero volver.
Al fin regreso, siguiendo apenas
la ruta invisible que mi dedo había dibujado.
Llego.
Y sé que quizá más tarde tenga que esconderme,
y que, seguramente, lloraré de nuevo.
Pero también sé —muy en secreto—
que algún día, en cualquier tarde humilde,
mi deseo podría cumplirse,
y eso que tanto quiero
podría, por fin,
venir a visitarme.
Esa noche vuelvo a la casa como quien regresa a una herida.
La puerta se abre con el mismo gemido de siempre y, por un momento, pienso que hasta la madera sabe
que sigo esperando lo que no llega.
Entro sin encender la luz.
El silencio me queda grande,
como un abrigo prestado que nunca termina de calentar.
Camino a tientas hasta mi cuarto
y me siento en el borde de la cama,
dejando que la oscuridad me envuelva
como un abrazo que no pedí.
Busco el pedacito de corazón que escondí en aquel zapato,
pero esta vez no lo encuentro.
Revoloteo los rincones,
muevo las cosas con torpeza desesperada,
hasta que entiendo que se perdió,
que alguien lo recogió sin saber
y lo tiró a la basura.
Me quedo quieta.
La ausencia late más fuerte
que cualquier esperanza.
Afuera comienza a llover otra vez,
esa lluvia fina que no lava nada,
solo agrega peso.
Las gotas golpean el techo como si marcaran el paso
de algo que ya no vuelve.
Me recuesto despacio,
mirando un punto cualquiera en la oscuridad,
y entonces lo admito:
quizá mi deseo no venga nunca,
quizá siempre me quede esperando
del otro lado de una vidriera,
mirando lo inalcanzable
como si bastara con mirarlo
para que un día me eligiera.
Las lágrimas caen sin prisa,
y no hago nada por detenerlas.
Se deslizan por mis sienes,
se pierden entre las sábanas frías,
y pienso que tal vez así sea la vida:
una serie de promesas que no se cumplen
y pedacitos de corazón
que uno aprende a perder sin hacer ruido.
Cierro los ojos.
No hay consuelo.
Solo un cansancio hondo
y la sensación amarga
de que mañana volveré a caminar la misma calle,
a mirar la misma vidriera,
a esperar lo mismo…
aunque ya no crea que viene.
Han pasado años desde aquellas tardes de vidrieras y cristalitos verdes.
La calle sigue ahí, casi idéntica, aunque mis pasos ya no saltan baldosas ni buscan secretos en las paredes húmedas.
Mi sombra me acompaña todavía, más discreta, menos amiga de juegos, más guardiana de lo que soy.
El corazón que un día escondí en un zapato dejó de doler, pero aprendí a reconocer su eco en lugares inesperados: en un aroma, en un gesto, en un silencio que se parece al mío.
Una tarde, sin que nadie lo anunciara, la vidriera cambió.
El objeto de mis deseos infantiles ya no estaba donde lo había dejado la memoria, pero algo brillaba distinto: una pequeña muñeca llamada Valentina, con ojos que contenían la tristeza y la paciencia de todos mis años de espera.
La tomé entre mis manos y sentí cómo los años de lágrimas y pedacitos de corazón se reunían en su sonrisa diminuta.
No era la promesa que pedí de niña, pero sí la que necesitaba: un recordatorio de que los deseos pueden llegar en formas pequeñas, discretas y perfectas.
Volví a casa con los bolsillos vacíos, como siempre, pero con la cabeza más ligera.
Me senté en el borde de la cama, como aquella niña que conocía la espera, y por primera vez no sentí que el silencio me quedara grande.
Valentina estaba allí, un pedazo tangible de mis deseos, un abrazo que podía sostener, y la magia de la vida que llega a su manera.
Esa noche, mientras la lluvia fina golpeaba el techo y los cristalitos verdes de la memoria seguían brillando, sonreí sin darme cuenta.
No había certezas, no había promesas completas, pero había algo más: la paciencia, el cambio, y la capacidad de recibir lo que el tiempo finalmente ofrece.
Y supe, con un extraño alivio, que mi deseo había llegado: no como lo imaginé, sino como debía llegar, en forma de una muñeca pequeña llamada Valentina, paciente, silenciosa y llena de secretos por descubrir.

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La maldición del 225

Todavía retengo en mi memoria la foto de aquel instante: el frente de la casa recién pintado con cal, que luego fue ensuciado por otras pintadas de noche, según mi padre, casi siempre políticas. Me veo con mi camiseta de RIVER, pateando la pelota de cuero blanca con gajos rojos gastados, regalo de Navidad con el consabido consejo: “¡Tienen que cuidarla!”, que mi hermano mayor me transmitió, seguramente con otras palabras.
Solíamos jugar en la vereda, aunque era peligroso. Existían el “225”, el “233” y el “404”, pero el verdadero terror era el famoso asesino de pelotas: el 225. Un colectivo blanco con pequeñas líneas negras que parecía un ladrón de cualquier juego. No importaba cuánto gritáramos: “¡Pare! ¡Pare!”, la pelota, desesperada, trataba de esquivar sus ruedas, pero siempre había una que lograba su objetivo… ¡zas! La reventaba sin contemplación y seguía su camino, arruinando infancias de todos los chicos de la cuadra.
Con el tiempo, esos colectivos fueron reconvertidos: el 225 pasó a ser el 25, el 233 se transformó en 133 y el 404 quedó reducido a 44. Quizás era justicia divina o una especie de condena por asesinato de pelotas, una reivindicación hacia los niños que sufrimos sus ataques.
Recuerdo el cadáver de la pelota, tirado junto al cordón de la vereda. Ir a recogerla era toda una ceremonia. Cuando la agarrabas, no podías creer lo que un colectivo podía hacerle a algo tan pequeño. Yo solía pensar que el término “hecho pelota” venía del 225.
Faltaba lo peor. Los hermanos mayores siempre echaban la culpa de todo a los más chicos. Yo era el menor, así que todo lo que se rompía, se volcaba o simplemente desaparecía… era culpa mía. Después de la reprimenda de mi hermano—“¡No sabes pegarle derecho!”—entrábamos a la casa en silencio.
Pero siempre aparecía mi mamá, gritando: “¡NO HAY MÁS PELOTA PARA NADIE! ¡No puede ser que no les dure nada!”. Mi hermano se la agarraba conmigo, no con el 225. Yo corría hacia los brazos salvadores de la abuela Lucía o de mi tía Rosa. Lo que nadie entendía era que pegarle “derecho” significaba para mí romperme los dedos de los pies. Para mí, la pelota pesaba más que yo, mis zapatillas no ofrecían mucha defensa y lo mío siempre fue gambetear.
Hoy, mucho más grande, a veces escucho: “Saben qué jugador serías si le pegaras más al arco”. Y siempre respondo lo mismo: “Si yo hubiera hecho eso que decís, ¿creés que estaría acá jugando con vos? No, estaría perdido en otra cosa”.
Es por eso que soy distinto. No me importa dónde podría haber llegado. Estoy acá, y voy a seguir gambeteando todo lo que la vida me ponga delante.

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Sentado con los pies cruzados

1. Llegada a Mar del Plata
Estoy sentado, pies cruzados, frente a una hoja en blanco. Mis dedos esperan, impacientes, a que la historia que habita en mi memoria se convierta en palabras. Apenas comienzan a moverse, vuelvo a esos viajes de invierno a Mar del Plata, cortos, tranquilos, llenos de secretos que solo yo conocía.
Todo comenzaba en Corrientes 1958, entre Belgrano y Moreno, en un departamento que parecía guardar un mundo aparte. Viajábamos en micro con mi tía Titi y mi abuela Lucía, sin que yo supiera del todo por qué, más allá de pagar impuestos de otoño e invierno. Para mí, todo era un regalo: un mundo entero solo para mí.
Al llegar a la terminal, un taxi nos llevaba por calles rodeadas de edificios, negocios y cafés. El mar estaba escondido, y no importaba. Lo primero que llamaba mi atención era la regalería de la puerta de al lado,la vidriera llena de autitos Buby sobre sus cajas amarillas, casi implorando que los llevara conmigo. Intentar despegarme de ese vidrio era una batalla perdida antes de comenzar la verdadera aventura.

2. El edificio encantado
Al entrar al edificio, me envolvía un olor dulce y distinto, un perfume de madera, alfombra y misterio. A un lado, un mural pintado; al otro, la madera oscura que solo se iluminaba por los círculos de bronce en el techo. Al fondo, la conserjería con un teléfono negro y un conmutador me fascinaba: alguna vez me dejaron acomodar sobres, y yo sentía que participaba en un secreto que nadie más comprendía.
La alfombra bordó, los ascensores de puerta de madera y lona verde, me recordaban mi programa favorito, El flequillo de Bala. Apoyarme en el banquito de tres patas para presionar el botón del ascensor era un ritual: equilibrio precario, corazón latiendo fuerte… y la puerta del departamento 9B, al abrirse, me daba la bienvenida a otro mundo.

3. Dentro del departamento: un universo propio
Abrir la puerta era magia pura. El primer objetivo: el banquito, el pasador plateado, y ese botón diminuto que cerraba la puerta solo con presionarlo. Para mí, no era un cierre, era un hechizo.
Luego comenzaba la inspección de los objetos guardados del verano: la palita roja, el rastrillo a juego, el balde blanco con rayas verdes, la pelota azul de Nivea que aparecía inesperadamente, como un regalo silencioso. La mesa del comedor, cubierta por un paño verde, se convertía en mesa adulta al levantar la tabla central. Allí jugábamos a la casita robada o al fulbito con botones, y yo me sentía el rey de ese universo diminuto.
La lámpara negra de pie, parecida a un plato volador, iluminaba mis miedos nocturnos. Los cuadros de peces, pintados por mis primos, colgaban idénticos en la pared verde agua. Para mí eran iguales, perfectos; solo ahora entiendo que la visión de la infancia y la de los adultos son mundos distintos.

4. Aventuras de invierno
Estar solo en Mar del Plata durante el invierno tenía sus ventajas: paseos en pato con mi abuela, mirar el mar sin mojarme, caminar por la rambla hasta la plaza Colón, y rogar por alquilar un sulkiciclo. Comer pochoclo hasta sentir que me pegaba al techo, explorar Sacoa sin esperar a nadie, hundir barcos desde el periscopio del submarino… cada pequeño descubrimiento era un triunfo.
Y, por supuesto, la joya: un autito Buby de colección, regalo de la abuela. Un Fiat 1500 blanco, con puertas que se abrían… esas eran, sin duda, las verdaderas vacaciones.

5. Reflexión final
Se preguntarán: ¿y en verano?
Esa es otra historia, más complicada, llena de ruidos, sol, peleas, risas y caos… quizás algún día la cuente.
Por ahora, cierro los ojos y vuelvo a estar sentado con los pies cruzados, frente a la hoja en blanco, donde todo comenzó y todo puede volver a comenzar.

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El libro verde. ( de los secretos)

Hace muchos años, acompañar a mi tío al trabajo era una aventura mágica. Solo las vacaciones lo hacían posible, y eso lo convertía en un secreto compartido entre los dos… hasta el regreso.
Lo primero era desayunar en algún bar. El café con leche y tres medialunas esperaban sobre la mesa, pero mi mayor desafío era la leche: un problema familiar que todavía recuerdo. Tras mirarme con paciencia, mi tío decía:
—Si no te terminas tu Cindor y comes al menos una factura, no nos movemos.
Yo suplicaba con la mirada, luego intentaba probar un churro. Al ver mi esfuerzo, él se comía la otra mitad y decía:
—Bueno… ahora vamos.
Ahí comenzaba la aventura. Una vez exploramos un viejo barco militar que había participado en la Segunda Guerra Mundial. Camarotes, sala de máquinas, pasillos llenos de historia… todo era escenario de mis juegos desenfrenados, como si fuera el protagonista de una película de acción. Al verme sudado, me decía:
—Agacha la cabeza, chambón.
Y me empapaba con una manguera.
—Donde veas agua… trata de no caerte —añadía, y yo seguía jugando, hasta que la curiosidad me llevó a lo que hoy creo que era la sala de máquinas. La puerta de hierro, entreabierta, tenía un volante en el centro, como los submarinos de la televisión. Al principio sentí miedo; el lugar estaba oscuro y el agua me llegaba hasta las rodillas. Pero los relojes y palancas despertaron mi fascinación, y pronto el temor cedió ante la curiosidad.
El tiempo pasó entre fierros y chapoteos, hasta que algo empezó a picarme. Rascaba y rascaba, pero solo me lastimaba más. Corrí hacia mi tío y, al verlo, supe que algo había salido mal.
El caos siguió: todos corrían, me quitaban la ropa y me rociaban con mangueras para quitar los pequeños cristales que cubrían mi piel.
—¡No te toques los ojos! —gritaban.
Había conocido la “lana de vidrio”. ¿Cómo podía existir una lana… de vidrio? Hasta ese momento, la única lana que conocía era la de mi abuela, usada para tejer pulóveres.
Aún quedaba lo peor: el regreso a casa. Yo miraba a mi tío mientras manejaba, murmurando y acariciándome la cabeza, preguntando si me ardía algo. Yo asentía con un “no”, aunque la verdad era un “sí”.
Ese día, mi premio por no llorar fue un viejo libro de actas de tapa dura, color verde. Sería mi exclusivo libro de historias, el guardián de todos mis secretos. Más tarde, lo encontré en el incinerador de una nueva casa, pero en ese momento estaba conmigo, y en sus páginas guardé mis aventuras, mis descubrimientos y mis miedos.
Si pudiera recuperar esas notas hoy, sería la persona más feliz de la tierra. Pero, como muchas cosas de la infancia, esos secretos quedaron perdidos para siempre.

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El viaje hacia…

Fueron pasando mis años, con sus sueños y pesadillas, con gentes buenas y malas, con quienes me quisieron y quienes no. Desengaños, traiciones, enfermedades, tristezas y alegrías… días de sol y de lluvia, todo lo que un ser puede atravesar.
Lo único que permaneció inmutable, como un faro en medio de la tormenta, fueron mis tropas de soldaditos. Aquellos que compré por primera vez con la ilusión absoluta que un niño puede tener. Aquella aventura clandestina a la juguetería de Primera Junta, con monedas atesoradas de caramelos no comidos, y la emoción de elegirlos entre infinitas cajas llenas de mundos.
Recuerdo mis manos temblando, sosteniendo con cuidado la birome que marcaba mis nombres y planes. No podía creer tanta existencia concentrada en cajas diminutas. Alemanes, romanos, franceses, griegos… todos llamaban, todos gritaban, y yo me quedaba paralizado, temeroso de decidir, temeroso de equivocarme.
Miraba la bolsita con su caja durante el largo regreso, deseando, por un instante, haber elegido otros. Pero por timidez, por respeto a la señora que me había contado cada moneda, asentí y guardé la elección.
– ¿Estos son los que te gustan? – preguntó ella.
Agaché la cabeza, y asentí. En aquel tiempo aprendí que a veces el silencio es más sabio que cualquier palabra.
Los años pasaron. La vida siguió, con derrotas y victorias, con pérdidas y alegrías escondidas. Mis soldados me acompañaron silenciosamente, en el anonimato o como refugio frente al mundo. Muchos compañeros humanos se habían marchado al cielo, otros vagaban en el limbo, entre círculos infinitos de tierra y cielo, como había visto en una ilustración de mi libro sagrado, Lo sé todo.
Pero mis tropas crecieron. Hoy, después de tantos años, son miles, aguardando órdenes. Cajas y cajas de leales compañeros esperan por su general, por la señal de la batalla final, la decisiva, aquella que todos, en algún momento, debemos enfrentar: la madre de todas las batallas.
Yo, su general, les agradezco su lealtad incondicional. No retrocedan, prohibido rendirse. Avancen con la frente en alto, orgullosos de sus uniformes de colores. Yo estaré allí, como siempre, observando. Siempre.

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Lo tendría que haber explicado con besos.

La luz que se colaba por aquella puerta negra era apenas un hilo, un suspiro de claridad que acariciaba nuestras pieles sudadas y temblorosas. El aire olía a polvo antiguo y a perfume olvidado, mezclado con el calor de nuestros cuerpos que se buscaban sin tregua. Cada beso era fuego húmedo, cada caricia un impulso eléctrico que recorría mis brazos y tu espalda, dejando huellas invisibles que solo nosotros podíamos leer.
El pasillo, pintado de un amarillo gastado, crujía bajo nuestros pies y parecía respirar con nosotros, cómplice silencioso de cada roce. Tus manos en mi cuello y las mías en tu cintura se movían como si cada gesto conociera la música del otro, una sinfonía secreta que solo nuestros cuerpos escuchaban.
Nuestras ropas, arrugadas y calientes, imitaban cada estremecimiento, cada temblor, cada suspiro, como si quisieran memorizar lo que nuestras pieles decían sin palabras. Los susurros de nuestras voces se enredaban en la penumbra, mezclándose con el sonido sordo del afuera, mientras tus cabellos negros se deslizaban entre mis dedos como una sombra líquida.
Quise detener el tiempo, atraparlo en la curva de tu hombro, en la suavidad de tus labios, en el calor de tus manos. Pero el tiempo, cruel, se escabullía entre nosotros, llevándose consigo los segundos que creímos eternos.
Y luego, la ausencia.
¿Qué fue de aquellas noches?
¿Dónde quedaron las caricias que todavía siento vibrar en mi memoria?
Preguntas que arden en mi pecho y se enredan en mi garganta. El aire frío que me rodea ahora sabe a ti, a tu perfume, a tu risa, a tus suspiros entrecortados.
¿Dónde estás?
¿Qué piensas de nosotros, de todo lo que fuimos?
Miles de imágenes me persiguen: tus manos rozando las mías, la curva de tu espalda, el temblor de tu respiración. No puedo quedarme con una sola, pero siempre elijo las que me hicieron sentir vivo, las que me arrancaron sonrisas y me hicieron olvidar el mundo entero. Esas que no puedo olvidar, aunque me esfuerce con todas mis fuerzas.
Quizá debería habértelo explicado con besos,
porque las palabras siempre fueron insuficientes.
Quizá todavía me duela no haber sabido decirlo.
Pero cada recuerdo, cada roce, cada suspiro, permanece conmigo, eterno,
como un secreto que ni el tiempo, ni la distancia, ni la memoria pueden robar.

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El Secreto de la Cinta

Durante muchos años guardé en silencio el secreto de las cintas de seda en mi vida.
Todo empezó cuando era niño. Solía dormir apoyado en una almohada de lana forrada en brocato azul; no sé por qué, pero el simple gesto de deslizar mis uñas por el interior de la funda me llevaba a un sueño profundo, casi inmediato. Era mi pasaje personal a otro mundo, uno donde nada dolía y todo era suave como aquel tejido.
Con el tiempo, esa almohada desapareció, como tantas cosas que uno pierde sin darse cuenta. Entonces me conformé con los festones de seda que adornaban los bordes de mis sábanas. Frotarlos con las uñas no era lo mismo, pero me bastaba para engañar al sueño, para convencerlo de quedarse.
Pero las sábanas también se fueron, y mi problema persistía: necesitaba aquella textura, aquel roce, ese pequeño ritual que me calmaba desde que tenía memoria.
Ya de adolescente, descubrí otra forma de engañar al insomnio. En mis primeros romances, al pasar mis uñas por el bretel del sostén de alguna chica que me diera la espalda, regresaba esa misma sensación de paz. Claro que esto traía inconvenientes: debía ser después y no antes, porque si era antes de… bueno, de lo que todos saben, todo podía complicarse. Y aun así, aquello tampoco era una solución real, porque los soutiens cambiaban igual que las personas que los usaban. Y además, estaba la vergüenza.
¿Cómo podía yo explicarle a alguien que necesitaba algo tan extraño para sentirme seguro, para conciliar el sueño, para respirar tranquilo?
La respuesta vino de una forma inesperada, gracias a Guadalupe, una niña de apenas un año que solía venir a casa. Ella se dormía con una facilidad conmovedora apenas frotaba con sus deditos una cinta de raso que siempre llevaba en la mano, mientras chupaba su pulgar. Bastaba con dársela para que se quedara dormida al instante. Yo, que por algún motivo me convertí en su “dormidor oficial”, observaba fascinado ese pequeño ritual.
Y fue entonces cuando entendí que la cinta no era solo un objeto: era una llave.
Una puerta hacia un lugar más tranquilo.
Pero el tiempo, como siempre, siguió su camino.
Guadalupe creció, dejó la cinta. Yo también crecí, pero no pude dejar atrás mi viejo problema. La vergüenza se hacía más grande, más pesada. Necesitaba sentirme seguro sin que nadie lo notara.
La respuesta llegó casi por accidente. Alguien me regaló algo envuelto con una cinta de seda simple, de un azul profundo. Sin pensarlo demasiado, la guardé en el bolsillo del jean. Y en la siguiente conversación que tuve con alguien que me interesaba, encontré mis dedos buscándola, casi sin querer. Al rozarla, sentí una calma difícil de explicar. Una firmeza interna, una seguridad que me había acompañado toda la vida sin que yo supiera nombrarla.
Desde entonces la llevé conmigo.
Primero en el bolsillo.
Luego, con más discreción, en la billetera.
¿La usaba para dormir?
Eso dejaba de ser asunto de los demás.
Hasta que llegó Valentina.
Ella tenía esa manera suya de mirar que parecía atravesar lo que uno no decía. Yo hacía lo posible por mantener mi secreto intacto, convencido de que nadie podía entender algo tan infantil, tan absurdo.
Pero un día, en mi casa, descubrí que la cinta no estaba en mi billetera. La busqué con la urgencia de quien pierde algo más que un objeto: perdía mi refugio. Sentí un temblor en las manos, una angustia vieja, conocida.
En ese preciso momento Valentina se asomó:
—¿La estás buscando? —preguntó.
Yo me quedé rígido. No dijo qué. No mencionó la cinta. Solo dijo “la”.
Sacó algo de su bolsillo.
Era ella.
Mi cinta.
La tenía doblada, intacta, como si hubiera entendido perfectamente su importancia.
—No te la iba a quitar —dijo—. Solo quería ver cuánto tardabas en darte cuenta.
Yo, que había vivido toda la vida entre silencios, no supe qué responder.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
Ella sonrió.
—Ahora nada. O todo. Depende de si algún día me contás por qué la necesitás tanto.
Miré mis manos.
Miré la cinta.
Y después la miré a ella.
Por primera vez, sentí que tal vez el secreto ya no pesaba. Tal vez incluso podía compartirlo. Tal vez la cinta había cumplido su misión, y lo que yo necesitaba ahora no era seda: era alguien que pudiera sostenerme sin juzgar lo que había sido, lo que aún era.
¿La sigo usando para dormir?
Eso, por supuesto, es un secreto.
Uno que Valentina sospecha, pero no pregunta.
Quizás por no ponerse celosa.
O quizás porque algunos secretos, cuando se cuentan con el corazón abierto, ya no necesitan ser resueltos.
Solo acompañados, cómo cuándo nos dormimos…

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La carta más bonita que no escribí.

Estoy aquí sentado, intentando concentrarme en lo que debería hacer, pero no puedo. Me pierdo con facilidad. Así que decido escribir estas pequeñas historias.
Frente a una hoja en blanco, quiero conversar con mi lápiz, pero él falla al buscar palabras. Parecen esconderse justo cuando más las necesito para decir lo que me viene a la mente.
Quisiera escribir la nota más bonita del mundo, contarles mis secretos más íntimos a los amores que han pasado por mi vida: lo que sentí por ellas, pedir perdón si, sin darme cuenta, llegué a causar algún dolor. Pero creo que la vida es así.
Un dolor nunca tapa un gran amor. Otro amor quizá produzca algún que otro dolor, pero no podrá curar el anterior. A lo sumo, lo aliviará. Las secuelas, en cambio, quedarán para siempre en la memoria de nuestro cuerpo. Así es desde el primer momento en que nos enamoramos.
El amor es un veneno que, al mezclarse con nuestra sangre, recorre infinitamente nuestro cuerpo hasta el final de nuestros días. Tal vez, al pasar por ciertos órganos más sensibles, se detenga un instante más de la cuenta, y ahí aparezca ese cosquilleo que yo llamo recuerdos de amores pasados.
Escribiré una carta muy bonita. La pondré en una botella herméticamente cerrada, como si se tratara de algo peligroso, y la arrojaré al mar lo más lejos posible, me prometí.
Quizá llegue a alguna playa desierta y alguien la descubra caminando inocentemente por allí. Ojalá le advierta de los peligros que corre.
Si eso ocurriera, pido perdón: no es mi intención que nadie sufra este mal tan necesario. Pero es deber de todo bien nacido advertir sobre los peligros que viajan encerrados en botellas arrojadas al mar por un tipo que no se animó a decir las cosas en voz alta.
Una leyenda muy antigua —con dos versiones completamente distintas— habla de los misterios guardados en cierta caja que, pese a las advertencias de los dioses, alguien abrió, sembrando al mundo de infinitas calamidades que sobrevuelan por la eternidad a hombres y mujeres como castigo a su curiosidad.
Otra versión, quizá más benévola, dice que algunos males fueron liberados, pero que por suerte la caja fue cerrada justo a tiempo, conservando para siempre en su interior la esperanza.
Yo me quedo con esta última. Me resulta más cómoda. Siempre habrá un poco de esperanza en el amor y en la vida. Solo tenemos que ser menos curiosos, más pacientes y menos inocentes. Y, mientras tanto, seguir lanzando nuestras botellas al mar, con cuidado, con perdón y con la certeza de que, en algún lugar, alguien tal vez encuentre un pedacito de nosotros entre sus páginas.

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Amores contrariados

Mi vida, hasta ese entonces, había sido una sucesión de hechos desgraciados, siempre fuera de tiempo o en lugares indebidos.
Cuando la vi por primera vez no supe qué hacer, pues ella no sacaba su nuca de mi mirada, lo cual me enamoró de tal manera que ella misma ni se enteró.
Fue como la historia de uno solo, donde el amor no declarado fue partícipe necesario de mi desgracia. Así fueron pasando nuestros días, llenos de encuentros imaginarios donde yo le decía cuánto la amaba, y ella me ofrecía su nuca como respuesta.
Nuestra relación marchaba de maravillas. Pensé por un momento que era la mujer de mi vida, hasta ese fatídico día en que se dio vuelta y clavó su mirada en mis ojos. Fue en ese preciso instante que decidí bajar la mirada, pues por un momento tuve la rara sensación de convertirme en estatua de sal.
Sentía su brisa delante de mi cara, el aroma inconfundible de ese perfume con olor a jazmines que me hacía recordar los viejos patios de mi infancia. Quedé inmóvil ante tanta belleza.
Cuando por fin superé mi timidez, vi cómo se perdía por aquella calle. Fue ahí que volví a enamorarme. Caminé detrás de ella a una prudente distancia, pues no quería incomodarla, hasta que se detuvo de repente, giró y me dijo:
—¿Me estás siguiendo?
—No, solo camino detrás tuyo.
—¿Para qué? ¿Acaso nos conocemos?
—No, te aseguro que no. Quizás sea tu perfume, no lo sé muy bien.
—Bueno, gracias… pero no me molestes.
—Nunca tuve esa intención. Si no, seguramente te hubiera hablado. Solo quería darte este barquito de papel que armé mientras caminaba detrás tuyo, para que te acompañe en tus viajes.
Sonrió con esa seguridad que solo tienen las mujeres que saben de su hermosura, y se perdió en aquella calle.
Nunca supe más nada de aquel simple barco de papel, guardado en aquella mochila. Quizás haya ido a parar a algún cesto de basura, o a algún libro. O tal vez todavía acompañe a aquella bella dama en sus viajes.
Lo que sí sé es que quizás nunca fue descifrado aquel secreto que contenía ese navío de papel arrugado. De lo contrario, lo sabría… pues dentro de él había unos números misteriosos que justo coincidían con mi teléfono. Raro, muy raro.
¿Si conozco su nombre?
Por supuesto que no. Pero ella tampoco conoce el mío.
¿Y si se le hubiera ocurrido llamar?
Las mujeres bonitas que deseas nunca te llaman. La vanidad es uno de sus pecados favoritos. Y no está mal que así sea.
En fin…

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Un domingo entre miradas

No era habitual que viajara en una combi rumbo a ningún lugar en particular. Por lo general, los viajes me resultan interminables; no soy de los que se duermen mientras el mundo pasa por la ventana.
Ese domingo, rodeado de pasajeros sumidos en sus siestas, el aburrimiento se instalaba a mi lado. Hasta que, entre bostezos y miradas al paisaje verde y monótono, la encontré: una niña de seis o siete años, viajando sola, en el asiento de adelante.
Nuestros ojos se cruzaron, tímidos, curiosos. Era un juego silencioso: espiarnos entre los asientos, compartir la complicidad que nace entre desconocidos. Mientras la observaba, no podía dejar de preguntarme: ¿cómo puede viajar sola una niña tan pequeña? ¿Quién la espera al final del camino? ¿Sus padres están separados?
Ella parecía ajena a mis pensamientos. Doblando su suéter con insistencia, hasta lograrlo finalmente, una mueca de orgullo iluminó su rostro. Sus zapatillas habían quedado de lado; sus medias blancas con dibujitos de smile aparecían entre los asientos. Con cada vuelta de crayón sobre su cuento de princesas, con sellitos coloridos completando la historia, la veía concentrada en su pequeño mundo.
Intentó dormirse, pero su cuerpo inquieto la delataba. Entonces sacó una varita mágica transparente, con luces de colores, y la agitó suavemente, anunciando su aburrimiento sin molestar a nadie. Fue en ese instante que decidí unirme al juego: asomé mi brazo con un pequeño chocolate. Su mano lo tomó con rapidez y lo escondió como un tesoro. Un dedito en forma de “me gusta” fue su silenciosa manera de decir gracias.
Mientras la observaba, la música dejó de importar. El viaje se transformó en algo distinto: en una conversación muda hecha de miradas, gestos y sonrisas compartidas. Y justo cuando decidí escribir esta historia en mi mente, supe que había llegado el momento de bajar.
Nos despedimos con un tímido “chau” y el recuerdo de aquel domingo quedó guardado: un viaje donde tres desconocidos compartieron un instante de complicidad que ningún sueño podría reemplazar.
El tercero, por cierto, era quien manejaba la combi… porque de lo contrario, no habría historia.

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Desperté sonriendo.

Me desperté con un recuerdo suspendido entre la bruma del sueño y la claridad del día: Mar del Plata, aquel rincón donde la infancia se desplegaba como una bandera en el viento, brillante y desordenada. La arena era nuestro escenario, el mar un testigo infinito y cómplice, y nosotros, pequeños actores de un espectáculo improvisado que nadie había escrito.
Mis primos del alma y mis hermanos estaban allí, mezclados en la coreografía caótica de la playa. Mis primas y mi hermana mayor caminaban entre la arena mojada y el mar, y a cada paso arrastraban miradas como quien deja un rastro de luz. Los bañeros, los vendedores ambulantes, cualquiera que pasara cerca, parecía detenerse, hipnotizado por su presencia. Detrás de este desfile, nuestro propio “Pentágono” velaba por el orden: mi mamá, con ojos de halcón, lista para regañarnos; mi tía Titi, maga de los antojos y los caprichos, capaz de conseguir cualquier cosa; y mi tía Lidia, un sol tibio que abrazaba sin preguntas ni reproches, la guardiana de nuestra inocencia.
Hablaban de los descuidados que podían ser los padres de las criaturas, cómo podía perderse un niño y los padres no darse cuenta? Por favor…
Entonces, en medio de rezongos y aplausos ajenos, sucedió lo inesperado: Alejandrita, mi prima menor, estaba sobre los hombros de un extraño paseándose entre decenas de personas. El mundo pareció detenerse, y un silencio cargado de incredulidad llenó la playa. Cerré los ojos, conteniendo el miedo y la risa a la vez, y busqué a mi tía Titi, porque alguien debía actuar.
Se formó un concilio silencioso, una especie de “vaticano playero” decidiendo el destino de nuestra pequeña estrella. Las adolescentes desaparecieron, quizá por vergüenza, quizá por miedo a ser observadas. Nosotros, los más chicos, nos reíamos sin poder contenernos, y cuando finalmente Alejandrita regresó, sus lágrimas se mezclaron con la sal del mar y se convirtieron en risas compartidas y abrazos que hablaban más que cualquier palabra.
Eran días de playa así: aventuras suspendidas entre la risa y el caos, pérdidas que siempre encontraban su remedio en el cariño, dramas que se desvanecían entre la espuma y los aplausos de desconocidos. Mis primas y mi hermana se perdieron decenas de veces, y aun así, cada desaparición era un acto de magia, un instante donde el mundo parecía detenerse para recordarnos que la infancia es un regalo fugaz y luminoso.
La vida, aprendí allí, no se mide en reglas ni en tiempos, sino en abrazos, en risas que atraviesan la piel y el alma, en la certeza de que, a pesar de todo, siempre hay alguien que nos rescata del olvido. Mar del Plata no era solo un lugar: era un altar a la alegría, un escenario donde nuestra infancia se convirtió en poema, en historia, en memoria infinita.

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Aquel barrio desconocido.

Ya caía la mañana en aquel barrio de la Paternal y el invierno en la calle se hacía sentir. Alejado de todo, te pienso como se piensan a las personas que se han perdido en el tiempo. Cierro los ojos y vuelvo a encontrarte, como se hallan los objetos deseados.
Esta vez la imagen es más nítida: puedo ver cómo lentamente habías comenzado a vestirte. Fue ahí, en ese instante, donde recomenzaron a surgir mis soledades. No quería que el tiempo se nos fuera. Cerré los ojos y traté de congelar aquella imagen anterior de tu cuerpo desnudo a mi costado.
Me agradaba verte a trasluz, pero más me gustaba descubrir tu cara perdida entre tu pelo cuando estabas sobre mí. Con la curiosidad de un hámster, espié por última vez todos tus movimientos. Por un momento me sentí alguien abandonado, a la deriva en una cama extraña. Deseaba que no tuviéramos que irnos. Solo quería guardar ese instante.
Aquellas sábanas blancas te eran familiares; parecían conocerte de toda la vida. Me miraste, y eso solo fue suficiente para saber que mi tiempo se había terminado. Nos fuimos en silencio, como se van los que se aman de verdad. Te adelantaste y fuiste a abrir la puerta de tu auto.
En ese momento pensé: si besara tu sombra, estaría tan cerca tuyo que casi ni te darías cuenta. Nos quedamos un rato ahí, en ese pequeño auto azul estacionado en aquella calle solitaria, mirándonos. Aquella caricia en mi pelo parecía una despedida. Nos besamos y, después de un breve instante, arrancaste. Nos fuimos para siempre.
“No voy a molestarte —me dije—. Seguiré esperando, como casi toda esta vida. Quizás un día el destino nos diga: ‘Es ahora, es hoy’. No me sigas buscando, ya es suficiente. Acá estoy.”

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Un día cualquiera…

Te vi flotando, ligera, suspendida entre la luz y el agua.
El sol dibujaba destellos sobre tu piel húmeda, cada curva un susurro, cada movimiento una canción silenciosa.
El agua te abrazaba, besaba tus pies, acariciaba tus dedos y jugaba con tu cabello como un amante invisible, suave, insistente, paciente.
Desde un banco cercano te observaba, tratando de atrapar el instante: cada gesto, cada respiración, cada estremecimiento.
El tiempo se derretía a tu alrededor, se disolvía en la superficie, se hundía contigo, se mezclaba con tu cuerpo, con tu luz, con tu sonrisa.
Un suspiro, apenas un suspiro, rompió la perfección.
Abriste los ojos, el cielo descendió hasta tu frente, suave, tibio, besándote, deseándote un buen día.
Sonreíste, y el agua te tragó un instante, profunda, cristalina, fundiéndote con su abrazo.
Regresaste lenta, deliberada: primero la gorra negra, luego tus ojos espejados y, finalmente, esa sonrisa, la sonrisa que me atrapaba sin remedio.
Tus manos cortaban el agua, desplazándola como música líquida.
Te acercaste a la escalera, subiste, quitaste tus antiparras, te envolviste en la toalla blanca que parecía esperarte desde siempre.
Me miraste, y en tus ojos marrones descubrí un universo entero antes de que desaparecieras por la puerta silenciosa, suave, definitiva.
Supe entonces que mi tiempo allí había terminado. Necesitaba un baño de agua tibia para ordenar mis pensamientos, porque me había enamorado otra vez, y aunque resistiera, lo sabía: en cada latido, en cada estremecimiento que dejaste flotando dentro de mí.
Dicen que esos dos extraños nunca pudieron dejar de encontrarse. El agua los había unido, y ellos lo sabían.
Esta historia nació en silencio, tejida con reflejos, espuma, susurros y secretos que solo la corriente comprendía.
Flotando entre ellos, intactos, eternos, hipnóticos, como el agua que nunca olvida a quien alguna vez se rindió a su abrazo.
Cada instante se repite, cada movimiento es eco, cada sonrisa se refleja en el agua, en el aire, en la memoria, en el corazón.
Y el agua sigue moviéndose, lenta, infinita, suave, insistente… como nosotros.

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Una playa perdida

Un día me encontré solo en una playa de Necochea.
La compañía más cercana era mi propio fracaso. Las playas inmensas y casi desiertas me devolvían la imagen de mis sueños, otra vez desechos por la triste realidad.
El ruido que alguna vez tuvo aquel lugar había dejado de existir; solo quedaban mis regresos por aquellas playas solitarias, de carpas blancas vacías y lonas azules prolijamente enrolladas, que me daban esa sensación de abandono tan presente en mi vida.
Todo aquello me hacía reflexionar sobre qué era lo que realmente necesitaba encontrar.
Las caminatas solitarias hacían el resto; me guiaban casi mágicamente hacia aquella casa solitaria.
Aquel paisaje tan particular —las calles de tierra y arena, tan características de ese lugar— hacía que los atardeceres parecieran eternos.
Los días pasaban tan lentamente que ya ni me daba cuenta de qué era lo que estaba haciendo allí.
La imagen de unos chicos con guardapolvos blancos dirigiéndose hacia la escuela me alertó de que ya era tiempo de volver.
Pero, ¿cómo se reconstruye un fracaso?
Todo pasó casi por casualidad.
Aquella tarde volvía de mi rutina diaria: leer en la playa semi desierta y meterme en aquel mar helado, casi como un ejercicio para quitarme algún que otro recuerdo. Luego me secaba un poco al sol y emprendía el regreso.
Fue en ese regreso cuando crucé una plaza donde un retablo medio destartalado se preparaba para ofrecer una pequeña obra de títeres.
Un puñado de chicos esperaba sentado en el suelo, atentos al inicio del espectáculo.
La mirada expectante de aquellos niños, de tan corta edad, despertó mi curiosidad.
La ausencia de padres —que revoloteaban distraídos por la feria artesanal casi vacía— me animó a mezclarme entre ellos, como uno más.
Al principio me miraron con la desconfianza habitual de los chicos, pero después de convidarles un poco de pochoclo rosa, ya era parte del grupo.
Sin querer, había captado la atención de todos. Entonces tuve que pedirles que prestáramos atención a la obra.
Lo que siguió después no puedo explicarlo del todo: aquellos ojos inocentes, mirando con tanta atención a los viejos títeres, hicieron que descargara de golpe toda la angustia acumulada.
La pequeña mano de uno de esos chicos limpiándome una lágrima hizo el resto.
Al final de aquella sencilla obra, dejé dinero en el viejo sombrero, saludé a mis nuevos amigos y comprendí lo que tenía que hacer con mi vida.
Volví a Buenos Aires con la certeza de que repetiría aquella experiencia, pero esta vez desde la sombra, lejos de las miradas de los grandes, para volver a descubrir las miradas limpias de los niños.
Ellos, con tan solo un poco de pochoclo rosa, habían entendido mi búsqueda.
Continuará...

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Sombras nada más…

Acurrucado bajo un acolchado que pesa cien kilos de nostalgia, no hago otra cosa que dejar que la cabeza se me llene de imágenes. Pensarlas ya cansa; abrir los ojos para comprobar si son reales termina de agotarme. Cuando por fin logro despejarme de ese peso acumulado, aparece un alivio tardío: la noche fue demasiado incómoda para llamarse descanso. No hay nada peor que no poder apoyar la cabeza ni un instante. No existe pastilla para el olvido cuando uno, en el fondo, elige recordar.
¿Cuál será el mecanismo que nos empuja, sin remedio, hacia otros tiempos?
¿Será la nostalgia?
Tal vez de ahí nazca esa necesidad obstinada de acurrucarnos en nuestra propia cama, buscando una protección que ya no sabemos encontrar.
Recuerdo aquellos años en los que, sintiéndonos desprotegidos, corríamos a refugiarnos en la vieja cama de hierro. Tenía un elástico hecho de tiras de metal, sostenido por pequeños ganchos con resortes que mordían los costados del armazón. Sobre ellos descansaba aquel colchón pesado de brocato azul, de raso, cubierto de dibujos búlgaros y botones por todos lados. Bastaba recorrerlo con el revés de las uñas para que el sueño llegara sin avisar.
En ese tiempo, todos los problemas desaparecían al taparme la cabeza con la frazada marrón, a cuadros. Debajo de ella, el mundo se volvía manso. Ahí soñaba; ahí leía, alumbrado por una pequeña linterna de plástico.
Pero hubo otras noches en las que el refugio estaba más abajo. Me escondía bajo la cama, acurrucado junto a mis propios miedos, esperando palizas que tardaban en llegar, esperando el alivio que a veces tomaba forma de abuela y, otras tantas, de un perro cariñoso que hacía guardia sin saber contra qué nos defendía.
Hoy nada de eso existe. Los peligros crecieron, se volvieron más complejos, y ya no se resuelven escondiéndose bajo un acolchado. Mucho menos aguardándolos debajo de una cama: sería razón suficiente para alguna internación espontánea, por motivos evidentes.
Solo queda enfrentarlos de pie. Confiar en que mañana el sol volverá a salir. Y escribir, cuando se puede, alguna pequeña historia. Aunque los miedos sigan ahí, agazapados detrás de sombras que todavía no sé nombrar.

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Las carpetas.

Hace bastante tiempo solía esperar impaciente la salida del colegio de aquella niña, de ojos marrones y pelo negro, espiar detrás de esa puerta gigante de madera, para ver si faltaría mucho para su salida. El murmullo de sus amigas a lo lejos de aquel pasillo, hacía presagiar que ya estaría más cerca. Ahora solo restaba esperar que saludará a todas, una por una como si se tratara de un beso navideño o de fin de año. Luego de aquella ceremonia nuestros ojos se juntaron. Mi timidez trataba de disimular las miradas de tantas chicas, que se codeaban como sabiendo quién era. Ya cuando estábamos uno frente al otro nos dábamos aquel beso tímido, esos que uno da cuando todos te miran, nos agarrábamos de la mano y nos dirigíamos caminando hacia tu casa, cuando de repente solté aquella pregunta: Y si nos escapamos al cine? - tengo que pedir permiso a mamá, dijiste. - Que lástima conteste, nunca fuimos al cine temprano un día de semana. - Espera que le digo a mi hermana que avise en casa. - Te separaste por un momento de mi mano, para ir corriendo a avisarle, mientras yo sostenía tus carpetas, aquella situación no era habitual, ir al cine un día de semana temprano, solo ocurría con mis amigos del barrio, o quizás alguna rateada de colegio. - Que película vamos a ver, preguntaste. - No lo sé, fijémonos en el cine Cervantes, el de la calle Belgrano. Recuerdo tu cara más que aquella película, pues nunca deje de mirarte, será por eso que no puedo acordarme el nombre de aquella película de esa tarde. Hoy después de tanto tiempo suelo recordar aquella escena, cuando voy hacerme algún estudio, parado en la misma calle a punto de cruzar, ya el cine dejo de existir hace mucho tiempo, pero la ternura de aquella tarde sobrevivió a todo, las tardes en la sala de espera son para eso, para recordar y esperar que te llamen, entregas tu carpeta de estudios y dejas que otro te diga como seguirá tu vida...

La sala de espera
La secretaria pronuncia mi apellido sin levantar la vista.
Lo hace como quien llama a un número más, y yo me pongo de pie con esa torpeza aprendida de los años, cuidando no olvidar nada.
La carpeta vuelve a mis manos. Ahora es más fina, más prolija, sin dibujos en los márgenes ni hojas dobladas.
Nadie me la presta, nadie corre a avisar a su hermana.
Es mía, y pesa distinto.
Me siento otra vez.
El reloj avanza lento, como aquel pasillo del colegio.
Miro alrededor: rostros serios, silencios compartidos, miradas que no se cruzan.
Pienso que nadie imagina que, en esta misma vereda, alguna vez fui otro.
Que esperé un sí para ir al cine.
Que sostuve carpetas ajenas con un orgullo inexplicable.
Cuando me llaman, entro.
Entrego la carpeta como antes entregaba la mano.
Confío.
Escucho.
Asiento.
Al salir, el sol me encandila un poco.
Cruzo la calle con cuidado.
El cine ya no está, pero yo sigo pasando por acá.
Tal vez para no olvidar que alguna vez la espera fue una promesa
 y no un diagnóstico.

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Un delantal a cuadros

Estoy frente a paredes vacías, cubiertas de papeles floreados que mojo y caen como lágrimas marchitas. Tapó pequeñas grietas que, al tocarlas, se deshacen en polvo, como si el tiempo mismo se consumiera entre mis dedos. Cada grieta guarda historias de personas que ya no están, secretos que jamás conoceré. Las acaricio con la esperanza de que sanen, después de tanto dolor, y decido abrir las ventanas. El sol entra pleno, iluminando todo, y me pregunto: ¿por qué tanta oscuridad? Nadie responde.
El silencio de las casas vacías tiene su propia voz: un murmullo de ausencias que parece decirnos que, al fin y al cabo, quizás la vida sea solo esto cuando ya no estemos aquí: paredes que guardan secretos, que algún otro, algún día, acariciará.
Me siento triste. Intento abstraerme, pero mis pensamientos me arrastran de nuevo a este lugar donde he estado tantas veces. Quizás algún color logre tapar tanta tristeza. Por ahora, me quedo con esta caja de fotos, un delantal a cuadros y una lotería tan vieja como yo.
Cuando suceden estas cosas, pienso en qué será de mis juguetes, de mis libros, de todo lo que compré y acumulé a lo largo de los años. Tanto pasado debería tener algún futuro… pero supongo que así es la vida: un hilo invisible entre lo que fuimos y lo que dejaremos atrás.
Y en medio de todo, comprendo que incluso el polvo, los papeles caídos y el silencio de estas paredes son testigos. Que aunque yo me vaya, algo de mí quedará en cada grieta, en cada fotografía, en el aroma del delantal olvidado. La vida continúa, aunque yo no la vea. Tal vez eso sea todo lo que necesitamos: que alguien, algún día, toque esas paredes y recuerde que estuvimos aquí, que sentimos, que amamos… y que dejamos huellas invisibles, pero eternas, en lo que permanece.

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Un primo singular

Si tuviera que elegir un compañero de aventuras, serías vos. No porque seas sensato, prudente o útil… al contrario: porque sos el único capaz de convertir un día normal en una película de humor con presupuesto cero y quilombo infinito.
Con vos tengo tantas anécdotas que si las escribiera todas, la Real Academia Española me denunciaría por “uso indebido e irresponsable del lenguaje”.
Arranquemos con el verano.
Ese verano en el que vos, un mártir romántico, alquilabas bicicletas para llevar a tu novia a la casa, pero lo hacías con una energía digna de un ciclista profesional, de esos que corren el Tour de Francés pero la realidad era que no estaba preparado ni para subir el cordón de la vereda, menos con tu novia de costado que te impedía ver.
Yo te veía acostado desde la playa, pedaleando como si estuvieras escapando de un tiburón hambriento en Mar del Plata. Llegabas a la arena con la lengua afuera, las piernas pidiendo perdón y cara de “si no me das agua en 10 segundos me transformo en estatua de sal”.
Y ahí caías. Redondo.
Ni un jugador de Boca en un penal, caía tan dramáticamente.
Yo me agarraba el estómago de la risa y los tíos nos miraban diciendo:
—¿Chicos, con este calor, alquilar bicicletas…?
Y nosotros: JAJAJAJAJA, pareciendo dos irresponsables sin control.
Pero la verdadera epopeya fue la del payaso.
Todos los días pasaba por la playa un tipo gritando:
—¡A los pirulines, a los pirulines!
con una pasión tan desbordada que parecía que vendía el último pirulín del universo.
¿Y qué hicimos nosotros?
Imitarlo.
Todos. Los. Santos. Días.
A los gritos.
Sin vergüenza.
Sin dignidad.
Sin límite.
Hasta que una noche fuimos a un recital de Sergio Denis.
Todo muy lindo, muy romántico, la gente tranquila… y de pronto: APAGON TOTAL. Oscuridad absoluta. Como si alguien hubiese desenchufado la costa.
Y ahí, como dos genios del mal, decidimos hacer lo único sensato:
—¡¡¡A LOS PIRULINEEES!!!
—¡¡A LOS PIRULINEEEEES!!
La gente se empieza a reír.
Nuestras acompañantes nos dan codazos con precisión quirúrgica, como si nos intentaran reacomodar las costillas.
Pero nosotros seguimos, porque somos dos seres dominados por la estupidez gloriosa del momento.
De repente, se enciende un reflector.
¡Y NOS APUNTA A NOSOTROS DOS!
Como si fuéramos los fugitivos más buscados de Interpol.
Yo pensé:
“Listo, acá se termina mi vida social. Que me entierren con un pirulín en el ort….total…”
Pero no.
Sergio Denis, sin saber nada, dice:
—Quiero agradecer a una persona que cuando chico me alegraba las tardes en la playa… al payaso de los pirulines. ¡Un fuerte aplauso!
Y TODO EL ANFITEATRO se da vuelta a aplaudir… ¿adiviná a dónde?
Sí. AL REFLECTOR.
O sea: A NOSOTROS.
Un aplauso de pie para dos idiotas felices.
Yo solo quería desaparecer como un ninja: Puff.
Hasta pensé en fingir mi propia muerte.
Y cuando creemos que la vergüenza alcanzó su límite…
Descubrimos que justo atrás nuestro estaba EL VERDADERO PAYASO.
El tipo de civil, sin maquillaje, sin nariz roja, sin nada.
¿¡Cómo carajo íbamos a saber que teníamos al “Rey de los pirulines” parado atrás justo en ese momento glorioso!?
Fue nuestro pico de fama. Nuestro pico de vergüenza.
Nuestro mayor éxito.
Ja, ja. Hermoso.

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Nuevas ideas

Hasta ese día, todo era previsible: la rutina como un reloj invisible que marcaba cada tarde. Llegar del cole, dejar el guardapolvo tirado, lanzar la valija sobre la cama, beber un vaso de leche con Toddy a las apuradas y salir a la calle. El baldío, la pelota, la pelota y otra vez la pelota, hasta que las piernas ardían, hasta que el polvo se pegaba al cuello y a las rodillas raspadas, hasta que los mocos desaparecían entre las mangas de la remera. Y las historias de los grandes, siempre en el umbral del almacén: la Coca-Cola de boca en boca, el último sorbo disputado, la frase que marcaba el final: “¡No escupas lo último, boludo!” La risa estallando, la bebida que subía por la nariz, las historias fantásticas que apenas entendía pero que absorbía como un imán, hipnotizado.
Después, la vuelta a casa, el regaño inevitable, el eco del famoso: “¡Anda a bañarte ya!” Resistía, por supuesto. Hasta ese día.
Ese día descubrí mi propio cuerpo. Como si una chispa prendiera mil imágenes en mi cabeza: recuerdos mezclados con fantasías que yo mismo inventaba, desordenadas, sin reglas. Mientras el agua de la ducha intentaba enfriarme en vano, mi cuerpo se tensaba, se movía por impulsos que yo no entendía, producía sensaciones nuevas, prohibidas y fascinantes. En mi mente, un rompecabezas de rostros y cuerpos se armaba sin lógica: la hija del zapatero, la vecina, hermanas de amigos, primas… todo aparecía, todo se mezclaba, todo me empujaba hacia un despertar desconocido, un despertar que quemaba y asombraba a la vez.
Luego, la calma. La respiración que se suaviza. La tensión que se disuelve.
Nunca más mi mamá tuvo que decir: “¡Anda a bañarte ya!” Desde aquel día, el baño dejó de ser una orden resistida: se volvió inevitable, necesario, parte de mí.

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Incomodidad

Fue un día distinto.
La incomodidad me abrazaba, firme y silenciosa.
Sentía las miradas de mis amigas: discretas, punzantes.
No podía hacer nada.
Me sentí pequeño.
Invisible.
Las palabras… solo formas de disimular.
La distancia era un océano,
demasiado vasto para nadar.
Y aun así, creía que podía aferrarme a alguien.
El naufragio llegó.
No supe salvarme.
Me hundí.
En mi propio mar.
Un mar de dudas.
Recuerdos olvidados.
Aguas cálidas que arrastran
hasta playas que nadie recuerda.
Pero… ¿de qué sirve recordar si el otro ya olvidó?
¿Tan rápido se borran los recuerdos?
¿Por qué yo no puedo olvidar nada?
¿Seré mi propio coleccionista de naufragios?
Quizás toda mi vida será a la deriva,
mis propias aguas como única compañía.
Por ahora, solo intento mantenerme a flote.
Aunque las olas me arrastren,
aunque el mar me reclame,
todavía resisto.
Todavía nado.

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A mi madre coreana

Podría contar tantas cosas de mi madre que seguramente aburriría a quien lea estas líneas. Podría decir que era un ser muy bueno, de buen corazón, solidaria hasta decir basta… y con un carácter bastante especial, más bien tormentoso. Un meteorólogo de hoy diría que con probabilidades de lluvias intensas.
Solo se necesitaba atraparla un día de sol, y eso casi siempre ocurría los primeros días del mes. Ahí estaba el “problema del clima” de mi casa: mi madre era como la meteorología. Mi hogar fue seguramente de los primeros en funcionar con energía solar, y esa energía se llamaba dinero. A partir de ciertas fechas, el clima cambiaba abruptamente: no era fácil manejar a tres hijos durante inviernos largos, con estufas a querosene, y con mi mamá pasando de primavera a tormenta en un instante.
Hoy, en este día tan especial, quiero contar una anécdota de mi mamá que pocos en mi familia recordarán… sobre todo mis tres hermanos (y seguro Marianito también leerá esto, desde donde esté).
Un día llegué a casa, todo sucio y transpirado después de patear alguna pelota, intentando evitar la aduana —mi mamá— y me encuentro con un chico de mi edad, bañado y a punto de acostarse en mi cama. Todos se estarán preguntando quién era. Yo pregunté lo mismo.
Mi mamá, como ya conté, era un ser bastante especial. Iba caminando no sé por dónde y se encontró con este pibe. ¿Y qué se le ocurrió? Adoptarlo, claro, sin consultar con nadie: ni con mi viejo, ni con ninguna autoridad.
Imagínense el candombe de mi casa: mi papá tratando de convencer a la “loca de mi vieja” que lo iban a acusar de secuestro, que al nene había que llevarlo a la comisaría… y mi mamá discutiendo, diciendo: “¿Quién va a reclamar a este pobre pibe, todo sucio, muerto de frío y con hambre, que me lo encontré en la calle?”
Yo, por mi parte, estaba de acuerdo con mi papá (creo que fue la única vez en mi vida, ja, ja). El chico tenía mi pijama, estaba en mi cama, y habían sacado de su cabeza 130,422 piojos. Lo habían peinado y estaba listo para dormir.
Yo, recién llegado del polvo y del barro, con hambre y sin bañarme, entré en pánico: pensé “¡zas! mi vieja me cambia por este y termino durmiendo en un zaguán.”
Por suerte, mi mamá reflexionó después de muchas discusiones con el “bebé” y decidieron llevarlo a la comisaría un día o dos después. Lo que sí recuerdo es que lo vistió con mi ropa, se llevó mi pijama y algunos juguetes… y nunca más volví a saber de él.
Esta quizás sea la mejor manera de homenajear a mi mamá: un ser especial, con un carácter que daba miedo, pero con un corazón enorme. Así era Norma: más peligrosa que el presidente de Corea del Norte… pero imposible no quererla.
Feliz día, mamá, donde sea que te encuentres.

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Escribo con las entrañas

Escribo con las entrañas, no puedo ser correcto, pues tengo demasiadas faltas ortográficas. Mis frases no llevan pausas porque no las tienen, puesto que yo tampoco las tengo. Soy casi un ignorante impulsivo que se despierta cada día repleto de historias que necesita relatar.
Soy una especie de mar revuelto que escupe verdades en forma de olas, capaces de producir una especie de tsunami que puede arrasar con cualquier cosa que se interponga.
En ese preciso momento soy casi un autista envuelto en su mundo, donde solo pueden entrar mis recuerdos, cansados de tanto esperar.
Mi vida está hecha de retazos de personas que pasaron por ella, dejándome cada uno un trocito en el alma. Cada tanto necesito volver a ese rompecabezas de amores, amigos y parientes que me han visto crecer hasta el día de hoy.
Muchas veces me pregunto si habré tenido una buena vida, y siempre llego a la conclusión de que puede ser que sí, pues de otra manera no tendría tanta gente para recordar y agradecer lo que hicieron por mí en algún momento.
Algunos se preguntarán si uno pudo haber tenido una vida mejor. Creo que eso nunca lo sabré. Estoy contento con la que tuve. Tengo alguna que otra frustración, como cualquier persona, pero ¿quién no la tiene?
En mis sueños fui aviador, futbolista, escritor, músico, cantante, titiritero y hasta navegante que conquistaba tierras desconocidas. Astronauta en una Luna roja. Otras tantas fui padre de niños inventados y hasta creo haber sido un buen amante.
¿Qué más se puede pedir de una vida?

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Secreto

Estoy recostado tratando de recuperar algo de energía, releyendo esas historias que yo llamo chiquitas sólo porque me tocó escribirlas.
De la nada, sin que ocurra nada extraño, veo a Lucía escondida detrás de una puerta. Estira el brazo intentando atrapar algo que evidentemente no alcanza; su mirada y sus gestos lo dicen todo sin necesidad de hablar. Cuando me acerco, sale corriendo y salta de nuevo, buscando algo que yo no veo.
Vuelvo a acostarme y la escena se repite. Cada vez que me muevo, ella corre y salta, determinada a atrapar eso que no entiendo.
Finalmente, rendida, se acerca con una pregunta:
—¿Por qué cuando vos estás acostado siempre aparece esa luz que se mueve?
No sé qué responder; ni siquiera entiendo bien a qué se refiere. No le contesto. Ella baja de la cama y se va.
Me quedo mirando el techo, tratando de descifrar sus palabras, cuando de pronto veo en la pared un pequeño reflejo frente a mí. Entonces lo entiendo todo.
La llamo, pero no aparece. “Seguro está enojada”, pienso.
Me levanto a buscarla: está sentada en un rincón, conversando con su muñeca, contándole lo de “la luz que corre y salta”.
Me acerco y la abrazo a traición —cosa que siempre le molesta—, me empuja con su muñeca y se tapa la boca, señal inequívoca de que ahora es muda.
La levanto y la llevo a la ventana. Extiendo el brazo hacia la luz del sol y giro la muñeca. El reloj hace el resto contra la pared: una luz pequeña aparece de repente, moviéndose en el ritmo exacto de mi mano.
Cuando giro para mirarla, noto que ya no tiene la boca tapada.
Ahora sí vendrán las preguntas…
Me cubro la boca con mi mano, bajo a Lucía al suelo y vuelvo a recostarme.
Ahora tengo algo en la mano que para ella es pura magia.

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La plaza Garay

El miedo que se reflejaba en tus ojos traicionó las palabras que salieron de tu boca. Fue así que me di cuenta de tu ausencia; no necesité ninguna más, ya no había tiempo para seguir escondiéndolas.
Habías dejado de quererme, o quizás te habías cansado de mí. Nunca lo tuve muy en claro; siempre me costó entender las palabras que antes endulzaban mis oídos.
El dolor duró lo que tenía que durar. Las rutinas lo fueron apaciguando hasta que, un día, casi sin darme cuenta, dejó de lastimarme.
Me fui alejando de mis amigos, no sé bien por qué motivo. Quizás las calles adoquinadas de ese lugar me recordaban tu presencia. Fue así como desaparecí de todos los lugares que frecuentábamos, fue así como aprendí a crecer.
De un día para el otro supe que ya no tenía una casa donde refugiarme, que irremediablemente mis amigos preguntarían por vos y yo no tendría respuestas para darles. Todavía no estaba preparado para eso.
La marea me arrastró a un viejo hotel, donde estuve un tiempo, hasta que un ángel en forma de madre me invitó a dormir en su casa mágica. Allí, un primo y quien escribe tuvieron sus primeras charlas de adultos, llenas de risas y dolores, donde cada uno hacía lo que podía para contener las frustraciones y macanas del otro. Eso fue formando un vínculo distinto: dejó de ser un primo para convertirse en un compañero de aventuras, de esos que no necesitás ver seguido, pero cuando los ves es como si nunca te hubieras separado de él. Las miradas cómplices se transformaban casi siempre en carcajadas.
Hoy, muchos años después, vuelvo a reencontrarme con aquellos amigos cómplices de mi infancia. Juego a los mismos juegos que nunca dejé, aunque seamos pocos los que seguimos aquella rutina. Las sensaciones son las mismas, los reproches también.
Cuando escucho a lo lejos la misma voz del Negro Ale gritándome siempre la misma frase:
—¿Cuándo vas a largar la pelota, flaca?—
siento en el fondo que nada ha cambiado, y eso para mí es lo mejor que me puede estar pasando.
El otro día entro al vestuario y lo veo sacándose la ropa para ir a bañarse y le digo:
—Negro, ¿no te cansás de gritarme? Creo que lo hacés desde los once años, más o menos.
Me dice:
—Flaca, es que no cambiás más.
Nos reímos y le digo:
—¿Y para qué querés que cambie? Me crié entre reproches, no sé vivir de otra manera…

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El peso de lo que fue

Nunca aprendí a escribir. Ni a ordenar lo que siento. Solo sé relatar lo que me pasa: recuerdos que pesan, momentos que ya no volverán, personas que se fueron dejando huecos que no sé cómo llenar. Amores que terminaron, amigos que se alejaron, familiares que dejaron marcas profundas… y un hermano menor que se perdió en algo que no pude controlar. Lo más reciente, quizás lo más injusto, fue perder a mi hermana más pequeña. La más inocente. La que se fue sin sentido. La que me sorprendía con su risa y me desarmaba con su silencio. La que arrancó palabras de mí sin decir ninguna. No busco consuelo. Solo intento entender. Algunos días quisiera que el tiempo se detuviera. Otros, que algo permaneciera igual. Pero sé que no es posible. Me pregunto quién fui, quién soy ahora, y a veces el reflejo que encuentro no responde. Estas fechas pesan más que otras. Antes las esperaba con ilusión; ahora siento vacío. Las lágrimas aparecen sin avisar, y en la calle, en la casa, en cualquier lugar, levanto la mirada y pongo una cara normal. Me preguntan qué me pasa, y digo “nada”. Dentro, siento que falta demasiado. Levanto una copa, como todos los años, y no sé qué pedir para mí. Observo cómo el mundo celebra alrededor, luces que parpadean, voces que se cruzan. Para mí, las fiestas se atraviesan más que se disfrutan. Aun así, extraño algo de antes: correr sin rumbo, reír hasta que duela, abrir regalos sin pensar en nada más. Era simple. Era ligero. Ahora todo pesa más. Pero de vez en cuando llega la calma. Un silencio que no incomoda. Una tarde tibia. No es alegría plena, pero me recuerda que, aunque duela, la vida sigue, y yo sigo con ella. Empiezo a comprender que no puedo recuperar lo que se fue, pero sí puedo cuidar lo que queda. No puedo salvar a todos los que amo, pero sí puedo honrarlos con mis acciones, con mi memoria. Eso me da motivos para seguir. Sigo adelante. No siempre firme, no siempre seguro, pero sigo. Recordar no siempre duele: también recuerda que viví, que amé, que me importó. Tal vez madurar sea esto: aceptar que no todo volverá, pero que aún quedan cosas que valen la pena. Que no necesito magia ni grandes gestos para continuar; solo seguir. Y aunque todavía no sé qué pedir para mí cuando levanto la copa, sé que no estoy solo. Hay personas, momentos, pequeñas luces que todavía me sostienen. Por hoy, eso basta.

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Una simple flor

Conversando con una amiga sobre las cosas que pasan, me hizo un comentario que me dejó pensando.
—Estamos así desde que dejamos de sepultar a los muertos —dijo.
El comentario se fue profundizando; intercambiamos opiniones, ideas y recuerdos, hasta que le pedí que me lo argumentara mejor, porque estaba muy cerca de entender su punto.
Respondió con sencillez:
—No hace tanto tiempo, cuando alguien moría, la familia, los amigos y hasta los conocidos le rendían un homenaje. Se lo velaba, se lo enterraba y se lo lloraba. Luego, cada fin de semana, se lo visitaba con un pequeño ramo de flores, como marcando nuestra presencia ahí, como otros tantos días.
Aunque parezca anticuado —decía—, eso mantenía a la familia más o menos unida, pese a las desavenencias. El que ya no estaba merecía respeto. Hoy, en cambio, todo cambió: no hay tiempo para quienes nos dieron la vida o nos enseñaron algo. Usamos la excusa del tiempo o del “gasto inútil”. Los cremamos y listo; no hay más rituales. Solo queda un puñado de cenizas de lo que antes fue tan importante. Ya no habrá visitas al cementerio, porque decimos que esa persona “ya no está ahí”.
Pero, sin darnos cuenta, aquella tragedia de la despedida nos reunía casi a todos otra vez, como en una mesa de Navidad o un fin de semana más.
Después de aquella charla entendí por qué necesitaba, cada tanto, visitar a los míos. Ya no hay mesas los fines de semana, y las Navidades suelen estar vacías. El tiempo es relativo —alguna vez lo dijo alguien—, y bien vale “perderlo” con quienes fueron parte de nuestra vida.
Después de dejar aquel ramito de flores, me sentí mejor. Más acompañado.
Quizás, al final de todo, no sea la flor lo que importa, ni el mármol, ni el lugar donde dejamos nuestros pasos. Tal vez lo esencial sea el gesto: detenernos, recordar, agradecer. En un mundo que avanza sin mirar atrás, estos pequeños actos nos devuelven algo de humanidad. Porque honrar a quienes se fueron no es solo un modo de mantenerlos cerca, sino también una forma de no olvidarnos de quiénes somos y de dónde venimos. Y quizá, en ese simple ritual de estar presentes, descubramos que nunca caminamos del todo solos.

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De dónde vienen las lágrimas

Caminando por ahí, olvidando el pasado, recordé una charla con Lucía en la cual ella me preguntaba de dónde venían las lágrimas, lo cual me sorprendió.
Estaba sentada mirando una foto ahí, en su rincón, donde siempre va cuando tiene preguntas.
—¿De dónde vienen las lágrimas? —soltó.
Mi respuesta fue simple: salen de los ojos cuando uno está triste; hay veces que suelen escaparse y por eso se caen.
Me miró como cada vez que no queda satisfecha con una respuesta y volvió a preguntar:
—¿Y por qué son saladas?
Ante mi asombro por la nueva pregunta, le conté una historia cortita de esas que a ella tanto le gustan: son saladas como el agua del mar, que cuando está triste lo hace en forma de olas celestes, como tus ojos.
—¿Y dónde van? —preguntó.
—Al océano.
—¿Qué es un océano?
La miré con ternura y le dije:
—Es el lugar donde se juntan todos los mares.
Se quedó pensando por un instante y luego soltó:
—¡Ya sé!
Entonces los mares se juntan cuando están tristes. Deben de estar llenos de lágrimas y fotos; es por eso que uno se ahoga cuando no puede parar de llorar.
Mientras tanto me pedía que la hamacara, hasta que de repente me dice:
—¿Alguna vez vos fuiste un océano?
Fue en ese preciso momento que no pude contener una lágrima y respondí:
—No, no se puede ser un océano…
Hay días que cuando miro fotos, como lo estás haciendo vos, me gustaría volverme mar.
Me miró a los ojos, se limpió la nariz con la manga del vestido gris y me dijo:
—Entonces también hay mares verdes.
No supe qué contestarle. Limpié mi nariz con la manga de mi remera y me quedé pensando…
Cuando me di cuenta, la hamaca iba y venía,
como pequeñas olas de mar repletas de cientos de fotos
que se dirigían a un océano lleno de recuerdos.

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Mi castillo resistirá

Estaba sentado sobre la arena, manteniendo la distancia adecuada entre mi pozo y las olas que se acercaban cada vez más fuertes y amenazantes hacia mí. Mientras tanto, mis manos se juntaban para sacar la mayor cantidad posible de arena, pero del otro lado se iba derrumbando. Fue entonces cuando decidí ayudarme con mi palita roja de chapa, tratando de hacerlo más profundo y más rápido.
Era una carrera: mientras más arena sacaba, más arena caía.
Con la palma de mi mano le pegaba despacio a los costados, tratando de que no se derrumbe más, pero no lo lograba.
Mientras tanto, me ponían esa crema blanca que odio: primero en la nariz, luego en los hombros.
Entonces me di cuenta de que la solución a mi problema era traer agua. Me levanté, agarré el balde de plástico blanco con líneas verdes y fui a buscarla. Parecía que nada iba a detenerme, hasta que me alejé un poco y pisé el agua helada. Tomé valor y fui corriendo a llenarlo.
En ese preciso momento, las olas decidieron venir por mí a tragarme. Salí corriendo hacia atrás, huyendo como si se tratara de un maremoto. Era un ir y venir sin poder agacharme a agarrar un poco de agua: cada vez que lo intentaba, ellas parecían darse cuenta y volvían por mí.
El resultado de la expedición fue que, por mirar tanto a las olas, no agarré nunca nada. Al final me rendí.
Volví a la orilla y traté de meter con la mano alguna ola cansada en mi balde, pero era imposible: había más arena dentro de él que agua.
Cuando por fin quise volver a mi pozo, no lo encontré. Cada vez que entraba al mar corriendo, este me desviaba más del camino. Para mi desgracia, terminé perdido, y eso significaba un gran problema.
Miré para todos lados, desesperado, buscando algo conocido, pero no lograba ubicarme. La gente pasaba a mi alrededor mirándome como si supiera de mi situación. En ese preciso momento todo se congeló por un instante: solo mis ojos se movían buscando aquella sombrilla verde y blanca a rayas. Era imposible encontrarla. Demasiada gente alta me rodeaba y no me dejaba ver.
Fue solo un segundo. El tiempo que tuve para enfocarme. Y fue suficiente para reconocerla.
Era mi hermana. Fácil de reconocer para todos los chicos más grandes que yo, pues solía ser muy linda y siempre la seguían. Aunque ella solía estar siempre cerca de su superhéroe, uno que vivía sentado en las alturas, en una silla blanca alta, como si se tratara de un rey musculoso esperando que le den de comer.
(A esta altura del relato pienso que ese guardavidas se alimentaba de mi hermana sin que mi mamá lo imaginara).
Abajo, cerca de la silla gigante, dejaba atado al pobre salvavidas descolorido, como si se tratara de un caballo viejo, anaranjado, esperando ser montado por algún herido por el mar.
Fue en ese momento que fui corriendo desesperado hacia ella, como si hubiera visto a la Virgen de la Medalla Milagrosa, esa a la que mi abuela tanto rezaba. Cuando me acerqué, sentí el alivio del encontrado. Ahí supe que los milagros existían.
Como por arte de magia, recordé todo: dónde estaba mi pozo, que para ese entonces ya estaba lleno de agua. No sé bien por qué causa.
Empecé a cavar más profundo, casi desesperadamente. Traté de asegurar bien los costados, metí la pala hasta donde alcanzaban mis brazos y me encontré con la sorpresa de que, debajo de la arena, había agua. Para ese entonces, ya estaba metido dentro de él.
Había descubierto algo importante: basta de correr escapando de olas traicioneras. Ya no tendría que mirar más hacia atrás.
Empecé a llenar baldes de arena desesperadamente, que a duras penas podía levantar. Los ponía fuera, los afirmaba con el pie, los daba vuelta previo golpe arriba. Pase mágico con un palito de helado diciendo estas palabras:
por favor, salí entero…
¡y chan!
Apareció mi primera torre.
Empecé a entusiasmarme. El ritmo era intenso. Parecía uno de esos que descubren cosas en las películas de momias. La idea empezaba a tener forma. Mi castillo empezaba a crecer.
De reojo miré alrededor: mi hermano y esa gente que no conozco tienden a aplastar todo lo que construyo. De repente lo miré y vi que se estaba comiendo un pancho. Me llamaron para comprarme uno y grité que no quería, solo por no dejar mi castillo, que ahora había pasado a ser lo más importante.
¡Más importante que un pancho!
Hasta ese día, nada era más importante que comer un pancho en la playa. Solo es comparable a comer una manzana acaramelada con pochoclos pegados arriba, o tener un globo Saturno, pero de esos que se quedaban pegados en el techo por un descuido, con el hilo corto colgando, tratando inútilmente de bajarlo mientras saltaba y saltaba, hasta que se dignaba a bajar, casi siempre al otro día, como si estuviera cansado de estar ahí arriba y yo le diera lástima.
Aquel señor que caminaba todos los días por la playa, vestido de blanco, con alpargatas, que golpeaba el costado de aquella caja de chapa roja que llevaba colgada del cuello, diciendo palabras mágicas cuando levantaba aquellas tapas redondas:
panchos… calientitos los panchos…
tac, tac, aquel sonido de la pincita con que los pescaba siempre interrumpía mis juegos.
Pero ese día no.
Ese día era especial. Nada ni nadie iba a interrumpir mi castillo de arena.
Fui haciendo más torres con el balde hasta construir el fuerte más grande que un chico puede construir.
Y lo hice solo.
—Nadie va a destruirlo —me dije.
La gente caminaba por los costados mirándome. Yo los miraba casi suplicándoles que no lo hagan. Cada vez que algún chico pasaba corriendo hacia el agua, temblaba.
Mi castillo ya tenía un muro y un lago con agua en el medio, que hice llegar por medio de una zanja. Con un palito de algodón azucarado encontrado y un papel de pancho que me acercó el viento, le hice su estandarte.
El castillo resistía a los pies de todos y, sobre todo, a mi hermano, que se empeñaba en aplastarlo.
Ya era tarde. Parecía que nos teníamos que ir. El viento empezaba a soplar fuerte. Mi remera blanca ya no era suficiente. Los granos de arena me lastimaban las piernas. Se empezaban a volar pedazos de mi fuerte, pero no podía hacer nada.
—Tenemos que irnos —me dijeron, mientras me abrigaban con una toalla.
Di una última mirada a mi sueño, que resistía al viento y a la gente como podía. Quizás también pudiera resistir a las olas que se acercaban y se iban llevándose todo por delante.
—Mañana te vendré a visitar —le dije.
Me desperté de golpe, transpirando más de la cuenta esa noche. Mis sábanas estaban humedecidas, como si realmente una ola me hubiese alcanzado.
Quizás fue un sueño, pensé.
Pero se sentía tan real que supe que fue cierto.